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De Compañera Estéril a Reina Pregnante, novela · Capítulo 1 de 24

Capítulo 1: La Piedra de la Luna

En la ceremonia que esperó ocho años, Bautista la rechaza por estéril, besa a Candela y su madre ordena encerrarla en plata.

Esperé ocho años para convertirme en Luna.

Ocho años desde la noche en que conocí a Bautista Olmos junto al lago Puelo.

Tenía dieciocho años, y mi loba aulló dentro de mi pecho por primera vez.

Pareja del destino, dijo el anciano de la manada.

La Diosa lo había decidido.

Pero el Alfa de Piedra Blanca no podía marcar a su compañera hasta que la manada la aceptara como Luna.

La manada no me aceptaba.

Era la hija de un beta caído, sin dinero ni tierra.

Y era, según el médico de la manada, estéril.

"Un obstáculo menor", me decía Bautista, besándome la frente. "El día que seas mi Luna, nada de eso importará."

Esa mañana de abril por fin llegó.

Desperté en la Casa de la Luna, con el sol entrando por los ventanales del bosque, y mi loba despierta dentro de mí, inquieta, ronroneando.

Mi vestido blanco colgaba de la puerta.

Una trenza de flores de notro me esperaba sobre la cama.

Yo estaba feliz.

Había pasado la víspera en los brazos de Bautista, como manda el rito, bajo las estrellas de la meseta.

Todo mi cuerpo todavía recordaba su calor.

Me vestí con las manos temblando.

Salí a la Piedra de la Luna a las diez.

Toda la manada estaba reunida.

Doscientos lobos en círculo, en forma humana, vestidos de blanco y gris.

En el centro, sobre la roca plana donde las Lunas son coronadas desde hace trescientos años, esperaba Bautista.

Alto, de pelo negro, hombros anchos, ojos del color del hielo.

Treinta años.

El Alfa más joven de la historia de Piedra Blanca.

Mi pareja.

A su lado estaba su madre, Rosalba, con un vestido negro de mangas largas y el collar de plata de las Lunas viejas al cuello.

Y al otro lado, un poco atrás, con un vestido azul y las manos entrelazadas sobre el vientre, mi asistente Omega.

Candela Ugarte.

Veinticuatro años.

La chica a la que yo había enseñado a leer los rastros, a cocinar con hierbas, a no tener miedo de los lobos mayores.

Me sonrió.

Una sonrisa extraña, tensa.

Subí a la Piedra con el corazón latiéndome en la garganta.

Bautista me tomó las manos.

Las suyas estaban frías.

"Ailén Cárdenas", dijo, con voz alta, clara, de Alfa. "Hoy se completa lo que comenzó hace ocho años."

La manada contuvo el aliento.

"Pero la Diosa me ha enseñado algo." Me soltó las manos. "Y yo tengo el deber de decirlo delante de todos."

Un escalofrío me recorrió la nuca.

"Yo, Bautista Olmos, Alfa de Piedra Blanca, te rechazo, Ailén Cárdenas, como compañera y como Luna."

El mundo se detuvo.

No oí a nadie respirar.

Mi loba soltó un aullido de dolor tan agudo que caí de rodillas.

El vínculo se rompió dentro de mí con un desgarro físico, un cordón de fuego arrancado de la carne.

"¿Qué...?", logré decir.

"Eres estéril." Su voz no tembló. "Una Luna debe dar herederos. Tú no puedes. Y la manada no puede esperar otros ocho años."

"Bautista..."

"Yo rechazo este vínculo."

"Anoche..."

"Anoche fue una despedida."

Intenté levantarme.

No pude.

El dolor me quebraba el pecho.

Entonces vi cómo se volvía hacia Candela.

Le tendió la mano.

Ella la tomó.

Subió a la Piedra con paso corto, bajando los ojos.

Bautista la atrajo hacia él, le puso una mano en la nuca, y la besó.

Delante de doscientos lobos.

Delante de mí.

La manada murmuró.

Después, uno a uno, empezaron a aplaudir.

Un aplauso tímido al principio, luego firme, como si hubieran sabido siempre lo que iba a pasar.

"Ya nos unimos", dijo Bautista, apoyando la frente en la de ella. "Hace tres meses. Y Candela espera un hijo mío."

Rosalba levantó los brazos.

"¡La nueva Luna de Piedra Blanca!"

Los lobos vitorearon.

Yo me quedé de rodillas en la roca, sin voz, sin aire.

Miré cómo el hombre al que había esperado ocho años besaba a la chica a la que yo había enseñado todo.

Algo oscuro se me abrió dentro.

No lloré.

Me puse de pie.

Despacio.

Me limpié las rodillas.

Miré a Candela, que no se atrevía a levantar la cara.

"Eres una maldita", le dije.

Se estremeció.

Me volví hacia Bautista.

"Me voy. No me verán más."

"No te vas a ir", dijo Rosalba, a mi espalda.

La voz de la vieja Luna fue fría como el hierro.

"Tú sabes demasiado de esta manada, niña. Sabes de la Piedra, del Rito, del don de las Lunas." Hizo una seña a dos guerreros. "Y el don de las Lunas no sale de Piedra Blanca."

Los guerreros avanzaron.

"¿Qué hacen?", gritó una voz, entre la multitud.

"Llévenla a la celda de plata", ordenó Rosalba. "Esta noche empezamos el rito de traspaso."

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