Enferma con adicción al sexo, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: El consultorio
Boca abajo en la cama de una clínica de juguete, Mayte deja que el Doctor la examine hasta que gira la cabeza y descubre quién es.
"Paciente veintidós", dijo el Doctor. "Boca abajo. Y sin hablar."
Obedecí.
La cama de la Clínica Imaginaria era alta y estrecha, con sábanas blancas almidonadas y un olor a alcohol que alguien había rociado a propósito.
Llevaba puesta una bata azul pálido, abierta por detrás, y un antifaz de dormir negro que me tapaba los ojos.
Esas eran las reglas.
Sin nombres, sin caras, sin preguntas.
Él era el Doctor y yo era la Paciente 22, la enferma de la adicción.
Tres meses de chat en una aplicación para adultos, dos citas, y ni una sola vez le había visto la cara.
Le había dicho el primer día que mi problema era simple.
"Me gusta demasiado", escribí. "Eso dicen. Que estoy enferma."
"Quiero examinarla", contestó él. "Con cuidado."
Aquella frase me había acompañado tres meses.
Oí sus pasos acercarse sobre el piso de baldosa, y el chasquido elástico de unos guantes de látex.
"Respire hondo."
Respiré.
Una mano me apartó la bata, y el aire frío me rozó las nalgas desnudas.
"Aquí es donde le duele", dijo él, con una voz grave, pausada, que me ponía la piel de gallina.
"Sí, Doctor."
"Cuénteme los síntomas."
"Que no me alcanza nunca."
Hubo un silencio corto.
Después, la palma de su mano cayó sobre mi nalga con un golpe seco.
Solté un gemido ahogado.
"Eso no es un síntoma", dijo. "Es un diagnóstico."
Otro golpe, en la otra nalga, más fuerte.
Un calor delicioso se extendió por mi piel, y entre mis muslos.
"Doctor."
"Silencio, Paciente."
Me acarició donde me había golpeado, despacio, con la mano enguantada.
"Todavía no he empezado la revisión."
Sus dedos bajaron por el centro de mis nalgas, y se detuvieron.
Me separó las piernas con la rodilla.
Los dedos enguantados me recorrieron los labios de abajo, despacio, mojándose, y cuando llegaron a mi clítoris me arqueé sobre el colchón.
"Muy sensible", murmuró. "¿Siempre está así?"
"Siempre."
"Qué interesante."
Dibujó círculos lentos, exactos, con la yema de un dedo.
Hundí la cara en la almohada.
Mi cuerpo se había convertido en un nervio.
Me metió un dedo, despacio.
Estaba apretada y resbalosa, y el látex le dio un roce frío y áspero que me hizo gemir.
"Dos", dije.
"¿Perdón?"
"Dos dedos. Por favor."
"La paciente no da órdenes."
"Por favor, Doctor."
Hubo una pausa.
Después sentí cómo un segundo dedo entraba, y me abría.
Gemí en voz alta.
Empezó a moverlos dentro de mí, curvados, buscando.
"Aquí", murmuró. "Lo encontré."
El placer me atravesó la espalda.
Apreté las sábanas con las dos manos.
"No pare", supliqué. "Por favor, no pare."
Aceleró.
Con la otra mano me volvió a golpear, más suave, al ritmo de los dedos, y cada impacto me hacía contraer alrededor de él.
Era la mejor cita de las tres.
El desconocido sabía exactamente lo que necesitaba, y no me hacía preguntas.
Mis caderas empezaron a moverse contra su mano.
"Más", rogué. "Más, más."
Me metió un tercer dedo, y grité.
Se inclinó sobre mí, y su aliento me rozó la oreja, caliente, a través de la mascarilla.
"Dígame lo que quiere, Paciente."
"A usted."
"¿Dónde?"
"Dentro. Ya."
Lo oí soltar el aire, con un temblor.
"Todavía no", dijo. "Primero, esto."
Con el pulgar me frotó el clítoris, rápido, mientras los dedos seguían hundiéndose en mí.
Me vine con un sollozo largo, arqueada, con las rodillas temblando.
Me quedé jadeando sobre la cama, empapada, con el antifaz húmedo en las pestañas.
Pero no era suficiente.
Nunca era suficiente.
Giré la cabeza hacia un lado, buscando su boca.
Quería un beso.
Era una regla rota, y no me importó.
El antifaz se deslizó hacia arriba por mi frente.
Y vi.
El Doctor estaba de pie junto a la cama, con la bata blanca y el gorro quirúrgico.
La mascarilla se le había corrido hasta la barbilla.
Tenía unas gafas de pasta oscura.
Una barba corta, castaña, con canas.
Y unos ojos que yo había visto cada lunes durante dos años, desde la última fila del aula 214.
Los ojos del profesor Teodoro Quesada.
Nos quedamos mirando.
Ni él ni yo respiramos.
Su mano seguía dentro de mí, inmóvil.
Los dedos quietos, todavía mojados.
"Mayte", dijo en un hilo de voz.
Yo no conseguí decir nada.
Pasó un segundo infinito, en el que oí mi corazón, el goteo del aire acondicionado, y un coche lejano en la calle.
Él empezó a retirar la mano.
Despacio, como quien se aparta de un cable pelado.
Y yo, sin pensarlo, sin saber de dónde me salía, le agarré la muñeca.
"Profesor Quesada", susurré.
"Mayte, esto..."
"No pare."