El Don Me Embarazó y Eligió a la Otra, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: La lluvia
Nicoletta mira desde la acera cómo Cesare se casa con su hermanastra. Decide dejarlo ir, y no le ha dicho que está embarazada.
Llovía a cántaros sobre Filadelfia el día en que Cesare Brandolini se casó con otra.
Yo estaba en la acera de enfrente de la iglesia de San Antonio, bajo el alero de una panadería cerrada.
Llevaba un abrigo de lluvia sobre el vestido crema que había comprado para mi propia boda.
Mi boda era el sábado siguiente.
La suya era hoy.
Las puertas de la iglesia estaban abiertas de par en par.
Desde donde yo estaba se veía el altar, los cirios, las flores blancas.
Y en el centro, de espaldas, un hombre alto de esmoquin negro y otra mujer de blanco.
Dalila.
Mi hermanastra.
Veintiséis años, pelo rubio teñido, una barriga de cinco meses que el corsé ya no escondía.
Mi padre murió cuando yo tenía dieciocho años.
Mi madre se casó, un año después, con Arnaldo Marchetti, el jefe de finanzas de la familia Brandolini.
Con él llegó Dalila.
Crecimos como hermanas sin serlo, compartiendo mesas, cumpleaños y secretos.
Yo le presté mis vestidos, mi cuarto y mis lágrimas.
Ella me quitó, este mes, a mi prometido.
Una hora antes, en el salón de la familia, Cesare había hablado delante de los doce capos.
Yo no estaba, pero mi tía Rosaria me contó cada palabra por teléfono, llorando.
"Según la regla de la Mafia", había dicho con voz de piedra, "solo la mujer que complete el rito del matrimonio conmigo y reciba la bendición de toda la familia es mi verdadera esposa."
"Nicoletta Ferraro fue mi prometida. Pero Dalila Marchetti espera un hijo mío, y yo cumpliré mi deber."
Yo no era nada más que una promesa sin rito.
Dalila era el deber.
Dentro de la iglesia, el sacerdote levantó las manos.
Los vi intercambiar los anillos.
Cesare le puso a Dalila un aro de oro en el dedo.
Ella se echó a reír, con las manos en el vientre, y él la besó.
Fue un beso corto, sin amor.
Eso no me consoló.
Esos labios los había besado durante seis meses, en secreto.
Mientras tanto yo llevaba los libros de su familia, planchaba sus camisas y le tenía la cena lista.
Desde que descubrí lo de Dalila, el mes pasado, había intentado contarle lo que yo sabía.
Él no me escuchó.
Me dijo que lo hablaríamos después de la boda.
Después de la boda con ella.
La lluvia me corría por la cara y no sabía cuánto era lluvia y cuánto no.
Me quedé mirando el beso hasta que el reloj de la iglesia dio las cuatro.
Lo amé durante diez años.
Desde los dieciocho, cuando me sonrió por primera vez en el funeral de mi padre.
Tenía cinco años más que yo y más calle que nadie, y me dijo que cuidaría de mí.
Lo amé cuando fue Don y cuando me pidió que fuera su contadora.
Lo amé cuando me puso un anillo de ópalo y dijo que éramos para siempre.
Y ahora lo veía casarse con otra.
Me llevé la mano al vientre.
El gesto me salió solo.
Hacía diez días me había hecho una prueba, en el baño de un restaurante.
Dos rayitas.
Ocho semanas.
Había planeado decírselo esta noche, después de la cena de la familia, en la suite de un hotel con vistas al río.
Había comprado un par de zapatitos blancos, minúsculos, y los llevaba en el bolsillo del abrigo.
Ahora los apretaba con los dedos mojados.
No se lo había dicho.
No se lo iba a decir.
Un hombre que se casa con otra delante de doce capos no merece saberlo.
No merece que le cuenten que va a tener un hijo con la mujer que planchaba sus camisas.
Tomé aire.
Decidí algo ahí, bajo el alero, en medio del aguacero.
Lo dejaría ir.
No por orgullo.
Porque cuando un hombre elige a la otra delante de todos, ya no hay nada que salvar.
Me di la vuelta y caminé por la acera hacia la parada de taxis.
Nadie en la iglesia me vio irme.
Salvo una anciana de negro, sentada en la última fila, con un bastón entre las manos.
Giró la cabeza en el momento justo y me miró fijamente a través de la lluvia.
Nonna Assunta.
La abuela del Don.
Sus ojos negros me siguieron hasta que doblé la esquina.
En el taxi apoyé la cabeza contra el cristal.
Saqué el teléfono y escribí un mensaje corto a mi abogado.
"Prepara el aviso de ruptura. Y compra un pasaje solo de ida."
Después me toqué el vientre otra vez.
"Seremos tú y yo", susurré.