El Arrepentimiento del Alfa: Recuperando a Mi Compañera Humana, novela · Capítulo 20 de 20
Capítulo 20: Puedo pasar
Me desperté con una nana desafinada.
La cabaña olía a leña, a café y a pañales limpios.
La luz de la mañana entraba por los vidrios nuevos y dibujaba rectángulos dorados en las vigas.
Me estiré en la cama de troncos, desnuda bajo la colcha blanca, con el cuerpo cansado y feliz.
El otro lado estaba vacío, todavía tibio.
Al fondo de la habitación, junto a la ventana, Ezequiel mecía a Alma en una silla de madera.
Tenía el pelo recogido, una camiseta vieja y el delantal que decía "Papá" colgado al hombro, porque Rosario se lo había puesto otra vez.
Cantaba bajito.
La bebé lo miraba con los ojos dorados muy abiertos, y de vez en cuando le agarraba un dedo.
"Buenos días", dije.
Se giró con una sonrisa.
"Te desperté."
"Me despertó el olor a café."
"Lo hice yo."
"¿Seguro?"
"Rosario me dio instrucciones por escrito."
Me reí, me senté en la cama con la sábana contra el pecho y lo miré.
Era un hombre que me había rechazado, me había visto en una jaula y había perdido su cargo por mí.
Era también el hombre que cambiaba pañales con la lengua entre los dientes.
Los dos eran el mismo.
Alguien golpeó la puerta de la cabaña.
Tres golpes cortos, educados.
Ezequiel me miró.
"Adelante", dije.
Entró la anciana del Consejo con su nieta del brazo, seguida del anciano de pelo blanco, que traía un bulto envuelto en tela gris.
Se detuvieron en el umbral.
"Disculpen la hora", dijo la anciana. "Quisiéramos entregar algo."
Desenvolvieron el bulto.
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