Capo, tu amor ya no significa nada, novela · Capítulo 3 de 16
Capítulo 3: Una vez más
Martina elige una última noche con su marido en sus propios términos, copia los libros y toma la urna con las cenizas de su bebé.
"Estoy haciendo una maleta", dije.
Fermín miró la maleta abierta sobre la cama, y después me miró a mí.
"¿Para qué?"
"Para viajar."
"No vas a ninguna parte."
"Entonces es una maleta decorativa."
Dio dos pasos hacia mí.
Estaba enojado de una manera que yo conocía bien, con la rabia que él nunca sabía poner en palabras.
Yo ya no tenía miedo de esa rabia.
Lo que sentía, de pie delante de él, era algo mucho más viejo y mucho más terco.
Lo extrañaba.
Extrañaba al hombre que me besó por primera vez contra la pared de un depósito de libros contables.
Yo tenía veinticuatro años y él me debía una firma.
Ese hombre ya no existía, pero su cuerpo seguía igual de alto y de caliente a medio metro del mío.
"Martina, hablemos."
"Ya hablé en la mesa."
"Eso no fue hablar. Eso fue humillarme."
"Fue entregarle unas llaves a quien las quería."
Se pasó la mano por la cabeza rapada, frustrado.
"Candela no significa nada para mí."
"Le mandaste tres camionetas blindadas."
"Se cayó en mi casino, en mi entrada."
"Y la sacaste en brazos sin que sus zapatos tocaran el piso."
Se quedó callado.
"Los hombres cuentan las cosas", dije.
Tomé aire y lo miré de frente.
Yo había planeado irme sin tocarlo.
Pero él estaba ahí, respirando fuerte, con la camisa abierta, y yo tenía treinta y un años y catorce meses de cama fría.
Y algo en mí no quería irse sin llevarse una última cosa que fuera mía.
"Fermín."
"¿Qué?"
"Cállate."
Crucé la distancia que quedaba, le tomé la camisa con la mano buena y lo besé.
Fue un beso sin permiso, duro, con los dientes.
Él se quedó rígido un segundo, sorprendido.
Después gruñó contra mi boca y me agarró de la cintura con las dos manos, como si hubiera estado esperándolo toda la vida.
"Martina", jadeó.
"Una vez más", dije. "Esta noche. Y no preguntes nada."
Lo empujé hasta que sus piernas dieron contra el borde de la cama y cayó sentado.
Me quedé de pie entre sus rodillas y me bajé el cierre del vestido verde.
Cayó al piso con un susurro.
Debajo no llevaba más que un conjunto negro de encaje que él no había visto en un año.
Fermín me miró de arriba abajo con los ojos oscuros.
"Dios", murmuró. "Eres hermosa."
"Calla."
Me desabroché el sostén y dejé que cayera.
Él me tomó los pechos con las manos grandes y los apretó.
Bajó la boca a mi pezón con tanta hambre que se me doblaron las rodillas.
Le hundí los dedos en la nuca.
Me chupó fuerte, con la lengua caliente, y yo eché la cabeza atrás y gemí.
Me bajó la tanga por los muslos y me pasó la mano abierta por la concha, ya mojada.
"Estás empapada", dijo con la voz rota.
"Hace mucho."
"Perdóname."
"No hables."
Le abrí el cinturón con dedos que apenas obedecían.
Le saqué la verga ya dura, gruesa y caliente en mi mano, y se la apreté de la base a la punta.
Fermín cerró los ojos y soltó un sonido ronco.
Lo monté así, de frente, con las rodillas a cada lado de sus caderas.
Me bajé despacio sobre él, sintiendo cada centímetro abrirme.
Los dos gemimos al mismo tiempo.
"Mírame", le dije.
Abrió los ojos.
Empecé a moverme, con las caderas en círculos largos, tomándolo hasta el fondo.
Él me sujetaba por la cintura y trataba de marcar el ritmo, pero yo no lo dejé.
"Yo mando esta noche."
"Sí", dijo, entrecortado. "Sí, mándame."
Subí y bajé, cada vez más rápido, con el pelo pegado a la cara y el sudor corriéndome entre los pechos.
La cama crujía.
Fermín me mordió el cuello y me clavó los dedos en las nalgas.
"Más", le pedí.
Me dio más.
Me alzó con un solo brazo y me tumbó de espaldas sobre el colchón sin salir de mí.
Yo me reí, sin aliento, por primera vez en meses.
Me abrió las piernas contra su pecho y me embistió hondo, fuerte, con un ritmo que me sacudía entera.
"Dime que no te vas", gruñó.
"Dame más fuerte."
"Martina."
"Más fuerte, Fermín."
Se hundió en mí hasta golpearme el fondo y me frotó el clítoris con el pulgar, y yo sentí que todo se venía abajo.
Me vine gritando su nombre, con las uñas arañándole los brazos, la concha apretándolo en oleadas.
Él me siguió segundos después, con un gemido largo contra mi hombro, vaciándose adentro.
Nos quedamos quietos, respirando.
Fermín me abrazó con fuerza, la cara escondida en mi cuello.
"No vuelvas a hablar de maletas", susurró.
No contesté.
Acaricié su espalda con la punta de los dedos, despacio, hasta que su respiración se volvió lenta y pesada.
Se durmió con el brazo sobre mi cintura.
Esperé media hora, contando sus respiraciones.
Después me deslicé fuera de la cama, me puse el sweater gris y los jeans, y levanté la maleta.
Antes de salir lo miré una última vez, boca abajo, con la cicatriz de la ceja relajada.
En el estudio, abrí la caja fuerte con la combinación de mi cumpleaños.
Cuatro años de libros contables en cuadernos azules.
Los pasé uno por uno por el escáner pequeño que guardaba en mi bolso y los guardé en un disco.
La última página mostraba una columna de números que yo conocía de memoria.
Terminaba con las iniciales G.B.
Volví al dormitorio de puntillas, saqué la urna del ropero y la envolví en mi bufanda.
El bebé pesaba poco, como siempre.
Bajé al garaje por la escalera de servicio.
La luz de un cigarrillo brillaba junto a un auto gris.
"Señora", dijo Nazario, y apagó la brasa con la suela. "¿Adónde la llevo?"