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Descubrí el Fraude de mi Matrimonio, novela · Capítulo 1 de 16

Capítulo 1: La llamada

Flavio llama por primera vez en meses para decirle que ya arregló lo de la clínica; Lucila le responde que perdió a su hijo y se va.

Mi esposo me llamó por primera vez en cuatro meses cuando se dio cuenta de que yo no le había pedido ni un sol para los gastos de la casa.

Yo estaba en la sala del penthouse, sentada en el borde del sofá blanco, con una carpeta de cuero sobre las rodillas.

Dentro de la carpeta había once hojas.

Los papeles del divorcio, impresos hacía tres días, con mi firma ya puesta al final.

El teléfono vibró sobre la mesa de vidrio.

Flavio.

Lo miré sonar.

Una vez. Dos. Cinco.

A la sexta contesté.

"Lucila."

Su voz era la misma de siempre.

Suave, paciente, de hombre que nunca ha tenido que alzarla para que lo obedezcan.

La voz que usaba para dominarme.

"Hola, Flavio."

"Por fin contestas."

"Estaba ocupada."

"Ya lo sé." Una pausa breve, de hombre que sonríe. "Giannina me dijo que llevas semanas sin pedir nada. Ni la tarjeta, ni el efectivo, ni el chofer. Me pareció raro y quise saber qué pasaba."

"No pasa nada."

"Entonces te cuento una buena noticia. Ya arreglé lo de la clínica."

Cerré los ojos.

"¿Qué clínica?"

"La de los controles. Giannina me dijo que habías pedido un adelanto y que no se te autorizó. Estabas muy molesta." Se rio, bajo. "Ya lo dispuse. Estás en prioridad otra vez, amor. ¿Lo ves? Cuando dejas de complicar las cosas y aprendes cómo funciona esta familia, yo me encargo de que estés bien."

Siempre sonaba más amable cuando me recordaba quién tenía el poder.

Me quedé mirando la ciudad por el ventanal.

Treinta y un pisos más abajo, los autos de San Isidro avanzaban como hormigas.

Cuatro días antes, a esa misma hora, yo estaba en una camilla.

"Flavio", dije.

"Dime."

"¿Sabes qué día es hoy?"

"Jueves."

"¿Y sabes dónde estuve el domingo?"

Un silencio.

"En casa. Giannina me lo dijo."

"El domingo por la tarde me llevaron de emergencia a la Clínica Santa Teresa, en Miraflores."

"Me avisaron que fue un control."

"No fue un control."

"Lucila."

"Estaba embarazada."

Del otro lado de la línea no se oyó nada.

Ni respiración.

Ni el golpe de una puerta.

"Trece semanas", seguí, con una voz que no reconocí. "Lo supe hace mes y medio. Iba a decírtelo cuando volvieras. Quería ver tu cara."

"Lucila."

"El domingo empecé a sangrar a las dos de la tarde."

"Lucila, espera."

"A las cuatro, un médico me dijo que todavía había posibilidades de salvarlo. Que necesitaban un depósito de emergencia."

"Lucila..."

"Llamé a tu teléfono hasta que me temblaron las manos."

Sentí que me ardían los ojos.

No lloré.

Ya no me quedaban lágrimas para eso.

"No contestaste. Llamé a Giannina. Me dijo que no tenía autorización. Después, que el monto era demasiado alto. Después, que tú estabas en una reunión en Milán y que no se te podía interrumpir por algo que quizá no fuera grave."

"Dime que no es verdad."

"El dinero llegó a las once de la noche."

Se oyó un sonido ahogado.

Un golpe seco, como el de un puño contra una mesa.

"Era tarde", dije.

"No."

"Perdí a nuestro hijo, Flavio."

"No."

"Hace cuatro días."

"No, Lucila. No, no, no..."

Su voz, por primera vez, se quebró.

La voz que había usado para dominarme en tres años de matrimonio se deshizo en una sola sílaba rota.

Esperé.

Pensé que sentiría alguna cosa.

Una satisfacción.

Un alivio.

No sentí nada.

"Me quedé contigo por dos razones", dije, despacio. "Porque te amaba. Y porque creía que me elegirías por encima de todo."

"Te elijo. Te lo juro."

"Me equivoqué en las dos."

"Voy para allá. Tomo el primer vuelo."

"No hace falta."

"Lucila, por favor..."

"Adiós, Flavio."

Colgué.

Apagué el teléfono.

Lo dejé sobre la mesa de vidrio, boca abajo, junto a un florero de rosas blancas que alguien reponía todas las mañanas sin que yo lo hubiera pedido.

Me puse de pie.

Con la carpeta bajo el brazo, caminé hasta el vestidor.

Saqué mi bolso de cuero marrón, el que había llevado a la universidad, el único que no me habían comprado ellos.

Metí mi pasaporte, mi DNI, el collar de mi madre y un cargador.

Nada más.

Cuando salí a la sala, Giannina estaba parada junto a la puerta de servicio.

Alta, delgada, con el traje sastre gris de todos los días y el pelo negro recogido en un nudo bajo.

Tenía las manos juntas a la altura de la cintura.

Una sonrisa tranquila, correcta, que no se le movía.

"Señora Lucila", dijo. "El señor acaba de llamarme. Dice que usted no se encuentra bien."

"Estoy muy bien."

"Debería descansar."

"Me voy."

"No creo que sea buena idea."

"No te lo estoy preguntando."

Su sonrisa no cambió.

Detrás de ella, desde la cocina, asomaron dos empleadas.

Después el mayordomo.

Después otra más, con un trapo en la mano.

Los cuatro miraban el suelo.

Me dirigí al ascensor y apreté el botón.

Las puertas se abrieron.

Entré.

Antes de que se cerraran, Giannina dio un paso al frente y apoyó dos dedos en la puerta metálica.

"Señora Lucila", dijo, con la misma voz dulce. "Si baja, los guardias tienen órdenes."

Levanté la mirada.

"¿Órdenes de quién?"

Giannina sonrió un poco más.

"Mías."

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