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El Tesorito De La Juventud, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: El candado

Fiorella le suplica a Lorenzo que le quite un cinturón de castidad; él lo abre, ella lo besa y suena el timbre.

"Tío, por favor, te lo suplico... ayúdame a quitarme esta cosa."

Eran las diez de la noche de un jueves, y yo estaba en la cochera lijando la pata de una mesa cuando sonó el timbre.

Abrí con las manos llenas de aserrín.

En la puerta estaba Fiorella, la mejor amiga de mi hija desde los doce años.

Tenía el pelo negro revuelto y las mejillas rojas, y me miraba como si me pidiera un riñón.

"Fiorella. ¿Qué pasó? ¿Ingrid está bien?"

"Ingrid está en Arequipa, tío. Es por mí."

Cruzó los brazos sobre el pecho y miró a ambos lados de la calle.

"¿Puedo pasar?"

Pasó antes de que contestara.

Dejó el bolso en el sofá y se paró en medio de la sala, retorciéndose los dedos.

Llevaba un vestido de algodón amarillo que le llegaba a medio muslo.

Fiorella tenía veintidós años, y yo la había visto crecer entre mi cocina y el cuarto de mi hija.

Con la voz muy baja, preguntó:

"Tío, ¿tú sabes usar una cizalla?"

"Es mi taller. Claro que sé."

"Entonces necesito que me hagas un favor y no me hagas preguntas."

"Eso depende del favor."

Tomó aire.

Cerró los ojos.

Y se levantó el vestido hasta la cintura.

Pensé que me estaba dando un infarto.

Alrededor de sus caderas había una banda de acero pulido, del ancho de una mano.

Una malla fina bajaba entre las piernas y subía por detrás.

Un cinturón de castidad.

De los antiguos, de los de museo, con un candado de bronce del tamaño de una nuez colgando junto a la cadera izquierda.

"¿Qué es eso?", dije, con la voz ronca.

"Una apuesta."

"¿Qué apuesta?"

"Con mis amigas, en una videollamada. Me pasé de confiada, tío."

"Dije que podía llevarlo siete días. Si lo aguantaba, me pagaban cinco mil soles para mi matrícula."

"Hoy es el cuarto día."

"¿Y la llave?"

"La tiene la que ganó la apuesta. Mandó la llave por courier a Arequipa para que no hiciéramos trampa."

Bajó la cara, roja hasta las orejas.

"Y me roza. Me duele. No puedo ni ducharme bien."

"Anoche Tatiana intentó con tijeras y con una pinza de cocina, y nada."

"En la ferretería le dijeron que hace falta un hombre con fuerza y herramientas."

"Fiorella..."

"Por favor. Eres el único hombre en el que confío."

Hubo un silencio largo, de esos en los que se oye la nevera.

Yo tenía cuarenta y siete años, un taller en la cochera y una hija a mil kilómetros de distancia.

Y tenía a una chica de veintidós, casi una sobrina, de pie en mi sala con el vestido levantado.

Y lo único que pensaba era: ahora no me muevas, Lorenzo.

"Ven al taller", dije.

Bajamos los tres escalones hasta la cochera.

Encendí la luz.

Los bancos, las sierras, los clavos en frascos, el olor a barniz y a madera cortada.

Aparté una pila de tablas y le señalé el banco de trabajo.

"Siéntate ahí, de lado."

Se sentó, con las rodillas juntas y el vestido recogido en el regazo.

Agarré la cizalla pequeña y un cortafrío.

Me arrodillé frente a ella.

Esto estaba mal, y lo sabía.

Pero tenía los ojos al nivel de sus caderas y la piel tibia a diez centímetros de mis manos.

"Voy a tener que sujetarte el cinturón", dije. "Para no cortarte a ti."

"Sí."

"Si te duele, me lo dices."

"Sí, tío."

Apoyé la mano izquierda sobre el acero.

El metal estaba tibio de su piel.

Con los dedos sentí el latido de su cadera.

Metí el filo de la cizalla en el arco del candado y apreté.

Nada.

Probé con el cortafrío y un martillo pequeño.

Fiorella contuvo el aire con cada golpe.

Tenía las manos agarradas al borde del banco, y las rodillas empezaron a abrirse solas, un centímetro, dos.

Intenté no mirar.

Miré.

Entre el acero y su piel clara, una línea roja marcaba donde la malla le había rozado.

"Está irritada", murmuré.

"Lo sé."

"Voy a ser cuidadoso."

"Confío en ti."

Metí un dedo bajo el borde de la banda para separarla de la piel.

Su vientre tembló.

Soltó un sonido bajo, apenas un suspiro, y supe que no era de dolor.

"Fiorella."

"No pares."

"No te hagas la..."

"No me hago nada, tío."

Me miró a los ojos.

Eran enormes, oscuros, brillantes.

"No pares", repitió.

Di un último golpe seco, y el candado de bronce se partió con un chasquido.

La banda se aflojó.

Caí hacia atrás sobre los talones, respirando fuerte.

Con las dos manos, tiré de la malla.

Se deslizó por sus muslos y cayó al suelo con un ruido metálico.

Quedó sentada en mi banco de trabajo, con el vestido arrugado en la cintura y desnuda debajo.

Una línea roja le bajaba desde el hueso de la cadera.

Debí levantarme.

Debí darle una toalla, decirle que se vistiera.

No me moví.

"Gracias", susurró.

"De nada."

"¿Puedo pedirte otra cosa?"

Yo no podía hablar.

Se bajó del banco, descalza, y se paró delante de mí.

Me tomó la cara con las dos manos.

Olía a jabón de almendras.

"Tengo veintidós años, tío", dijo, muy baja. "Y desde la fiesta de los diecinueve de Ingrid, hace tres años, me pregunto cómo besas."

Y me besó.

Fue un beso corto y torpe, de boca cerrada, que me recorrió el cuerpo entero.

Cuando se separó, me miró asustada, esperando.

Yo la tomé de la nuca y la besé de vuelta, con la boca abierta, con todos los años de silencio.

Ella soltó un gemido y se colgó de mi cuello.

El timbre de la casa sonó, largo, insistente.

Nos separamos de golpe.

"Es Ingrid", susurró ella, pálida.

"Ingrid está en Arequipa."

El timbre sonó otra vez, y una voz de mujer gritó desde la calle:

"¡Fiorella! ¡Sé que estás ahí!"

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