El Blanco Ocaso De Un Alfa Sin Alma, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: El entierro
En el entierro de su hijo Finley, Linnea oye a su pareja confesar que impidió que lo curaran. Llama a su padre.
Enterraron a Finley bajo el roble grande, en la ladera donde jugaba.
Tenía tres años.
Lo envolvimos en una manta azul con lunas bordadas, la que yo le había cosido el invierno pasado.
La manada entera vino a despedirlo.
Doscientos lobos en silencio, de pie sobre la nieve, con la cabeza baja.
Yo no lloré durante el rito.
Me quedé firme, con las manos juntas y los ojos secos, porque una Luna no se desploma delante de su gente.
Cuando terminó, me temblaban tanto las piernas que Rhiannon, la mujer que servía el té en las reuniones del Consejo, tuvo que sostenerme del codo.
"Luna, sea fuerte", dijo con voz dulce.
No la miré.
Tres días antes, un cazador de la manada había encontrado a Finley en territorio errante, al otro lado del arroyo, con el cuerpo tan herido que no me dejaron verlo.
Me dijeron que había cruzado la frontera por error, que lo habían atacado lobos sin manada, que murió enseguida.
Kendrick, mi pareja destinada, el Alfa de Moonstone, me había sostenido la mano en la cama de la enfermería y me había jurado con la voz rota que vengaría a nuestro hijo.
"Voy a despedazar a esos malditos errantes con mis propias manos, Linnea. Te lo prometo."
Le creí.
Siete años a su lado y nunca había dudado de su palabra.
Después del entierro, la manada se dispersó.
Yo me quedé junto al roble hasta que oscureció.
Necesitaba estar sola con la tierra todavía removida.
Cuando por fin me di la vuelta para volver a casa, oí voces detrás de un cobertizo de herramientas, a unos veinte pasos.
Una era la de Kendrick.
La otra, la de Wystan, su Beta.
Mi oído de loba captó cada palabra, aunque hablaban bajo.
"En serio no lo entiendo", decía Wystan. "¿Por qué no dejaste que el sanador lo atendiera? Finley estaba grave, pero vivo cuando lo trajeron. Si hubiéramos actuado a tiempo..."
Me quedé quieta.
Mi respiración se detuvo.
"Fue Eamon", dijo Kendrick.
Un silencio.
"¿Eamon?"
"El niño de Rhiannon. Lo empujó. Estaban jugando al borde del arroyo, y lo empujó hacia el territorio errante, sin querer." La voz de Kendrick sonaba cansada, casi herida. "Eamon es solo un niño. No conocía los límites. No lo hizo con mala intención."
"Entonces el sanador..."
"Si el sanador lo hubiera curado, Finley habría hablado. Habría dicho quién lo empujó. Y el Consejo exige la sentencia: Rhiannon a la cárcel de la manada y el niño condenado."
Sentí que la tierra se abría bajo mis pies.
"Eamon no puede morir", continuó Kendrick. "Es mi hijo."
Wystan no respondió.
"Es mi heredero de verdad, Wystan. Es el que va a ser Alfa después de mí. Linnea nunca me dio más que uno, y ahora..."
Se calló.
Lo que siguió lo oí con claridad, palabra por palabra, como una sentencia.
"En cuanto se tranquilice, traeré a Eamon a la casa. Diremos que es un huérfano que adoptamos. Ella misma lo criará. Ella misma criará al siguiente Alfa."
Me apoyé contra la pared del cobertizo.
La madera estaba helada.
Mi hijo había estado vivo.
Mi Finley, con sus rizos blancos y su risa de ratón, había estado vivo cuando lo trajeron.
Y su padre, mi pareja, el hombre al que había entregado siete años de mi vida, había mandado lejos al sanador.
Había elegido.
Entre mi hijo y el hijo de su amante, había elegido.
No grité.
No me desplomé.
Algo dentro de mí, que había estado caliente durante tres días, se enfrió de golpe, hasta quedarse en un hielo limpio y quieto.
Volví a mi casa sin hacer ruido.
Subí a mi cuarto, me senté en la cama y saqué del fondo del armario una caja de madera que no abría desde hacía cinco años.
Dentro había un teléfono viejo.
Tenía un solo número guardado.
Lo marqué con dedos firmes.
Sonó cuatro veces.
Contestó una voz ronca, vieja, que no había oído en media vida.
"¿Linnea?"
"Soy yo, papá."
Un silencio largo, quebrado.
"Hija."
"He cambiado de opinión", dije. Mi voz sonó firme y no mostró ninguna emoción. "Voy a regresar a casa. Voy a heredar la Manada Imperial."
Mi padre tosió.
Escuché su respiración débil.
"¿Y qué pasa con Moonstone?", preguntó.
Miré por la ventana.
Entre los árboles se veía el roble, y debajo, la tierra removida.
"Quiero que Moonstone sea destruida", dije.