Cincuenta Mil Razones para Vengarme, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: La cocina
El jefe de cocina la espera en el callejón con el libro de la mesa dieciséis. Cada cargo absurdo va a una empresa de la familia de la gerente.
El callejón de atrás de Mesa Garmendia olía a aceite de fritura, a cartón mojado y a jazmín de la barda vecina.
Había contenedores grises, cajas de verdura apiladas y una puerta de acero abierta de par en par, por donde salía un vapor caliente.
Contra la pared, sentado en una caja de huacales, fumaba un hombre alto con delantal blanco.
Se levantó cuando me vio.
"Señorita Garmendia."
"Usted es el jefe de cocina."
"Alfredo Sarmiento."
Me tendió la mano.
Era una mano ancha, de nudillos quemados, con una cicatriz blanca que le subía por el antebrazo hasta la manga arremangada.
Tenía la cabeza rapada, la barba corta, los ojos oscuros y serios.
Treinta y tantos años.
Me pareció el hombre más cansado que había visto.
"Margarita", dije. "Si va a trabajar para mi hermano, no me trate de usted."
"No sé si voy a seguir trabajando para su hermano."
Tiró el cigarro y lo aplastó con el zapato.
"Llevo seis meses queriendo llamarla."
"¿Por qué no lo hizo?"
"Porque su hermano me lo prohibió."
"¿Amílcar?"
"La señora Jéssica. Pero él lo repitió con sus palabras."
Sentí una punzada.
"¿Qué le pidió exactamente?"
"Que no la molestara con asuntos de la sala. Que usted era una inversionista, no una empleada, y que le confundía el negocio."
Se frotó la nuca.
"Yo no confío en su hermano, desde que se casó. Antes, sí."
"¿Antes?"
"Era el mejor chef que he conocido. Ahora firma lo que ella le pone delante."
Se quedó callado un instante.
Después metió la mano bajo el delantal y sacó un cuaderno de pasta negra, gastado en las esquinas.
"Esto lo llevo desde marzo", dijo. "No lo he enseñado a nadie."
Lo tomé.
Era una libreta de las que usan los cocineros para anotar pedidos.
En cada página, una fecha, una hora, un número de mesa, un monto.
Mesa dieciséis.
Siempre la dieciséis.
"Es la mesa del fondo", explicó Alfredo. "La del reservado, con la cortina. La que se asigna a los clientes que Jéssica llama especiales."
"¿Especiales cómo?"
"Extranjeros. Gente que no vive aquí. Empresarios, turistas con dinero. Los que no van a volver."
"Los que no van a reclamar."
"Exacto."
Pasé las hojas.
Cargos por limpieza de aire.
Cargos por servicio de mesa extra.
Cargos por observación gastronómica.
Cuarenta mil dólares un martes.
Treinta y cinco mil un viernes.
Sesenta mil, el sábado que pasó.
"Dios mío", dije.
"Sí."
"¿Cuántas veces?"
"Veintitrés desde que ella llegó."
"Veintitrés."
Hice la suma de memoria.
Se me secó la boca.
"Más de un millón de dólares."
"Un millón doscientos."
"¿A dónde va el dinero?"
Alfredo pasó a la última hoja del cuaderno.
Había pegado con cinta un recibo arrugado, de una transferencia.
El remitente era Mesa Garmendia.
El destinatario, una empresa que nunca había oído nombrar.
Servicios Aurora, S. A. de C. V.
"¿Quién es el dueño?"
"Hilario Verdugo."
"El jefe de sala."
"Y hermano de Jéssica."
Cerré el cuaderno.
El corazón me latía en la garganta.
"Mi hermano no lo sabe", dije.
"Creo que no."
"¿Cómo está tan ciego?"
"Está enamorado", dijo Alfredo. "A veces es peor."
Tardé en contestar.
"Él te prohibió llamarme. ¿Por qué ahora me esperaste?"
Alfredo me miró.
"Porque hoy vi cómo la trató ella, delante de los comensales. Y vi cómo pagó usted."
"¿Y?"
"Y pensé que una mujer que paga cincuenta mil dólares sin parpadear, o está loca, o tiene un plan."
No pude evitar sonreír.
"Tengo un plan."
"¿Cuál?"
"Todavía no lo sé. Pero tengo cincuenta mil razones para pensar en uno."
Alfredo soltó una risa breve, grave, que le cambió toda la cara.
Se le marcaron dos arrugas junto a los ojos.
Era una cara agradable, pensé, cuando dejaba de estar cansada.
"Me caes bien", dijo.
"Aún no me conoces."
"Conozco la forma en que le sonreíste a Jéssica cuando te dio la hoja."
"¿Qué forma?"
"La de alguien que ya está haciendo cuentas."
Desvié la mirada.
Una puerta se cerró arriba.
Alguien gritó su nombre desde la cocina.
"Alfredo, el pase."
"Ya voy."
Se volvió hacia mí.
"Tengo que volver. Mañana hay junta de socios."
"Lo sé."
"Va a pedirte algo."
"¿Qué?"
"No lo sé. Pero llevan una semana preparando papeles en la oficina. Hilario trajo a un abogado."
"Gracias."
"No me des las gracias."
Dio media vuelta y entró en la cocina.
Me quedé en el callejón con el cuaderno apretado contra el pecho.
Al otro lado de la barda, el jazmín soltaba su olor dulce.
Saqué mi teléfono y marqué un número.
Mi asistente contestó al primer timbre.
"Dime."
"Cancela lo que te pedí. No retiro la inversión."
"¿No?"
"No. Quiero que me consigas los estatutos de Mesa Garmendia, la lista de socios, y todo lo que haya sobre una empresa llamada Servicios Aurora."
"¿Para cuándo?"
"Para esta noche."
Colgué.
Miré al cielo, gris y bajo, y pensé en las veintitrés cuentas.
Era un buen comienzo.