Papá lo olvidó, pero mamá lo recuerda, novela · Capítulo 1 de 24
Capítulo 1: La entrevista
El hombre con quien se suponía que iba a casarme me preguntó si tenía referencias.
Estaba sentado detrás del mismo escritorio de roble donde una vez firmó el recibo de un anillo con una sonrisa.
Yo estaba de pie frente a él, con un cárdigan gris prestado y unos anteojos que no necesitaba.
—Ellie Wren —dije—. Llevo cuatro años cuidando niños.
Eso era cierto. Solo que no mencioné que los cuidaba dentro de un programa penitenciario.
Christian Thorsby miró mi currículum y luego a mí.
Sus ojos grises recorrieron mi rostro.
Cinco años atrás, esos mismos ojos se cerraban cada vez que lo besaba.
—Cuatro años es bastante —dijo—. ¿Has tenido problemas con niños que no hacen caso?
—Los niños hacen caso si uno los escucha —dije.
Estuvo a punto de sonreír.
Ahora tenía una cicatriz pálida y reciente que le cruzaba la ceja izquierda, y quise poner el pulgar sobre ella.
En cambio, mantuve las manos entrelazadas delante de mí.
Detrás de su silla, una ventana daba al césped del jardín trasero.
Del mismo roble colgaba el mismo columpio de cuerda blanca.
Había visto estacionarse el auto de policía bajo ese árbol.
Mi hija tenía siete meses y dormía en el piso de arriba cuando me pusieron las esposas.
Nadie me dejó subir a besarla.
—¿Dónde está la niña? —pregunté, porque Ellie Wren lo preguntaría.
—Debajo del piano —dijo, señalando con la pluma.
Giré la cabeza muy despacio.
Una niñita estaba sentada con las piernas cruzadas en la sombra del piano de cola, dibujando en el suelo con un crayón morado.
Tenía los rizos castaños de mi madre y los ojos grises de Christian.
Tenía cinco años.
Me había perdido todos sus cumpleaños y, aun así, sabía de memoria cada fecha.
—Ella es Poppy —dijo Christian—. No le gusta la gente nueva.
—Entonces no seré nueva por mucho tiempo —dije.
La voz me tembló en la última palabra, y lo disimulé con una tos.
Frunció el ceño, apenas un poco.
Luego se puso de pie, y me obligué a quedarme donde estaba.
—Poppy, ven a saludar.
No se movió.
Siguió dibujando, y vi qué estaba dibujando.
Era una fila de abejas amarillas con las alas torcidas.
Yo solía dibujarle abejas en la pared de la habitación infantil, la semana antes de que todo se viniera abajo.
Me arrodillé sobre la alfombra, a metro y medio de ella, y no extendí la mano.
Me dolían las rodillas, pero el corazón me dolía más.
—Hola, Poppy —dije—. Me gustan tus abejas.
Levantó la vista.
Sus ojos recorrieron mis anteojos, mi pelo corto y mis mangas grises.
Me estudió.
Luego volvió a su crayón y empezó a tararear.
Eran cinco notas, graves y un poco desafinadas.
Todo mi cuerpo se quedó inmóvil.
«Abejita bajo la luz del porche» era una canción que inventé en una cama de hospital, a las tres de la mañana.
Se la había cantado diez mil veces.
Christian y yo inventamos juntos la segunda estrofa, riéndonos, con su mano sobre mi vientre.
Nadie más en el mundo la conocía.
La canción se interrumpió cuando Poppy levantó la vista y vio mi rostro.
—Es un tarareo muy bonito —dije, y se me cerró la garganta con cada palabra.
—Nunca tararea para los desconocidos —dijo Christian despacio.
Estaba mirando a su hija y, de pronto, me miraba a mí.
Por un segundo, algo se movió detrás de sus ojos.
Parecía un hombre que intentara encontrar el interruptor de la luz en una habitación donde nunca había estado.
Luego desapareció.
—¿Puedes empezar esta noche? —preguntó.
Dije que sí antes de que terminara.
—Bien. Mi prometida llega mañana por la mañana. Querrá conocerte.
La palabra me golpeó más fuerte que las esposas.
Yo ya sabía de ella.
Lo había leído en un periódico de la prisión, un día en que mi compañera de celda tuvo la amabilidad de dejarlo en mi litera.
Saberlo no era lo mismo que oírselo decir en mi antiguo estudio, en mi antigua vida.
—Por supuesto —dije.
Poppy tiró de mi cárdigan.
No me había dado cuenta de que había cruzado la alfombra.
Estaba justo a mi lado, pequeña, cálida y real.
Olía a champú de uva y a cera de crayón.
Apoyó la mano en mi mejilla, como hacen los bebés para comprobar que estás ahí.
—¿Eres la señora de mi sueño? —susurró.
Christian no la oyó.
Se había dado la vuelta para contestar una llamada, de espaldas a nosotras.
Podría haber dicho que sí.
Podría haberle dicho que era su madre y que la había buscado todas las noches durante cuatro años.
En cambio, puse mi mano sobre la suya y la apreté contra mi cara.
—No lo sé —le susurré—. ¿Qué hacía en tu sueño?
Poppy se lo pensó muy en serio.
—Cantaba —dijo—. Y luego se la llevaron.