Cincuenta Mil Razones para Vengarme, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: La cuenta
Margarita sale del restaurante de su hermano y la gerente nueva le cobra cincuenta mil dólares por una comida. Cuando se explica, la gerente se ríe.
Estaba a punto de salir del restaurante de mi hermano cuando una mujer vestida de negro me cortó el paso.
"Señorita", dijo. "Todavía no ha pagado su cuenta."
Me detuve con una mano en la puerta de cristal.
Mesa Garmendia ocupaba la planta baja de un edificio de Polanco, con techos altos, lámparas de bronce y tres estrellas Michelin colgadas en la entrada.
Yo había comido ahí unas doscientas veces, y nunca había pagado ni un vaso de agua.
La mujer era alta, rubia platino, con las uñas largas pintadas de rojo oscuro y un gafete dorado en la solapa.
No la conocía.
"Debe ser nueva", pensé. "Y no sabe quién soy."
Sonreí, tranquila.
"Cárguelo a la cuenta del señor Garmendia", dije. "Él ya sabe."
La mujer me miró de arriba abajo.
Pasó la vista por mi traje sastre gris, por las gafas de sol sobre mi cabeza, por el bolso sin logotipo.
El desprecio se le subió a los ojos.
"Señorita, somos un tres estrellas", dijo. "Aquí no se carga nada a nadie."
Sacó una hoja impresa de la bolsa de su saco y me la puso en la mano.
"Su cuenta."
Bajé los ojos.
Y me quedé un segundo en silencio.
Cincuenta mil dólares.
Por un almuerzo de dos horas, para cuatro personas, con una botella de agua mineral y una ensalada.
Revisé la lista, línea por línea.
Mantenimiento de vajilla brillante: tres mil dólares.
Purificación de aire exclusiva: cinco mil.
Servicio de manejo emocional para clientes VIP: diez mil.
Honorarios por observación de comensales: cuatro mil.
Y así, hasta el final de la página, con decenas de conceptos absurdos que ni un hotel de Dubái se hubiera atrevido a inventar.
"Esto es una broma", dije.
"Es una cuenta, señorita."
"Nunca he visto cobrar un servicio de manejo emocional."
"Es un servicio exclusivo de la casa."
"¿Y qué manejó?"
"Su comportamiento."
Contuve la risa a medias.
No sabía que mi hermano hubiera abierto un negocio tan estafador.
"Soy la hermana del señor Garmendia", dije. "Si hay algún problema, que me llame a su casa."
La gerente alzó una ceja delgada.
"Claro", dijo, con una sonrisa. "Y yo soy la reina de Inglaterra."
Cruzó los brazos.
"Señorita, esta táctica no es nueva. Entran, comen, y a la hora de pagar se inventan un parentesco con el chef."
"No lo invento."
"Ya me lo imaginaba."
"Llame a Amílcar."
"El señor Garmendia está ocupado en cocina y no atiende a quien no puede pagar."
Me recargué contra la puerta.
A mi espalda, algunos comensales habían dejado de comer para mirar.
Un hombre de traje oscuro, en una mesa junto a la ventana, fingió leer la carta.
Una pareja joven cuchicheó.
La gerente se dio cuenta, y alzó la voz.
"¿Ahora no puede pagar y se hace la emparentada?"
Le sostuve la mirada.
"¿Cómo se llama usted?"
"Eso no le incumbe."
"Me incumbe."
"Soy la gerente general."
"¿Desde cuándo?"
"Desde hace dos meses."
Dos meses.
Hacía dos meses que Amílcar no me devolvía las llamadas largas.
Hacía dos meses que respondía con frases cortas, "Todo bien, hermana, mucho trabajo".
Se me enfrió algo en el pecho.
Saqué el teléfono y le escribí a mi asistente.
"Dile a mi hermano que, o despide a esta mujer ahora mismo, o retiro toda mi inversión de Mesa Garmendia. Hoy."
Lo mandé.
La gerente se rio.
"¿Qué escribió? ¿Que va a demandarnos?"
"Algo parecido."
"No me asusta."
"Se nota."
Tomé la hoja con la cuenta, la doblé en cuatro, y la guardé en mi bolso.
La gerente intentó quitármela.
Se la aparté de la mano.
"Suéltela. Es propiedad del restaurante."
"Es mi cuenta. La voy a conservar."
"Voy a llamar a seguridad."
"Llámelos."
Hizo una señal con la mano.
Dos hombres con traje negro salieron de detrás de la barra.
Los comensales dejaron de fingir.
Alguien sacó un teléfono para grabar.
La gerente se acercó un paso.
Olía a perfume caro y a rabia contenida.
"Escúcheme bien", susurró. "Le voy a ahorrar la vergüenza. Pague, o la saco a rastras."
Yo sonreí despacio.
"Lo que voy a hacer", dije, "es esperar la respuesta de mi hermano."
En ese momento vibró mi teléfono.
Bajé la mirada.
Era un mensaje de Amílcar.
Una sola línea.
"Margarita, por favor, no hagas esto. Jéssica es mi esposa."