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Desposar al Rey Vampiro Después de Renacer, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: El día del Pacto

Mireya renace en el salón de las alianzas, ve las marcas del lobo en el cuello de su hermana y elige al señor de los vampiros.

Abrí los ojos y no había fuego.

Eso fue lo primero que entendí.

El aire no me quemaba los pulmones y el humo no me raspaba la garganta.

Mi hijo no lloraba en mis brazos.

Mi hijo.

Me llevé las manos al vientre, con un grito mudo.

Estaba plano, firme, vacío.

"Señorita Mireya", dijo una voz de mujer a mi lado. "Respire. Se puso pálida."

Giré la cabeza.

Era mi doncella, con los ojos preocupados, sosteniéndome del codo.

Tenía en la mano un abanico de plumas que yo había olvidado hacía dos años.

Estábamos en el Salón de las Cuatro Casas, en Alba Mayor.

Había techos altos, arañas de cristal y estandartes de cuatro colores colgados de las vigas.

El blanco era de los humanos, el negro de los vampiros, el verde de los elfos y el gris de los lobos.

Yo llevaba un vestido de seda azul que quemé con mis propias manos en otra vida.

Y entonces lo recordé todo.

La guerra de los cuatro pueblos, el Pacto que la terminó, la regla de cada siglo.

Las bodas entre humanos y las tres razas, para que nazca un hijo mestizo que gobierne a todos.

El primer niño híbrido nacido en este siglo sería el próximo soberano del mundo.

Era el día de las alianzas.

Yo tenía veintidós años y ya había muerto una vez.

Me quemaron viva con mi hijo en brazos.

Mi hermana Eugenia encendió la sala con aceite de lámpara, y miró desde la puerta cómo se me caía el techo encima.

"Me quedé estéril por tu culpa", me dijo antes de cerrar. "Tú tenías todo."

La recordaba tan nítida que me temblaron las rodillas.

Mi doncella me abanicó.

"¿Quiere salir un momento?"

"No."

Levanté la cabeza.

Al otro lado del salón, junto a la mesa gris de los lobos, estaba Lucan Montaraz.

Alto, ancho, con el pelo castaño revuelto y esa cicatriz en la ceja izquierda.

Mi esposo de la vida anterior.

El que rugía frente al consejo que yo era su compañera y que, cada vez que le llegaba el celo, rompía muebles, camas y huesos.

Mi cuerpo lo recordaba bien.

Dos veces, durante nuestro matrimonio, me rompió costillas en su celo sin darse cuenta.

Su familia lo llamaba lealtad.

A mi lado, mi doncella susurró algo sobre mi hermana.

Seguí su mirada.

Eugenia estaba junto a Lucan.

Llevaba un vestido de seda rosa y el pelo rubio recogido, y sonreía como una novia.

Y en la curva del cuello, medio tapadas por un collar de perlas, tenía tres marcas moradas con forma de dientes.

Lucan la tomaba de la cintura con una mano.

Ella le apoyaba la cabeza en el hombro.

Nuestras miradas se encontraron a través del salón.

Y supe que ella también había vuelto.

Lo supe porque no hubo sorpresa en su cara.

Hubo un cálculo frío, una sonrisita de lado, la misma que puso en la puerta de la sala en llamas.

Se inclinó hacia Lucan, le murmuró algo al oído, y los dos me miraron.

Dos años de matrimonio con el lobo me habían enseñado una cosa: en su celo no quedaba nada humano.

Eugenia se había metido en esa cama antes del Pacto, sin saber lo que él era.

O sabiéndolo.

Pensé en la advertencia que no le di.

Y me di cuenta de que me daba igual.

El maestro de ceremonias golpeó el suelo con su bastón.

"Damas de las casas humanas", anunció. "Es hora de elegir."

Las solteras avanzamos en fila.

Delante de cada mesa había una piedra negra del tamaño de una manzana.

Quien apoyaba la mano en la piedra aceptaba al heredero de esa casa.

No había vuelta atrás.

La mesa de los elfos tenía al príncipe de pelo plateado, hermoso y vacío.

La mesa de los lobos tenía a Lucan, y al lado de Lucan una piedra que Eugenia ya había tocado esa mañana.

Me detuve frente a él.

Los ojos ámbar de Lucan se clavaron en los míos.

Se le dilataron las pupilas.

Se inclinó hacia adelante, como un perro que olfatea una huella.

"Tú", dijo, casi sin voz.

No sé qué había en mi olor, pero algo le llegó.

Eugenia se puso rígida.

"Lucan, amor", dijo, tirándole del brazo. "Es solo mi hermana."

Él no apartó la vista.

"Mireya Dorante."

"Lucan Montaraz."

"Tu piedra está aquí."

Miré la piedra gris.

Pensé en mi hijo blanco como la nieve.

Pensé en su nombre, que ya no era suyo.

Y seguí caminando.

Hubo un jadeo en el salón.

Pasé de largo junto a los lobos, sin apuro, con la espalda recta.

Pasé junto a los elfos.

El príncipe me sonrió con la boca perfecta.

No me detuve.

El murmullo creció detrás de mí, como una ola.

Al fondo del salón, bajo los estandartes negros, estaba la mesa de los vampiros.

Casi vacía.

Ninguna dama se había acercado.

Nadie se acercaba nunca.

Los rumores decían que los señores de esa casa se bebían a sus esposas.

Tres veces se había casado el Lord Alaric Valmont, y tres veces enterró a su mujer.

Él estaba de pie, solo, con un abrigo negro hasta la barbilla y las manos enguantadas.

Tenía el rostro pálido de quien lleva tres siglos sin tomar el sol.

Pelo negro con mechones de plata.

Ojos oscuros que se movieron hacia mí.

Fríos.

Cansados.

Alguien tosió.

"Señorita Dorante", susurró una voz. "Se equivoca de mesa."

"No."

Me detuve frente a la piedra negra.

El Lord me miró sin pestañear.

"¿Sabe usted lo que está haciendo?", preguntó, con una voz baja, ronca de no usarse.

"Sí."

"Mi casa es la peor de las cuatro."

"Mi hermana eligió bien a la suya, ¿no? Y míreme: sé exactamente lo que hago."

Puse la mano abierta sobre la piedra.

Estaba helada.

Un temblor recorrió el salón.

Oí a Eugenia gritar mi nombre.

Oí el rugido sordo de Lucan, un sonido que no tenía nada de humano.

Pero yo miraba solo a Alaric.

Él bajó la vista a mi mano.

Después la levantó despacio.

Sus ojos pasaron de oscuros a un rojo muy leve.

"Este rito no se puede deshacer", dijo.

"Lo sé."

"Tiene siete noches para decirme la verdad, señorita Dorante."

"¿Qué verdad?"

"La que la hizo caminar sin miedo hacia mí."

Se quitó el guante derecho, solo un segundo.

Y tomó mi mano.

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