El Semental De Los Tres Huevos, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: Tratamiento físico
La doctora se quita la ropa interior y le hace señas desde la camilla; por primera vez en catorce meses a Lalo se le para, hasta que el director toca la puerta.
"Como no logro curarte desde la mente, Lalo, voy a tener que iniciar el tratamiento de manera física."
La doctora Valentina Dávalos me lo dijo cerrando mi expediente.
Lo dijo con la misma voz con la que me había recomendado respirar, anotar mis pensamientos y dejar de compararme con otros hombres.
Yo estaba sentado en el sillón de cuero del consultorio, con las manos entre las rodillas y las orejas hirviendo.
Llevaba seis jueves en ese sillón.
Seis semanas hablando de mi madre, de mi taller, de mi ex, y de los tres huevos que me colgaban entre las piernas.
Sí, tres.
Nací así.
Poliorquidia, dicen los médicos en voz baja.
Un testículo extra del lado izquierdo, chiquito, inofensivo, confirmado por ecografía.
No me dolía.
No me estorbaba.
Lo que me estorbaba era mi cabeza.
Porque la última mujer que lo vio se rio.
Se llamaba Jessenia, tenía veintisiete años y la lengua más filosa de Quito.
Se rio y soltó una frase que no he podido sacarme de la cabeza en catorce meses.
Desde esa noche, ninguna mujer me ha visto desnudo.
Y mi verga, el muy traidor, tampoco ha vuelto a levantarse cuando hay alguien mirando.
"¿Físico cómo?", pregunté, tragando saliva.
La doctora se levantó del escritorio.
Tenía treinta y seis años, el pelo largo castaño oscuro, unos lentes de pasta negra y unos ojos color miel que me ponían a sudar cada jueves.
Bajo la bata blanca se le marcaban caderas anchas y una cintura que no cabía en ninguna conversación seria.
"Ven a la camilla."
"¿Usted y yo?"
"Tú y yo."
"Doctora, yo no sé si..."
"Lalo." Se detuvo frente a mí. "Llevamos seis semanas hablando. Me dices que sabes lo que pasa. Lo entiendes. Lo repites perfecto." Me sostuvo la mirada. "Y sigues sin poder. El cuerpo aprende de otra manera."
Yo no supe qué contestar.
Ella caminó hasta la camilla del fondo, cubierta de papel blanco.
Se detuvo a un lado.
Y entonces hizo algo que no entró en ninguna de mis fantasías ni en mis peores pesadillas.
Se llevó las manos bajo la falda.
Se quitó los calzones.
Los dejó sobre la silla, pequeños, de encaje negro.
Se sentó en la camilla.
Se recostó.
Abrió las piernas, con la falda enrollada sobre las caderas, y yo vi, con la luz fría del consultorio, una chucha depilada a medias, brillante, preciosa, que me quitó el aire.
Me hizo señas con el dedo, con una sonrisa coqueta que ningún manual de medicina recomienda.
"Ven aquí."
Me levanté.
Las piernas no me respondían.
Crucé el consultorio como un sonámbulo.
Llegué a los pies de la camilla.
"Doctora, yo no..."
"Sin usted."
"¿Sin qué?"
"Sin usted, Lalo. Aquí me dices Valentina."
"Valentina."
"Mejor."
Me tomó la mano.
La llevó hasta su rodilla.
Su piel estaba tibia y suave.
"Sube", susurró.
Subí.
Mis dedos rasparon la parte interna de su muslo, callosos de tanto grasa y llave inglesa, y ella respingó.
"Qué manos tienes."
"Son de mecánico."
"Ya veo." Cerró los ojos. "Siguen."
Llegué al final del muslo.
Me quedé inmóvil, con la yema de los dedos a un milímetro de su calor.
Ella abrió los ojos.
"Tócame."
"No sé si..."
"No pienses. Ese es el problema."
La toqué.
Un roce apenas, de arriba abajo.
Ella soltó un suspiro largo, y bajo mis dedos sentí cuánto estaba mojada.
Era caliente, resbaladiza, viva.
Algo se movió dentro de mis pantalones.
Un cosquilleo, un tirón.
Algo que no había sentido en catorce meses.
Valentina lo notó.
Bajó la mirada a mi bragueta.
"Lalo."
"Dime."
"Mira."
Miré.
Había un bulto debajo del pantalón de mecánico.
Duro.
Tenso.
Real.
Se me llenaron los ojos de lágrimas sin que pudiera evitarlo.
"Pensé que ya no."
"Lo sé." Sonrió con ternura. "Yo también lo pensé por ti."
"¿Y ahora?"
"Ahora sigue el tratamiento."
Me tomó de la camisa y me jaló hacia ella.
Me besó.
Fue un beso de doctora, firme, que sabía a menta y a café.
Mi lengua encontró la suya, y mis manos se fueron solas a su cintura.
"Quítate la camisa", ordenó contra mi boca.
Obedecí.
Me quitó ella el cinturón, abrió el botón del pantalón y bajó el cierre.
Metió la mano.
Cuando me tomó, grité.
"Shhh."
"Perdón."
"No pidas perdón por esto."
Me la sacó.
La acarició, despacio, con los dedos fríos y seguros, mirándola con una atención clínica que casi me hacía reír.
"Es muy bonita", dijo.
"No digas eso."
"Es una opinión profesional."
La apretó en la base y subió con la mano abierta, y el placer fue tan agudo que tuve que sujetarme del borde de la camilla.
Con la otra mano me bajó el pantalón un poco más.
Me dejó los huevos al aire.
Los tres.
Me tensé de golpe.
Esperé la risa.
Esperé el silencio incómodo.
Ella los miró con serenidad.
Y los tocó.
Con la yema de los dedos, uno por uno, con una suavidad inmensa.
"Qué hermosos", susurró.
Se me escapó un sollozo.
No de tristeza.
De algo más raro.
"Me estás mintiendo."
"Soy tu doctora." Levantó los ojos. "Yo no miento sobre anatomía."
Siguió acariciándome, y yo ya no pude hablar.
Cerré los ojos.
Me dejé hacer.
Su mano subía y bajaba, la otra me acunaba los huevos con calidez, y yo respiraba como un fuelle.
"Valentina."
"Dime."
"Si sigues así..."
"Todavía no."
Paró.
Abrí los ojos.
Se había recostado otra vez y me miraba con las piernas abiertas y la cara encendida.
"Primero ven acá."
"¿Dónde?"
"Aquí."
Señaló entre sus piernas.
Me incliné, nervioso, con las rodillas temblando, y apoyé las manos a los lados de su cuerpo.
Entonces alguien tocó la puerta.
Tres golpes secos.
Y la voz de un hombre mayor, desde el pasillo.
"Valentina, ¿estás ahí? Tengo que hablar contigo."
Ella se quedó helada.
Yo también.
Con la verga fuera y los pantalones a media pierna, la miré.
Ella me tapó la boca con la mano y, en voz baja, sin mover los labios, susurró:
"Es el director."