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El Nombre que Ella Escribió con Sangre, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: El libro de los nombres

Mirela renace una hora antes del rito de sangre y escribe el nombre de Calista en el vínculo del príncipe.

Desperté con una estaca de plata clavada en el corazón.

Eso fue lo primero que sentí.

Después fue el techo.

Un techo de vigas negras, con telarañas de oro y un candelabro apagado.

Me incorporé de golpe, con la mano en el pecho.

No había estaca.

No había sangre.

Mi corazón, inmóvil desde hacía doscientos años, no latía.

Pero mi cuerpo recordaba el dolor.

Cada fibra recordaba cómo se había sentido morir.

Estaba sentada en el borde de la cama de mi antiguo cuarto, en la torre este del Salón de la Luna.

Llevaba un camisón blanco que no me ponía desde hacía cien años.

Sobre el tocador, una luna de plata reflejaba mi cara.

Veintiséis años de aspecto, pelo oscuro, ojos grises.

Las mismas ojeras de siempre.

Y sin ninguna cicatriz.

La noche anterior a mi muerte, yo tenía cicatrices en el cuello, en las manos, en la espalda.

Las que dejan cien años de ser la sombra de alguien.

Me levanté.

Fui a la ventana.

Abajo, en el patio, los criados colgaban faroles para el rito.

Los reconocí a todos.

El rito de sangre.

Esa noche, a medianoche, la elegida del príncipe Ansgar Valmont escribiría su nombre en el Libro de los Nombres.

Era el vínculo de sangre.

La compañera.

La consorte.

Aquella que sentiría lo que él sintiera, y de la que él sentiría todo, durante la eternidad.

Yo fui esa vampira la primera vez.

Yo había soñado ese día durante cuarenta años.

Desde la noche en que me presentaron al príncipe y él, sin sonreír, me dijo que tenía los ojos de una biblioteca.

Y lo conseguí.

Me convertí en la consorte de Ansgar Valmont.

Viví a su lado cien años.

Cien años de mesas largas, de cortes, de salones, de guerras diplomáticas.

Cien años sintiendo que sobraba.

Porque había otra.

Se llamaba Calista Roth.

Era rubia, risueña, de sonrisa dulce y manos pequeñas.

Y era la mujer a quien Ansgar, sin saberlo siquiera, adoraba.

La que protegía en cada reunión.

A la que miraba cuando creía que yo no lo veía.

Yo hice todo lo que pude para ser suficiente.

Le escribí cartas cuando se hundía en el hambre.

Le preparé el vino de sangre cuando no podía dormir.

Cubrí sus errores ante el Consejo.

Y la noche del Gala del Solsticio entraron los cazadores de vampiros, con sus estacas de plata.

Vi a mi esposo correr.

Pasó a mi lado sin mirarme.

Corrió hacia Calista, que sangraba en el suelo.

Yo caí de rodillas con una estaca clavada.

Murmuré su nombre.

Él no volvió la cabeza.

Cerré los ojos.

Y desperté aquí.

Me quedé de pie ante la ventana, con la frente contra el vidrio helado.

Pensé: no es un sueño.

Pensé: me han dado otra vez la noche del rito.

Pensé: ¿qué hago con ella?

No dudé mucho.

Me vestí con el traje oscuro de las grandes ocasiones, me recogí el pelo y bajé las escaleras de la torre con pasos firmes.

El Salón de la Luna estaba lleno.

Trescientos vampiros de la Corte, con capas de terciopelo y copas de cristal en las manos, esperaban junto al altar de piedra.

En el centro, sobre un atril de ébano, descansaba el Libro de los Nombres.

Un volumen enorme, de tapas negras, con páginas de pergamino.

A su lado, un pequeño cuchillo de plata y un cuenco de cristal.

Ansgar estaba de pie junto al altar.

Alto, de pelo negro hasta los hombros, con una capa azul oscuro y los ojos de hielo.

Me miró cuando entré.

Con su frialdad de siempre.

Con su gesto de piedra.

Me dolió verlo, aunque no quise que me doliera.

El maestro de ceremonias dio tres golpes con el báculo.

"Su Alteza, es la hora."

Ansgar asintió.

"Que la elegida se acerque", dijo el maestro.

Yo di un paso.

Ansgar me tendió una mano, formal.

La rechacé con una inclinación de cabeza.

Un murmullo corrió por el salón.

Crucé la sala sola, hasta el atril.

Tomé el cuchillo.

Me hice un corte limpio en la yema del dedo.

La sangre cayó en el cuenco, oscura y espesa.

Ansgar me miraba, intrigado.

Mojé la pluma en mi sangre.

Abrí el libro en la primera página en blanco.

Y, con trazo firme, escribí un nombre.

No fue el mío.

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