Desaparecida en el fuego, novela · Capítulo 1 de 24
Capítulo 1: La vitamina C
Violeta lleva el frasco al hospital y el médico dice que es mifepristona; lo que cuenta de la esposa del doctor Cornejo la deja sin voz.
La vitamina C que me compraba mi esposo sabía amarga.
Se lo dije un martes, durante el desayuno, con el frasco en la mano.
"Sabe a medicina, Eliseo."
"Es vitamina C pura, amor." Me dio un beso en la frente. "Sin azúcar, sin colorantes. Lo mejor para tu defensa."
"Pero está muy amarga."
"Ya te acostumbrarás."
Llevaba cinco años acostumbrándome a muchas cosas.
Tengo treinta y un años, soy hija única de un fabricante de equipos médicos, y llevo cinco años casada con un cardiólogo.
Eliseo Cornejo es alto, de pelo castaño peinado hacia atrás, con unos dientes tan perfectos que parecen de anuncio.
En las fiestas de la Clínica Santa Beatriz dicen que es el mejor yerno que cualquier suegra podría desear.
Esa mañana, mientras él se ponía el abrigo para ir al trabajo, guardé una cápsula en un pañuelo.
Dos horas después estaba sentada en la sala de espera de la misma clínica.
No quería que me atendiera él.
Pedí un médico de medicina general, que me atendió con una sonrisa cansada.
Le tendí el frasco.
"Quisiera saber qué contiene. Mi esposo me las compra, y me dan náuseas."
El médico lo giró entre los dedos y lo olió.
Frunció el ceño.
Abrió una cápsula, tocó el polvo con la yema del dedo y se lo llevó a la lengua.
Se quedó inmóvil.
"Señora."
"Dígame."
"Esto no es vitamina C."
Sentí que el pecho se me vaciaba.
"¿Cómo dice?"
"Esto no es vitamina C. Es mifepristona."
"¿Perdón? ¿Puede repetirlo?"
"Lo repita cuantas veces lo repita, es lo mismo." Dejó el frasco sobre el escritorio. "La mifepristona se usa para terminar embarazos. Tomada en dosis pequeñas y sostenidas, durante años, no solo interrumpe cualquier gestación: causa esterilidad y daña seriamente el hígado y los riñones."
Me quedé mirando el frasco.
Ni siquiera me di cuenta de que lo estaba apretando con las dos manos.
"Eso es imposible", dije. "Este frasco me lo dio mi esposo. Se llama Eliseo Cornejo. Es cardiólogo, trabaja en esta misma clínica."
La expresión del médico cambió.
No hubo sorpresa.
Hubo algo más complicado, más lento, que me recorrió la cara con una especie de lástima.
"Señora Cornejo."
"Sí."
"Voy a ser sincero. El doctor Cornejo es muy querido aquí."
"No lo dudo."
"Todos conocemos a su esposa."
Esperé.
El médico carraspeó.
"Se casó con Priscila Madariaga, la hija del director. Hace apenas dos meses dio a luz a su hijo. Lo trajo a la clínica para que lo conocieran todos."
El aire se detuvo en mi garganta.
No dije nada.
"Con todo respeto", prosiguió, con una suavidad ensayada, "creo que lo que usted necesita es hablar con alguien. Puedo darle el pase para psiquiatría. A veces las mujeres, en momentos de estrés..."
"No estoy confundida."
"Nadie dice que lo esté."
"Soy Violeta Rebolledo. Llevo cinco años casada con Eliseo Cornejo. Tengo el certificado en casa."
El médico asintió despacio.
"Seguro. Descanse. Tome agua."
Se levantó, abrió la puerta del consultorio y me hizo una seña.
Esa era la despedida.
Salí al pasillo con el frasco en el bolso.
Caminé hasta el final del corredor, donde había una ventana alta con vista al estacionamiento.
Me apoyé en el marco.
Respiré una, dos, tres veces.
Mifepristona.
Cinco años.
Cinco años de dolores de estómago, de periodos irregulares, de consultas con ginecólogos que me decían "es estrés, señora".
Cinco años de decirle a mi marido que quería un hijo, y de oírlo responder:
"Cuando estés más fuerte."
Me temblaban las manos.
Pero no lloré.
Saqué el celular, busqué un nombre y escribí un mensaje corto.
"Teresa. Necesito que alguien de confianza analice una cosa. Hoy."
La respuesta llegó en menos de un minuto.
"¿Qué pasa?"
"Te lo cuento en persona."
Guardé el teléfono.
Fui hacia el ascensor.
Iba a salir por la puerta trasera, para no cruzarme con nadie, cuando una voz alegre me detuvo.
"¡Disculpe!"
Una joven venía caminando hacia mí por el pasillo, con un uniforme de enfermera de color celeste, un cochecito de bebé y una sonrisa amplia.
Tenía el pelo castaño recogido en un moño ordenado y unos ojos grises, claros, de los que no saben mentir.
"¿Usted es la prima de Eliseo?", preguntó.