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Capo, tu amor ya no significa nada, novela · Capítulo 1 de 16

Capítulo 1: Una bala en la muñeca

En un hospital, Martina dice que no tiene familia y ve cómo el Capo llega tarde. Esa noche firma su salida y llama a Berta.

Desde que nuestro bebé murió, dejé de hacer todo lo que le molestaba a Fermín.

Dejé de preguntarle adónde iba.

Dejé de mirar el reloj cuando llegaba tarde.

Aprendí a dormir sin esperarlo, aunque pasara la noche entera fuera de casa.

Esa tarde, una bala perdida me rozó la muñeca en plena calle.

Era un tiroteo entre dos camionetas, a media cuadra de la panadería donde yo compraba el pan de los viernes.

Me tiré detrás de un buzón y sentí algo caliente correr hasta el codo.

Cuando levanté la mano, la sangre goteaba sobre mi sweater gris.

En la guardia del hospital, un médico joven me limpió la herida con mucho cuidado.

"Es un rasguño profundo, señora, pero no tocó el hueso", dijo.

"Gracias."

"¿Quiere que avise a algún familiar?"

Miré el techo blanco un momento.

"No tengo familia."

El médico me miró un segundo de más y no insistió.

Mis padres murieron cuando yo tenía diecinueve años.

Lo demás era un apellido que me habían prestado.

Una enfermera entró con la gasa y se quedó mirándome la cara.

"Usted es la señora Cassano, ¿verdad?"

No dije que sí ni que no.

"Abajo está la caravana del señor Cassano", siguió ella, con los ojos grandes. "Cuatro camionetas en la puerta. ¿Quiere que suba a avisarle dónde está?"

Bajé la vista a la venda que me iba cubriendo la muñeca.

"No hace falta."

"Pero es su marido."

"Lo sé. No hace falta."

La enfermera apretó los labios y siguió vendando.

Media hora más tarde, la puerta del box se abrió de un golpe.

Fermín entró con uno de sus trajes oscuros, el cuello abierto, la ceja partida más tensa que nunca.

Tenía treinta y ocho años y el hábito de entrar a cualquier cuarto como si fuera suyo.

Se detuvo al pie de la camilla y miró mi muñeca.

"Estás herida."

"Es un rasguño."

"¿Por qué no me llamaste?"

"El Capo tiene cosas más importantes que hacer", dije.

No lo dije con rencor.

Lo dije como quien informa la hora.

Fermín frunció el ceño, más molesto por mi calma que si le hubiera gritado.

Durante un año había esperado de mí lo de siempre: el reproche, el llanto, el nombre de Candela escupido en su cara.

Y yo ya no tenía nada de eso.

Iba a decir algo cuando oímos voces al otro lado de la cortina.

Eran dos de sus hombres, hablando bajo, pero no lo suficiente.

"¿Supiste lo de Candela? Parece que el Capo sí se preocupa por esa chica."

"Se torció el tobillo en el casino. Mandó tres camionetas blindadas a despejar la entrada."

"Y la sacó él mismo en brazos. Ni dejó que sus zapatos tocaran el piso."

La mandíbula de Fermín se tensó.

Después me miró de reojo.

Esperaba que yo estallara con el nombre de ella.

Que le exigiera explicaciones.

Que armara una escena delante de su gente, como la había armado tantas veces antes de que todo se acabara.

No dije una palabra.

Me quedé apoyada contra la almohada, tranquila, mirando la venda.

Fermín me estudió unos segundos.

Creyó que por fin había dejado de darle problemas.

"Te llevo a casa", dijo, un poco más suave.

"Sí. Gracias."

En el auto no hablamos.

Él iba al lado, mirando por la ventanilla, con los nudillos apretados sobre la rodilla.

Yo miraba las luces de Buenos Aires pasar y pensaba en el cajón del fondo de mi ropero.

Allí estaba el sobre con el pasaje, el pasaporte con mi apellido de soltera y el papel que había firmado hacía tres semanas.

"Esta noche cenamos en casa", dijo Fermín cuando bajamos. "Viene Genaro. Y Candela, si el tobillo le deja."

"Está bien."

"Quiero que estés en la mesa."

"Voy a estar."

Me miró un instante, como esperando una pregunta que no llegó.

Después subió a su estudio y cerró la puerta.

Yo subí al dormitorio y abrí el ropero.

Detrás de los abrigos estaba la urna de madera clara, del tamaño de dos manos juntas.

La acaricié con la punta de los dedos, la venda rozando la madera.

Luego saqué el teléfono prepago y marqué un número que sabía de memoria.

Berta contestó al segundo timbre.

"Mija, ¿qué pasó?"

"Nada grave. Una bala en la muñeca."

"Virgen santa."

"Es esta noche, Berta. Después de la cena."

Se hizo un silencio largo del otro lado.

"¿Ya firmaste?"

Miré el papel doblado dentro del sobre, con mi firma abajo.

"Ya firmé."

"Entonces te mando a alguien de confianza", dijo Berta, y colgó.

Me senté en el borde de la cama con la urna en las rodillas.

Faltaban seis horas.

Esa noche iba a sentarme a la mesa de Fermín por última vez.

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