Curso de Perreo Intensivo, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: La práctica en vivo
Yazmín perrea a gatas sobre el tapete delante de todas las alumnas mientras el profe se acuesta debajo; al levantar la vista ve a su ex en la puerta.
"¿Todavía más rápido, profe?"
Estaba a gatas sobre el tapete de yoga, sacudiendo el trasero con todas mis fuerzas.
Frente al espejo, once mujeres en círculo me miraban las nalgas sin pestañear.
"Más rápido no", dijo Ramsés desde la esquina del salón. "Más profundo. Que el ritmo salga de la cadera, no de las rodillas."
Obedecí, y la cadera por fin se soltó.
Era la tercera semana del Curso de Perreo Intensivo, y yo todavía no me acostumbraba a ser la que bailaba.
Dos meses antes, mi novio Rigo me había dicho en la cama que yo era un tronco.
"Contigo es como acostarme con una tabla, Yaz", dijo, y se subió el calzón.
Esa noche me anoté en el curso más famoso de la colonia Roma, con el dinero que tenía guardado para un viaje.
Ahora tenía veintiséis años, un top negro, unos shorts que no me cubrían nada y las manos amasándome los pechos porque Ramsés lo había pedido.
"Más duro", dijo. "Que el cuerpo se crea lo que haces."
Me apreté las tetas por encima del top, y la clase entera soltó un aullido.
Nayely, mi amiga del curso, se mordió el puño y levantó el pulgar.
"Así, mi reina. Mátalo."
Ramsés se acercó despacio.
Tenía treinta y dos años, la cabeza rapada de los lados, una barba corta y un tatuaje que le subía por el antebrazo.
Siempre daba la clase sentado en un banco bajo, o tirado en el piso, y nunca lo había visto bailar de pie.
Se paró a mi lado, y los pants grises le colgaban de las caderas.
"Muy bien, Yazmín. Mantén ese ritmo."
Su voz me llegó a la nuca como una mano.
"Ahora vamos a hacer la práctica en vivo."
En la primera clase habíamos firmado todas una hoja con esa frase.
Era la firma del curso: la última parte de cada sesión, un solo cuerpo frente a todas, para que el ritmo se aprendiera mirando.
Yo me había ofrecido para la práctica sin pensarlo, con el corazón en la garganta y el tapete ya debajo de las rodillas.
"Sigue", dijo él. "No pares."
Seguí.
Ramsés se arrodilló detrás de mí, con la rodilla izquierda estirada hacia un lado como si le costara doblarla.
Luego se tendió de espaldas en el tapete, se deslizó por debajo de mi cuerpo y quedó con la cara entre mis rodillas.
Las alumnas se acercaron un paso más.
Él se bajó los pants y el bóxer de un solo tirón.
Su verga saltó libre, gruesa, dura ya, y se apoyó contra su vientre.
Alguien detrás de mí susurró un "ay, Dios".
"Ahora baja", dijo Ramsés. "Despacio. Con la tanga puesta, para que aprendan todas."
Me bajé hasta sentir su calor a través de la tela.
Mi tanga ya estaba mojada, y él lo supo en cuanto me rozó.
"Mira nada más", murmuró. "Qué rápido aprendes."
"Tú manda", dijo. "Yo solo te sigo."
Moví la cadera hacia delante y hacia atrás, y su verga me recorrió el centro, resbalosa, caliente, contra la costura de la tanga.
Un gemido se me salió sin permiso.
"Eso", dijo Ramsés. "Que se oiga."
Las alumnas aplaudieron bajito, como en una función.
Yo empecé a perrear sobre él, con las manos clavadas en el tapete y el pelo cayéndome sobre la cara.
Subía y bajaba la cadera en círculos largos, y cada vuelta me raspaba el clítoris contra la base de su verga.
Él me tomó de las nalgas con las dos manos y las abrió, sin apurarme, para que las demás vieran el vaivén.
"Mírense en el espejo", dijo a la clase. "Eso es un movimiento de verdad."
Yo me miré también.
Una mujer de pelo largo, a gatas, con la espalda arqueada y un hombre debajo.
No parecía un tronco ni nada que se le pareciera.
Parecía una mujer que sabía lo que quería.
"Más", pedí, y no reconocí mi voz.
"Dime qué quieres, Yazmín."
"Quiero que me aprietes."
Me clavó los dedos en las nalgas hasta dejarme marca.
La tanga se me hundía entre los labios con cada empuje, y él respiraba por la boca, con la mandíbula tensa.
"Estás empapada", dijo en voz baja, solo para mí. "Siento cómo me mojas toda la verga."
Aceleré.
El salón olía a sudor y perfume, y la música retumbaba en el piso con un bajo que me llegaba hasta el vientre.
Sentí venir la ola desde lejos, apretada, vergonzosa, deliciosa.
Nayely gritó: "¡Ya casi, Yaz!"
Todas rieron y yo también, sin dejar de moverme.
Entonces vi, en el espejo, la puerta del salón.
Estaba entreabierta.
En el marco había un hombre con camisa polo y un reloj deportivo.
A su lado, una chica de mechas rubias sostenía el celular en la mano.
Rigo.
Y Cinthia, la de mi oficina, la que se había llevado a mi novio.
Mi ex me miraba las nalgas con la boca abierta, y no estaba sonriendo.
Ramsés me soltó una nalga y me levantó la barbilla con dos dedos.
"No los mires a ellos", dijo. "Mírame a mí."
Cuando lo miré, tenía los ojos oscuros, tranquilos, clavados en los míos.
"Ahora, Yazmín, bájate hasta el fondo."