Desaparecida en el fuego, novela · Capítulo 9 de 24
Capítulo 9: El velorio
Quise ir a mi propio funeral.
Salvador dijo que no.
Dijo que era una locura, que era un riesgo, que bastaba una cara conocida entre trescientas para que todo se viniera abajo.
Le contesté que necesitaba verlo.
"¿Por qué?"
"Porque cuando llegue el día de decirle la verdad a Eliseo, quiero saber cómo mintió."
Se quedó callado largo rato.
Después sacó de su mochila una peluca de pelo rubio ceniza, unos lentes de marco grueso y un abrigo beige de mujer mayor.
"Era de mi tía. Se la dejó a mi mamá. Nadie la ha vuelto a usar."
Me los puse.
Me miré en el espejo del pasillo.
Una señora de cuarenta años, rubia, con cara de bibliotecaria.
"No me reconoce ni mi madre."
"Eso espero."
Fuimos juntos a Santiago en el último vuelo del jueves.
El viernes, a las once de la mañana, entramos a la Iglesia de los Sacramentinos con el pretexto de que él era el perito de la aseguradora, y yo, una prima lejana del sur.
Nos sentamos al fondo, en el último banco.
La iglesia estaba llena.
Reconocí a mis vecinos de Providencia, a las socias del club de lectura, a tres compañeros de universidad que me miraban desde sus fotos en las redes y nunca me habían escrito.
Reconocí a los empleados de Equipos Rebolledo, uno por uno, con sus trajes oscuros y los ojos llorosos.
Al frente, sobre un pedestal cubierto de rosas blancas, estaba mi retrato.
Una foto grande, enmarcada en plata.
No había ataúd.
Solo mi cara, sonriendo desde un lugar que ya no existía.
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