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Compradora, comprada por su bestia, novela · Capítulo 1 de 16

Capítulo 1: La subasta

Inés paga trescientas veinte mil coronas por Sirio y, al sellar el contrato, ve cómo su cola se mueve cuando entra su hermana.

Pagué trescientas veinte mil coronas por un hombre que ni siquiera me miró.

El salón de la Casa de Contratos olía a cera y a lana mojada.

Doscientas personas con paletas de madera esperaban en silencio el último lote de la tarde.

En el escenario, bajo un farol de vidrio, estaba Sirio.

Era un lobo plateado, de servicio de élite, el hombre bestia más caro que Altamar había visto en diez años.

Medía casi dos metros, con orejas grises erguidas y una cola espesa que colgaba quieta detrás de él.

Tenía las manos atadas a la espalda por pura tradición, y los ojos amarillos clavados en la pared del fondo.

"Trescientas mil", dijo el subastador. "¿Alguien da más?"

Levanté mi paleta.

Mi hermana Brisa, sentada a mi lado, giró la cabeza despacio.

"Inés, ¿qué haces?"

"Compro."

"No puedes pagar eso."

"Lo pago con el collar de la abuela. Mírame."

Se le borró la sonrisa.

Brisa llevaba veintitrés años quitándome lo que yo quería, desde la muñeca de trapo hasta el perro de la infancia, y también a mi prometido.

Esa mañana me había dicho en el desayuno que ella compraría al lobo de la subasta.

Yo no discutí. Me fui a vender el collar.

"Trescientas diez", dijo ella, y levantó su paleta.

"Trescientas veinte", dije yo.

Un murmullo recorrió el salón.

El subastador carraspeó. Brisa abrió la boca, y volvió a cerrarla.

"Vendido", anunció el martillo, "a la señorita Valcárcel."

El lobo no se movió. No parpadeó.

Nos llevaron a una salita de piedra, donde un funcionario de gafas me puso delante un contrato de diez páginas.

Lo leí entero, porque soy hija de vidrieros y los vidrieros leen la letra pequeña.

Un hombre bestia de servicio firma por diez años, y a cambio su clan recibe la suma completa.

Cuando termina el contrato, es libre.

La cláusula séptima me interesó más que ninguna.

"Ninguna orden del comprador puede tocar el cuerpo del contratado. Solo él decide quién lo toca."

"Es la cláusula del cuerpo", explicó el funcionario, aburrido. "Todos la tienen."

"Si quiere una compañía de otro tipo, hay contratos de desahogo en el segundo piso."

"Solo quiero un guardián", mentí.

Firmé.

Después vino la parte que yo no esperaba, la revisión del comprador.

Es una costumbre antigua: la persona que paga debe comprobar con sus manos que la mercancía está sana.

Odié la palabra mercancía desde que la oí.

Sirio entró con las manos ya desatadas y se quedó de pie frente a mí, mirando por encima de mi cabeza.

"Señorita Valcárcel", dijo. Tenía una voz grave y tranquila, sin rastro de emoción. "Puede revisar lo que yo le permita."

"¿Y qué me permites?"

"La mandíbula, las orejas y las manos. Nada más."

Respiré hondo.

Le puse las dos manos en la cara.

Tenía la piel caliente, mucho más caliente que la de cualquier humano, y una barba corta, de plata, que me raspó las palmas.

Le abrí los labios con los pulgares para ver los colmillos, largos y blancos.

Su respiración no cambió, pero un músculo de la mandíbula se le tensó bajo mis dedos.

Subí hasta las orejas.

Eran suaves, con un pelo cortito y sedoso por dentro, y se estremecieron cuando las rocé con las yemas.

"Perdón", dije, sin saber por qué.

"No hay nada que perdonar."

Seguía mirando el muro, pero la punta de su oreja derecha se inclinó hacia mi mano, un milímetro.

Lo noté. Él también lo notó, porque una raya de color le subió por el cuello.

Le tomé las manos.

Eran enormes, de nudillos duros y palmas marcadas por el roce de la espada.

El funcionario trajo un sello de lacre caliente, y lo apoyó en mi palma y en la suya, una contra otra.

El lacre quemó un segundo.

Sentí su mano apretarse sobre la mía, muy apenas, y el lobo bajó por fin los ojos amarillos a mi cara.

Duró un latido.

Después volvió a mirar la pared, como si no hubiera pasado nada.

"Ya es suya", dijo el funcionario. "Que lo disfrute."

Salimos al pasillo, yo con la palma ardiendo y él detrás, a dos pasos exactos de distancia.

Estaba pensando en qué decirle cuando oí unos tacones rápidos.

"¡Inés! ¡Inés, espera!"

Brisa venía hacia nosotros con el vestido rosa ondeando y una nube de perfume dulce detrás.

Olía a flores y a algo más, algo oscuro y verde.

Me detuve para mirarla, y ese fue mi error.

Porque a mi espalda, sin ruido, sin que nadie lo ordenara, la cola gris de Sirio empezó a moverse.

Despacio al principio, y después cada vez más rápido.

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