Cuando el Alfa Me Reclamó... Ya Era Demasiado Tarde, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: La locura más grande
En el Concilio, Greta presume que llevó al cachorro del Alfa mientras su Luna no sabía nada; Ámbar envía su solicitud y anuncia que se va.
Tres hombres destinados a mí me dejaron antes de cumplir yo los veintidós.
Los tres lo hicieron por la misma mujer.
Se llamaba Greta Zúñiga, tenía una sonrisa que olía a miel y cada vez que aparecía en una manada, alguien terminaba rechazándome.
Por eso, la noche del Concilio de las Manadas del Sur, no sentí miedo cuando la vi entrar.
Llevaba un vestido verde botella y cruzó el salón de la hacienda de Valdivia.
Sentí cansancio.
Yo estaba sentada junto a mi compañero, el Alfa Elio Crespo, en la mesa principal de la Manada Espino Negro.
Llevaba el colgante de plata de la Luna sobre el pecho.
Hacía tres años que lo llevaba.
Tres años desde que Elio me reclamó delante de todos, bajo el Juramento de la Luna, con la mano abierta sobre mi corazón.
"Jamás volverá a acercarse a ti", me había prometido entonces.
Y la había rechazado cada vez.
En la sala del consejo había dicho que Greta era una intrigante, una mentirosa y una vergüenza para las manadas del sur.
Yo lo había creído.
Esa noche, Elio ni siquiera la miró cuando pasó junto a nuestra mesa.
Yo sí.
Greta se sentó con un grupo de lobas jóvenes de la Manada Roble Blanco, a diez metros de mí.
Pidió vino.
Se rio con ellas.
Y alguien, una de esas lobas curiosas que viven de rumores, le preguntó con la copa en alto:
"Greta, cuéntanos. ¿Cuál ha sido la locura más grande que has hecho en tu vida?"
Greta se humedeció los labios.
Miró hacia el techo, con los ojos perdidos, como quien recuerda un buen sabor.
"Fácil", dijo. "Lograr que Elio Crespo me marcara."
Las lobas ahogaron un grito.
Yo seguí con la mirada fija en el mantel.
"Su compañera todavía cree, como una tonta, que él de verdad me odia." Greta rio bajito. "La verdad es que llevé a su cachorro en mi vientre. Viví en su territorio. Manejé su camioneta. Gasté su dinero."
Hizo una pausa teatral.
"Y ella nunca se dio cuenta."
Los murmullos subieron por el salón como una marea.
Una por una, las cabezas se giraron hacia mí.
Todos sabían quién era yo.
La Luna de Espino Negro.
La esposa tonta.
Sentí a mi loba levantarse dentro del pecho, erizada, con los colmillos listos.
Le puse una mano mental encima.
Quieta, le dije. Todavía no.
Elio se puso de pie de golpe.
"Ámbar."
Su voz era tensa.
"Ámbar, escúchame. Es una mentira. Está intentando destruirnos."
Lo miré.
Era un hombre alto, de hombros anchos, ojos color ámbar oscuro y la mandíbula siempre dura.
Era mi compañero.
Me hubiera arrancado el brazo por él, tres horas antes.
Ahora vi lo que no había querido ver durante dos años.
Cuando lo acusaron de mentir, no se enojó.
Tuvo miedo.
Un lobo inocente se enfurece.
Uno culpable se pone pálido.
Elio estaba pálido.
"Ámbar, por favor."
No contesté.
Con la mano derecha saqué el celular de mi bolso de mano.
Con la izquierda sostuve mi copa de agua, para que no se me notara el temblor.
Abrí un archivo.
Una solicitud que había redactado durante tres días enteros.
La escribí en las madrugadas en que Elio llegaba tarde y su ropa traía un olor que no era el suyo.
La había escrito sin saber si algún día tendría el valor de mandarla.
Le puse el dedo encima.
Enviar.
Elio se inclinó hacia mí.
"¿Qué haces?"
"Nada", dije.
Greta me miraba desde el otro lado del salón con una sonrisa de gata satisfecha, esperando mi escena.
Un grito, un llanto, una copa rota.
No le di nada.
Le sonreí.
Y esperé.
Treinta segundos después, una voz clara resonó en mi mente.
No era la voz de Elio, ni la de mi loba.
Era el enlace mental del Cuerpo Sanador Luna Nueva, la red neutral de los sanadores del continente.
"Su solicitud ha sido aprobada."
Contuve el aliento.
"El Cuerpo Sanador Luna Nueva le da la bienvenida como Jefa Sanadora. Su oficina y su residencia han sido preparadas en la sede de Coyhaique."
Mi loba soltó un gruñido bajo y largo.
No de rabia.
De alivio.
Me puse de pie, despacio.
Alisé el vestido.
Dejé mi servilleta bien doblada junto al plato.
"Ámbar", susurró Elio. "Dime algo."
Lo miré a los ojos por última vez como a mi compañero.
"Dentro de dos días", dije en voz baja, solo para él, "me voy de esta manada."
Se le abrió la boca.
"Y no pienso volver la vista atrás."