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Así que hui con mis gemelos, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: Diez hombres en la puerta

El día del parto de Azucena, Estela le entrega los papeles del divorcio al patriarca, que los rompe y la encierra; el médico de noche le ofrece sacarla.

El día que la primera novia de mi esposo dio a luz, su padre puso diez hombres armados frente a mi puerta.

Yo estaba en el tercer piso de la Clínica Treviño, en una habitación con cortina de lino y flores que no había pedido.

Los hombres no me miraban.

Estaban de pie en el pasillo, con las manos cruzadas sobre la hebilla y los sombreros bajos.

Tenían órdenes de impedir que yo hiciera un escándalo.

Don Eleazar Treviño lo había dicho esa mañana en el comedor, sin levantar la voz, mientras servía su café.

"Estela se queda quieta hoy. No quiero llantos en el parto de Azucena."

Yo había asentido y sonreído.

Llevaba cinco años aprendiendo a asentir.

A las once de la mañana oí el primer llanto del recién nacido.

Venía del fondo del pasillo, de la sala de partos, y atravesó toda la clínica como una cuchilla delgada.

No me moví de mi cama.

Tenía en el regazo un sobre con los papeles del divorcio, firmados por mí desde hacía una semana, y la mano derecha sobre el vientre.

Debajo de la palma, escondidos hasta de mi propio espejo, crecían dos latidos.

Gemelos.

Lo supe hacía quince días, por una prueba de farmacia, y lo confirmé con un ultrasonido a escondidas, de madrugada, en esta misma clínica.

Mi suegra me había repetido cinco años que yo era estéril.

Mi esposo nunca la contradijo.

A mediodía me levanté, me alisé el vestido, y caminé hacia la puerta.

Los diez hombres se cerraron en abanico.

"Señora, no puede salir."

"Voy al baño del pasillo."

"El Don dijo que..."

"El Don dijo que no hiciera un escándalo. Un baño no es un escándalo."

Se miraron entre sí, y el más joven bajó la vista.

Me dejaron avanzar siete metros, hasta el final del corredor, con ellos pisándome los talones.

Desde ahí se veía la puerta abierta de la sala de partos.

Azucena Villarreal estaba recostada entre almohadas, pálida como el papel, con el pelo castaño pegado a la frente.

Tenía veintinueve años y el corazón enfermo desde la infancia, y los médicos le daban semanas.

Sostenía en el pecho un bulto envuelto en una manta azul.

A su lado, mi suegra, doña Ernestina, le apretaba la mano con los ojos brillantes.

"Ya pasó, hija", decía. "Ya pasó. Esa estéril de Estela no los toca ni a ti ni a mi nieto."

Mi esposo, Misael, estaba inclinado sobre la cama.

Le limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo, con una ternura que yo no le había conocido en cinco años.

"No te preocupes", le dijo. "Mi padre cerró la clínica con sus hombres. Si Estela se atreve a armar un escándalo, yo mismo la saco de la familia y le quito el apellido."

Doña Ernestina asintió con aprobación.

Misael sonrió, satisfecho, mirando al niño.

Para él estaba saldando una deuda: darle un hijo a una mujer moribunda que lo había querido desde niña.

No entendía por qué yo no podía ser madura.

Estaba seguro de que si me tragaba el orgullo y le tendía la mano a Azucena, él me perdonaría el frío.

Hasta me ofrecería ser la madre adoptiva del niño, y seguir siendo su esposa ante el mundo.

Yo lo vi pensarlo, con la cara tan abierta que dolía.

Nadie había notado mi presencia al final del pasillo.

Me quedé quieta un minuto más, para estar segura.

Después respiré hondo.

Caminé hacia el pasillo del ala administrativa, donde don Eleazar charlaba con dos socios junto al ventanal.

Los diez hombres me siguieron, desconcertados.

"Don Eleazar."

Se volvió despacio.

Era un hombre pequeño, de manos grandes, con un bigote blanco impecable y unos ojos que no necesitaban alzar la voz.

"Estela. Te dije que te quedaras en tu cuarto."

"Vine a darle esto."

Le extendí el sobre.

Los socios se miraron, incómodos, y se alejaron un paso.

Don Eleazar abrió el sobre con dos dedos, leyó el encabezado, y levantó la vista.

"¿Qué es esto?"

"El divorcio. Ya lo firmé. Que Misael firme cuando salga del parto."

"No."

"Lo firma o no, pero en una semana me voy de esta casa."

Su mirada se endureció por primera vez.

"Una Treviño no se va. Una Treviño se queda."

Rompió las hojas por la mitad, y después otra vez, y dejó caer los pedazos al suelo de mármol como quien tira ceniza.

"Llévenla a su cuarto. Y que nadie la deje salir hasta que yo lo diga."

Dos de los hombres me tomaron de los brazos.

No me resistí.

Dejé que me llevaran, caminando muy recta, con la barbilla alta, y los pedazos de papel crujiendo bajo sus botas.

Me encerraron en la habitación y cerraron con llave.

Me senté en la cama, sin llorar.

Tenía otro juego de papeles en la bolsa, y diez horas por delante.

A las once de la noche, giró la llave.

Entró un médico con bata arrugada, ojeras y lentes de lectura colgados del cuello.

Cerró la puerta tras él, y puso un dedo sobre sus labios.

Era Everardo Lozano, el médico de urgencias del turno de noche, el que me había hecho el ultrasonido sin preguntar nada.

"Doña Estela", susurró. "Los gemelos están bien."

"Gracias."

"Y yo no quiero ser parte de lo que le van a hacer."

Miró hacia la puerta, y luego a mí.

"Si quiere salir, la saco yo. A las cuatro de la mañana, por el estacionamiento de las ambulancias."

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