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Cuando el Alfa Me Reclamó... Ya Era Demasiado Tarde, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: El triciclo rojo

Greta se burla de Ámbar, Elio confiesa su error y Ámbar deja el colgante sobre la mesa.

Greta apareció en el pasillo con una bata de seda color vino y el pelo suelto.

Se apoyó en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, y me miró de arriba abajo.

"Qué rápida", dijo. "Pensé que tardarías hasta mañana."

Me agaché frente al niño.

No por ella.

Por él.

"Hola, Nahuel."

"Hola", dijo, y me tocó la nariz con un dedo pegajoso.

Tenía los labios apenas azulados.

Le puse el dorso de la mano en la frente, como cualquier sanadora.

No tenía fiebre, pero la piel olía raro.

A ceniza mojada.

Un olor tenue, escondido debajo del jabón de bebé, que no había sentido nunca en un niño sano.

"¿Desde cuándo tose?", pregunté.

"No te metas en mi casa."

"Es una pregunta de sanadora."

"Es una pregunta de metiche." Greta se pasó la mano por el cuello. "Tose desde el invierno. Es un resfriado."

"No es un resfriado."

"No eres su médica."

"No, soy la Luna de su padre."

La frase salió sola, helada y limpia.

Greta sonrió despacio.

"La Luna de su padre. Qué bonito suena eso."

Se agachó, tomó al niño en brazos y lo apoyó en su cadera.

"Entra, Ámbar. Quiero que lo veas todo. Y que lo hagas despacio, porque tiene su gracia."

Entré.

La casa era limpia, luminosa, con una chimenea de piedra y fotos enmarcadas en la repisa.

Fotos de Greta embarazada, con una mano en la panza.

Fotos del bebé en una cuna.

Fotos de un hombre alto de espaldas que cargaba al niño con una sola mano, mirando el lago.

Reconocí esa espalda.

Reconocí esa mano.

"Lo hizo bastante bien", dijo Greta. "Tres años de visitas, dos noches por semana. Decía que iba a reuniones con las manadas del norte."

"Sí. Lo dijo."

"Y tú le creíste."

"Le creí."

"Qué linda."

Me acerqué a la repisa.

Había una foto de Elio con un gorro de lana y el niño sobre los hombros.

Reía.

Hacía tres años que no lo veía reír así.

"Se llama Nahuel", dijo Greta. "Quiere decir jaguar. Elio quiso ese nombre."

Sentí la rabia subir por mis brazos hasta los dedos.

Mi loba estaba lista para saltar.

No salté.

Todavía.

La puerta principal se abrió con un golpe.

Elio entró jadeando, con la camisa fuera del pantalón y el pelo empapado de sudor.

Había corrido.

Se detuvo en el vestíbulo.

Nos vio a las dos y a su hijo en medio.

Se le cayó la cara.

"Ámbar."

"Hola, Elio."

"Puedo explicarlo."

"Hazlo."

Greta puso al niño en el suelo, que se fue tambaleando a una caja de bloques.

Elio dio un paso hacia mí.

"Hace tres años, antes del Juramento, la Manada Espino Negro estaba al borde de la guerra con el clan Zúñiga por el paso del norte. Yo...", se pasó la mano por la boca, "yo cometí un error con ella. Una sola noche."

"Una sola."

"Una sola noche." Tragó saliva. "Me enteré del niño meses después. Los Zúñiga me dijeron que si se sabía, rompían el pacto y nos cerraban el paso. Perdíamos las rutas de invierno. Veinte familias de la manada..."

"Y entonces me reclamaste a mí."

Elio cerró los ojos.

"Sí."

"Un mes después de concebirlo."

"Te reclamé porque te amaba."

"Me reclamaste porque necesitabas una Luna limpia, con apellido de la manada y cara de mujer buena, que no hiciera preguntas."

Abrió la boca.

No dijo nada.

Greta se rio con ganas.

"Ay, Elio. Dile la verdad."

"Cállate."

"Dile que la marca de resguardo me la diste tú. Que me mantuviste aquí por gusto, no por pacto. Que cada vez que ibas al norte, dormías en mi cama."

"¡Basta!"

Rugió.

Un rugido de Alfa, que hizo vibrar los vidrios.

El niño rompió a llorar.

Greta lo alzó, meciéndolo, sin dejar de sonreír.

"Ya ves, Ámbar", dijo. "Siempre tuvo mal genio."

Elio se volvió hacia mí, con los ojos rojos.

"No es lo que parece."

"Es exactamente lo que parece."

"Te juro que nunca dejé de..."

"Elio."

Me quité el colgante de plata de la Luna.

El metal estaba tibio de mi piel.

Lo puse sobre la mesa del comedor, junto al florero de lupinos.

Sonó apenas, un golpe pequeño.

"Mañana al amanecer voy a presentarme ante el consejo de la manada", dije. "Y voy a pronunciar la fórmula."

"El vínculo te va a quemar", dijo Elio, con la voz rota. "Un lobo rechazado sufre. Puedes morirte de eso."

"Entonces dolerá."

Me volví hacia la puerta.

A mi espalda, Greta se aclaró la garganta.

"Antes de irte", dijo con su voz dulce, "¿no quieres saber cómo conseguí a tus otros tres?"

Me detuve.

Elio dijo "Greta" en un susurro de advertencia.

Ella lo ignoró.

"Tengo algo en la bolsa del abrigo. Pasa por el recibidor. Es un regalo."

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