El multimillonario completa mi lista de cosas por hacer antes de morir, novela · Capítulo 1 de 24
Capítulo 1: El reverso de la tarjeta
La residente dijo nueve meses, y luego lo repitió con más suavidad.
Estaba sentada en una camilla cubierta de papel, con el cárdigan sobre el regazo.
—Lo más probable es que sea cáncer de páncreas —dijo—. La biopsia lo confirmará, pero yo me prepararía para unos meses. Nueve, si tienes suerte.
Deslizó por el mostrador una tarjeta con la cita para la biopsia, programada para el día siete.
La tomé y le di las gracias, porque soy de esas personas que dan las gracias.
También le di las gracias al ascensor, durante todo el trayecto hacia abajo.
Era lunes, hacía sol y nadie en la avenida Chicago sabía nada.
Caminé a casa con la tarjeta apretada en el puño.
Las zapatillas blancas de Lyle estaban sobre el tapete, afuera de nuestra puerta, y junto a ellas había un par de zapatos bajos rojos.
Conocía esos zapatos.
Yo había ayudado a escogerlos en una oferta del centro comercial y había dicho que estaban a muy buen precio.
Abrí la puerta sin hacer ruido.
La puerta de mi habitación también estaba abierta.
Mi amiga del trabajo estaba en mi cama, la mitad de la cual había pagado yo, con mi edredón gris subido hasta la barbilla.
Lyle estaba sentado en el borde, en calzoncillos, riéndose de algo que ella había dicho.
Entonces me vio, y su rostro pasó por tres expresiones distintas.
—Dinah, no es lo que parece —dijo.
—Parece mi cama —dije.
Mi amiga del trabajo empezó a llorar y buscó su blusa; entonces vi mi relicario sobre la mesita de noche.
Era de mi madre, una hoja de roble dorada del tamaño de mi uña, y la había dejado en el estante del baño.
No grité, porque no me quedaban fuerzas para hacerlo.
En vez de eso, fui al clóset, bajé mi bolso para la computadora y metí la laptop, el cargador y el pasaporte.
—¿Qué estás haciendo? —dijo Lyle.
—Hago las maletas —dije—. El contrato de arrendamiento está a tu nombre, así que puedes quedártelo.
—No puedes irte así como así. Tenemos que hablar.
—Hoy fui al médico —dije—. Me voy a morir, probablemente antes del verano.
Abrió la boca, pero no le salió nada.
Los dejé a los dos en mi habitación con eso.
Escribí la lista en el auto, en el reverso de la tarjeta de la cita, porque era el único papel que tenía.
El número uno me tomó un segundo; después fue fácil.
Renunciar a Strickland en la cara de Honora.
El número dos era comer el postre primero, y junto a él puse un tres, porque quería un tres.
Para la medianoche ya había diez renglones y la tarjeta estaba casi llena.
No dormí.
A las nueve de la mañana siguiente entré en la sala de conferencias de cristal del piso diecinueve.
Honora Strickland estaba sentada en la cabecera de la mesa, con su blazer negro y su corte bob plateado impecable.
Cinco personas de nuestro equipo estaban sentadas a un lado y, frente a ellas, el cliente más importante que teníamos.
El Grupo Hotelero Holloway había enviado a su propio director ejecutivo, Jasper Holloway, un hombre muy alto con traje azul marino que ni siquiera tocaba el café.
Tenía la nariz torcida y el cabello castaño claro, corto, y parecía llevar un rato escuchando.
—Dinah, llegas tarde —dijo Honora—. Te dejaremos presentar la campaña ahora.
Lo dijo como si me estuviera haciendo un favor.
La campaña era mía.
La había escrito durante cinco fines de semana, y ella había cambiado la portada para poner su nombre.
Miré la presentación en la pantalla, con el nombre de Honora sobre ella.
—No —dije.
La sala quedó en silencio.
—No voy a presentarla —dije—. Renuncio.
—No seas dramática —dijo Honora—. Siéntate.
—Yo escribí esta campaña. Le puso su nombre, igual que hizo con las últimas cuatro.
—Dinah.
—Contesté sus llamadas a las tres de la mañana durante seis años. Usted lo llamaba lealtad.
Alguien cerca de la ventana dejó de respirar.
El hombre del Grupo Hotelero Holloway dejó la pluma sobre la mesa.
—No volverás a trabajar en esta ciudad —dijo Honora en voz muy baja.
—Estaré muerta antes del verano —dije—. Creo que me las arreglaré.
Nadie se movió.
Tomé mi bolso y salí, sin volver la vista hacia ella.
Estaba junto al ascensor, con el pulgar sobre el botón, cuando oí pasos detrás de mí.
Me di vuelta, y era el hombre alto del Grupo Hotelero Holloway.
Tenía en la mano mi tarjeta de la cita, que seguramente se me había caído.
Leyó el reverso, las diez líneas completas, inmóvil.
—Número seis —dijo—. Tomar algo que quiero sin disculparme.
—Eso es privado —dije.
—El ocho es adoptar un perro.
—Devuélvamela.
Levantó la mirada; tenía los ojos azules y muy cansados.
—Necesito una prometida para el sábado —dijo—. Pagaré todo lo que aparece en esta tarjeta.