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El Arrepentimiento del Alfa: Recuperando a Mi Compañera Humana, novela · Capítulo 1 de 20

Capítulo 1: La jaula de cristal

Valeria descubre que la sesión de modelaje es una subasta y que su ex compañero la mira desde abajo.

La oferta decía "modelo de maternidad, pago por hora, ambiente cómodo".

Yo tenía siete meses de embarazo, cuarenta mil pesos en la cuenta y un arriendo vencido.

Mi amiga Fernanda me llevó hasta la puerta del hotel con una sonrisa muy tensa.

"Te va a ir bien", me dijo. "Solo son fotos."

"¿No vienes conmigo?"

"Tengo que trabajar." Evitó mi mirada. "Te veo después."

Me dejó en la entrada del Hotel Cristal, en Coyhaique, bajo una lluvia fina que olía a pino.

Dos hombres de traje me llevaron por un pasillo largo hasta una puerta metálica.

Me hicieron cambiar el abrigo por un vestido color crema, sin mangas, que me marcaba la barriga.

Me peinaron.

Me maquillaron.

Nadie me dijo cuánto tiempo iba a durar la sesión.

"Es para la revista", repetía una mujer con los labios apretados.

Me llevaron a un escenario a oscuras.

Cuando las luces se encendieron, me di cuenta de que estaba dentro de una jaula.

Era una caja de cristal de dos metros por dos, con una puerta sin picaporte, una silla y una alfombra roja.

Abajo había una sala llena de gente.

Cien personas, tal vez más, de pie entre las mesas, con copas en las manos y trajes caros.

Todos me miraban la barriga.

Nadie sonreía.

Golpeé el cristal con la palma.

Sentí cómo vibraba, pero no cedía.

"¡Abran!", grité. "¡Esto no es una sesión de fotos!"

Un murmullo recorrió la sala.

Una mujer rió detrás de su copa.

Entonces lo vi.

En la primera fila, a cinco metros de mí, de pie y quieto como un poste, estaba Ezequiel Leiva.

El Alfa de la manada Ventisquero.

Mi ex compañero.

Llevaba un traje negro, el pelo largo atado en la nuca y la cicatriz de la ceja más blanca que nunca.

Hacía cuatro meses que no lo veía.

Desde la noche en que me rechazó delante de todo el Consejo con cuatro palabras: "No te necesito, humana".

Sus ojos color ámbar me recorrieron de arriba abajo.

Se detuvieron en mi vientre.

Me clavé las uñas en las palmas.

Ezequiel dio un paso adelante, sin apartar la vista, y sacó un papel doblado del bolsillo interior de su chaqueta.

Lo abrió con dos dedos.

Lo levantó para que yo lo viera a través del cristal.

Era un informe con un sello rojo y una frase subrayada.

"Paternidad descartada".

Los ojos se me llenaron de furia.

"¿De quién es ese bastardo?", preguntó él.

Su voz no se alzó, pero llegó hasta el fondo del escenario.

Algunas cabezas se volvieron.

Sentí que la sangre me subía a la cara.

"¿Cómo puedes decir eso?"

Le grité con toda la fuerza que me quedaba.

"¡Es tu hijo, Ezequiel! ¡Es tu hija!"

El rojo asomó en sus ojos.

Era la señal del lobo, ese momento en que la bestia empuja desde adentro.

Vi cómo apretaba la mandíbula y cómo las venas se le marcaban en el cuello.

"Miente", dijo, mirando al hombre que tenía al lado.

El hombre era Gaspar Ibáñez, su Beta.

Alto, de traje oscuro, con una sonrisa amable que yo había visto mil veces en las reuniones de la manada.

"Ya lo sabemos, Alfa", murmuró Gaspar, y me miró con lástima fingida. "Pobre muchacha."

"¡No estoy mintiendo!", grité.

Golpeé el cristal con las dos manos.

"¡Esa prueba es falsa! ¡Nunca estuve con nadie más!"

Nadie me escuchaba.

Las conversaciones se habían reanudado en la sala, como si fuera parte del espectáculo.

Entonces se apagaron las luces de la sala.

Una sola luz blanca cayó sobre un hombre que subió al estrado, con un martillo de madera en la mano.

"Damas y caballeros", dijo. "Bienvenidos a la subasta anual de Casa Cristal."

Me quedé sin aire.

"Subasta", susurré.

Fernanda me había dicho "fotos".

"Esta noche presentamos siete lotes excepcionales", continuó el subastador.

"Mujeres humanas, sanas, jóvenes, portadoras de crías de lobo de linaje alto."

"Ofertas desde diez millones de pesos."

Miré a Ezequiel.

Él también miraba al subastador, con el rostro en blanco.

Pero tenía el papel apretado en el puño, y sus nudillos estaban blancos.

"No", dije, y esta vez no grité.

Lo dije en voz baja, como una promesa.

Retrocedí hasta el centro de la jaula.

Miré el cristal, la puerta sin picaporte, el escenario.

Y en una esquina del salón, entre los meseros con bandejas, vi un uniforme blanco que conocía.

Una cola de caballo negra.

Una cara redonda, pálida, con los ojos clavados en el suelo.

Fernanda.

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