Aprobó El Examen Sentada En Mis Piernas, novela · Capítulo 1 de 24
Capítulo 1: La pista
En la primera clase, Daniela se sienta sobre las piernas de Octavio y el motor se apaga.
Llevo once años enseñando a manejar, y nunca había querido subirme a un coche para escapar de una alumna.
Esa tarde de martes, a las siete, el estacionamiento norte del Instituto de Artes de San Pedro estaba vacío.
Yo había puesto los conos desde las seis, en filas rectas, como me gustan.
El Nissan gris de prácticas esperaba con el motor apagado y la cámara del tablero parpadeando en el parabrisas.
En mi tablilla tenía una sola ficha: "Ibarra Daniela, 21 años, ingreso tardío, primera clase".
Veintiuno.
Lo leí dos veces.
La última vez que me asignaron a alguien de primer año, me tocó un chico que lloraba con el embrague.
Oí unos pasos por el asfalto y levanté la cabeza.
Venía caminando entre los conos con una falda de mezclilla tan corta que dudé de su utilidad.
Traía el pelo negro suelto hasta la cintura, una blusa blanca ajustada y unos tenis sucios.
Se detuvo frente a mi ventanilla y sonrió con toda la cara.
"¿Usted es el instructor Salinas?"
"Octavio Salinas. Sube."
"Qué amable."
Rodeó el coche, se sentó en el lugar del copiloto y cerró la puerta con una cadera.
El perfume le llegó a todo el habitáculo: vainilla y canela, como de tamales recién abiertos.
"Antes de empezar, el reglamento", dije, mirando el frente.
"Cinturón siempre."
"Manos a las diez y a las dos."
"Pies en los pedales que yo te diga."
"Y no se habla de nada que no sea el coche."
"Entendido."
"Vamos a cambiar de lugar. Tú al volante."
Bajamos los dos.
Me crucé con ella por delante del cofre, y por un segundo su hombro rozó mi brazo.
Nos acomodamos de nuevo, yo del lado derecho y ella frente al volante.
Le ajusté el asiento y el espejo, y sentí cómo respiraba por la nariz, despacio, mirándome.
"Pisa el embrague a fondo y mueve la palanca a primera."
El motor arrancó con un tirón.
"Despacio. Sube el pie poco a poco."
El coche dio un salto y se apagó.
"Perdón", dijo ella, con una risita.
"Otra vez."
Se apagó de nuevo.
Lo intentó tres veces más.
A la sexta, giró hacia mí con la cara muy seria y apoyó el codo en el volante.
"Instructor, creo que soy de las que aprenden con el cuerpo."
"Con el cuerpo."
"Mano a mano. Si usted me enseña con sus manos sobre las mías, creo que lo capto más rápido."
"Pon las manos en el volante."
"Las tengo."
"Y yo las veo desde aquí."
"Es que no veo lo que usted ve."
Se mordió el labio.
"Si me siento en sus piernas, usted me guía y yo me dejo llevar."
La miré.
Le tomé la barbilla con dos dedos y le giré la cara hacia el parabrisas.
"No."
"No pasa nada, es solo una clase."
"No."
"Instructor..."
"Vuelve a primera."
Obedeció.
El coche arrancó mejor esta vez, y avanzamos unos metros hasta que se apagó.
Ella soltó el volante.
"Ay, ya me cansé."
Antes de que yo reaccionara, soltó el cinturón, se levantó del asiento y se pasó por encima de la palanca con una pierna.
"Daniela."
"Dos minutos."
"Siéntate."
"Eso hago."
Se dejó caer de lado sobre mis rodillas, de espaldas al volante, con los muslos sobre los míos.
Tenía la piel caliente a través de la falda.
El perfume me subió al cerebro como una copa de mezcal.
"Bájate."
"Es un ejercicio."
"Esto no es un ejercicio."
"Entonces enséñeme lo que sí es."
Se giró para quedar de frente al volante, con las nalgas en mi regazo y las manos sobre las mías.
Yo había puesto las manos en la palanca.
Ella las cubrió con las suyas.
"Mano a mano", dijo.
Intenté pensar en la lista de revisión.
En la presión de las llantas.
En la ficha de ingreso: veintiún años, adulta, becada, sin ninguna razón para que yo me sintiera un pervertido.
"Pisa el embrague", dije, con la voz ronca.
Ella estiró la pierna.
Para alcanzar el pedal se arqueó hacia atrás, y las nalgas se le apretaron contra mi entrepierna.
Sentí cómo me endurecía bajo ella sin remedio.
"Suelta despacio", dije.
Soltó el pie de golpe.
El coche saltó hacia adelante, se sacudió y se apagó.
El impulso la lanzó hacia atrás, y cayó sentada de lleno sobre mí.
Todo el peso de su cuerpo se asentó justo encima de mi verga dura.
Tenía la falda subida hasta las caderas.
Entre los dos no había más que una tela finita, casi húmeda.
Los dos nos quedamos quietos.
Yo, sin respirar.
Ella, con la espalda tensa y los dedos apretados sobre los míos.
"Señor instructor", susurró, con una vocecita inocente y los ojos fijos en el parabrisas. "¿Qué es eso duro que siento ahí abajo?"
Cerré los ojos.
Debí bajarla, abrir la puerta y mandarla a la dirección.
En vez de eso apreté los dedos sobre su cintura y dije, entre dientes: "Es la palanca de cambios."
Ella soltó una risa baja que me vibró en todo el pecho.
Se movió, apenas, una vez, de adelante hacia atrás, y me arrancó un sonido que no pude tragarme.
"Qué palanca tan grande", susurró.
"Daniela."
"Dígame que me baje."
No lo dije.
Entonces, por encima de su hombro, vi la luz roja del tablero.
Parpadeaba en el parabrisas, constante, tranquila.
La cámara llevaba grabando desde que arrancamos.