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Más allá de la brisa de primavera: El verano del huerto, novela · Capítulo 1 de 24

Capítulo 1: Caída de pétalos

El último día de la floración, caminaba por las hileras del norte con las ventanas de mi cocina cerradas a mis espaldas.

Hago eso cada mayo.

Los pétalos caían, y yo mantenía la vista en mis botas.

Una camioneta estaba estacionada en la línea de la cerca, donde terminan mis árboles y empieza el terreno viejo de los Hendry.

Un hombre estaba de pie junto a ella, mirando mi huerto.

Una niña con un impermeable amarillo estaba a su lado, sosteniendo una jarra de plástico.

—Buenos días —dije—. Estás de mi lado del alambre.

—Lo sé —dijo él—. Estaba reuniendo valor para tocar la puerta.

Era alto y corpulento, con el pelo arenoso volviéndose gris en las sienes y una barba corta.

Su camisa de franela tenía un agujero en un codo.

—Abram Torrance —dijo—. Compré el terreno de los Hendry. Esta es mi hija, Dessa.

—Tengo nueve —dijo Dessa—. ¿Tus abejas son bravas?

—Solo con la gente que hace preguntas groseras.

Ella lo pensó y asintió.

—Soy Lenka Sedlak —dije—. Este es el huerto de mi familia. Escuché que alguien compró esa ruina.

—Esa es la ruina —dijo Abram—. La tengo desde hace dos semanas.

Alzó la barbilla hacia la jarra en las manos de Dessa.

—La bomba del pozo se descompuso al segundo día. El hombre dice que una semana, quizá dos, para que llegue una nueva.

—¿Has estado acarreando agua?

—De la gasolinera del pueblo. Doce millas de ida y doce de vuelta.

—Y tienes árboles que mantener vivos.

—Veinte acres de ellos. No puedo decir si alguno está vivo.

Miré más allá de él, hacia el huerto de los Hendry.

Los árboles eran altos, grises y apretados, con ramas que no se habían podado en diez años.

La mitad estaban muertos.

Al resto todavía les colgaban unas pocas flores tardías, pálidas y tercas.

—Los del fondo están bien —dije—. Solo son viejos. Dales una poda fuerte y te sorprenderán.

—¿Puedes notar eso desde aquí?

—Crecí en esta línea de alambre —dije—. Solía trepar esos árboles y robarles sus manzanas.

Él casi sonrió.

—No estoy pidiendo un favor —dijo—. Solo quería saber si conoces a un hombre de pozos que no sea un ladrón.

—Conozco a tres. Todos son ladrones.

Miré la jarra, a la niña y la caja vacía de su camioneta.

Entonces tomé una decisión que no había planeado.

—Mi llave de agua está junto al granero —dije—. Tengo una manguera lo bastante larga para llegar a tu cerca.

—Puedes pasarla por encima hasta que arreglen tu bomba.

Abram se quedó muy quieto.

—Puedo pagarte por el agua.

—Puedes traerme una hogaza de pan. Mi madre dice que ya nadie hornea.

—No puedo prometer buen pan.

—Entonces tráeme uno malo. A ella le gusta quejarse.

Se frotó la nuca.

—Gracias. Lo digo en serio. No he tenido mucha suerte últimamente.

—Bueno, yo tengo una gansa que muerde —dije—. Así que considéralo un empate.

—¿Una gansa?

—Está detrás de ti.

Él se giró.

La gansa cruzaba el pasto hacia sus botas con el cuello estirado hacia abajo y las alas medio abiertas.

Abram la miró.

Dessa chilló de alegría y salió corriendo en dirección contraria.

La gansa persiguió su bota izquierda tres pasos antes de que yo le pusiera una mano encima.

—No suele ser tan mala —mentí.

—Fue directo a mi tobillo.

—Nunca había visto a un hombre con un agujero en la camisa.

Él miró hacia abajo, a su codo.

Entonces se rio.

La risa le salió baja y oxidada, como una puerta que no se abría desde hacía años.

Se cubrió la boca con la mano, sorprendido de sí mismo.

Yo también me reí.

No lo había hecho en mucho tiempo, y dolió un poco.

Los pétalos seguían cayendo.

Uno aterrizó en la trenza de Dessa.

Los llevé al granero y le mostré a Abram la llave de agua y el rollo de manguera verde.

Él mismo la cargó a través del pasto.

Su hija caminaba de espaldas delante de él para poder vigilar a la gansa.

Cuando la manguera quedó tendida a lo largo de la cerca, Abram me agradeció una vez más y me estrechó la mano.

Su palma estaba cálida y áspera.

Yo solté primero.

Dessa esperó hasta que él llegó a la camioneta.

Entonces se acercó y habló en voz baja.

—Lo hiciste reír —dijo.

—Fue la gansa.

—No lo hacía desde la nieve.

Lo dijo con sencillez, como dicen los niños las cosas que los adultos cargan durante años.

Entonces corrió tras su padre, y yo me quedé sola junto al alambre con las manos en los bolsillos.

Me quedé en el alambre mucho tiempo después de que su camioneta se hubiera ido.

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