El Doctor De Las Calenturas, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: Revíseme rápido
Una mujer se tiende boca abajo en la camilla y le pide al doctor que le revise su calentura; Nicanor no es doctor, pero ella ya lo sabe.
"Doctor, por favor, revíseme rápido."
Yo estaba parado en la puerta del consultorio con una planilla de turnos en la mano.
Sobre la camilla de mi tío, una mujer se acostaba boca abajo como quien se acuesta en su propia cama.
Tenía un vestido amarillo que le llegaba a medio muslo y unas caderas que ocupaban media camilla.
No me miraba. Tenía la cara hundida en el brazo y el pelo largo caído sobre un hombro.
"Señora, creo que se equivocó de..."
"Es un problema crónico", dijo, con la voz amortiguada. "Me tiene loca desde hace años."
"Con mucho gusto le doy un turno para mañana con el doctor Eusebio."
"El doctor Eusebio está en Bogotá con una cadera nueva. Eso ya lo sé."
Me quedé quieto con la planilla.
"Yo solo soy el sobrino", dije. "Yo atiendo la recepción."
"Pero usted lleva la bata."
Me miré la bata blanca que mi tío me había dejado colgada en un gancho.
Me quedaba corta de mangas.
Pero llevaba tres días con ella puesta, porque la gente en el barrio Boston no entiende a un hombre sin bata.
Todos me decían doctor.
Yo les decía que no, dos veces, y a la tercera ya no tenía fuerzas.
"Señora, yo no soy médico", dije por fin.
La mujer levantó una mano sin voltearse y se jaló el borde del vestido hacia la cintura.
Debajo había un calzón negro de encaje, pequeño, que no tapaba casi nada del culo.
Tragué saliva.
"Ya sé que no lo es", dijo ella. "Revíseme igual."
Entonces lo hizo.
Se llevó las manos a la cadera y enganchó los dedos en el pantalón corto que llevaba bajo el vestido.
Se lo bajó hasta las rodillas.
Su piel morena brillaba bajo la luz del tubo del techo.
Era la piel más suave que yo había visto en mi vida.
Y yo llevaba cuatro meses sin tocar a nadie.
"Con todo respeto", dije, y me sorprendió lo ronca que me salió la voz, "usted sabe que esto es una locura."
"Sí."
"Podría entrar una paciente."
"Usted ya puso el letrero de cerrado. Lo vi al entrar."
Era cierto. Lo había puesto yo mismo cinco minutos antes.
"¿Cuál es el síntoma?", pregunté, porque no se me ocurrió otra cosa.
Ella se rió, una risa baja y caliente que se me metió por la espalda.
"Calentura, doctor. Crónica. Me sube por las piernas todas las noches y no se me baja con nada."
Dejé la planilla sobre el escritorio.
Me lavé las manos en el lavamanos de la esquina, porque eso sí lo recordaba de la facultad.
Cuando me volteé, ella había abierto un poco las piernas.
Me acerqué a la camilla con la boca seca.
Le puse una mano en el tobillo y la subí despacio por la pantorrilla.
Tenía la piel tibia y un poco húmeda de sudor, como la de cualquiera en Barranquilla a las cuatro de la tarde.
"Está caliente", dije.
"Se lo dije."
"Muy caliente."
"Siga subiendo, doctor."
Subí por detrás de la rodilla y ella suspiró hondo contra la sábana de papel.
Le acaricié el muslo con los dos pulgares, hacia afuera, hacia adentro, y sentí cómo se le tensaban las piernas.
"Más arriba."
"Aquí hay mucho calor", dije, y la palma me quedó justo debajo de su culo.
"Ahí mismo."
Le apreté la nalga con toda la mano.
Era firme, redonda, de las que te llenan la palma, y ella empujó hacia atrás sin pudor, buscando más.
Le pasé el pulgar por la costura del encaje y noté que estaba empapado.
"Aquí hay humedad", dije.
"Ya sé."
"Eso no es normal."
"Doctor, no sea tímido."
Le corrí el calzón a un lado con dos dedos.
Estaba mojada, hinchada, abierta, y tan caliente que sentí el calor en la yema de los dedos antes de tocarla.
Pasé la punta del dedo por su cuca de arriba abajo, muy despacio.
Ella soltó un gemido que tuvo que oírse desde la calle.
"Ay, Dios."
"Necesito hacer una exploración", dije.
"Hágala."
Le metí un dedo y se tragó la mitad de golpe.
Era estrecha, resbalosa, y se apretó alrededor de mí como si llevara años esperando que alguien entrara.
"Otro", pidió.
Le metí el segundo y empecé a moverlos, lento, curvándolos hacia arriba.
Con el pulgar le busqué el clítoris y lo encontré duro como un botón.
"Así", dijo, con la mejilla pegada al papel. "Justo así. Más fuerte."
"Aquí duele."
"No me duele. Me quema."
Aumenté el ritmo, y la camilla empezó a crujir bajo su cuerpo.
Ella se agarró a los bordes con las dos manos y levantó las caderas para recibirme más hondo.
Con la mano libre le levanté el vestido hasta la espalda y le abrí la nalga para verla.
Me vi los dedos entrar y salir, brillantes, y sentí la verga ponérseme tan dura que dolía contra el pantalón.
"Dime que no pare", dije, y se me escapó el tuteo sin darme cuenta.
"No pares", jadeó. "Por lo que más quieras, no pares."
La froté con el pulgar en círculos cada vez más rápidos, y la cuca se le cerró alrededor de mis dedos.
"Doctor", dijo, entrecortada. "Doctor, ya viene."
"Venga."
Se vino con un grito ahogado contra su propio brazo.
Las piernas le temblaron tanto que la camilla se corrió dos centímetros sobre las baldosas.
Sentí cada espasmo en los nudillos.
Se quedó quieta un buen rato, respirando como si hubiera corrido.
Yo saqué la mano despacio, y ella emitió un quejido de pérdida que casi me hace venir a mí también.
Se dio vuelta con calma y se sentó en la camilla, con el vestido arrugado en la cintura y el pelo pegado a la frente.
Los ojos eran de un café oscuro, y debajo del izquierdo tenía un lunar.
Los conocí en cuanto los vi.
"Tú", dije.
Ella sonrió de lado y se llevó mis dedos mojados a la boca para limpiarlos con la lengua.
"Seis meses", dijo, entre un dedo y el otro. "Seis meses subiendo hasta mi puerta con las pastillas de mi marido, Nicanor."
Me quedé mudo.
"Nunca me miraste."
"Yo..."
"Yo sí te miraba a ti."