Esta vez, me elijo a mí., novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: El inversionista
En la presentación del proyecto, Itzel descubre que su nuevo socio es su marido y que la rival ya tiene escritorio en su estudio.
Estaba mostrando la maqueta del hotel de Valle de Bravo cuando la puerta de la sala de juntas se abrió y entró mi marido.
No lo esperaba.
Llevaba tres semanas fuera de casa, en "viajes de negocios", y esa mañana ni siquiera me había escrito.
Se detuvo bajo el marco, con su traje azul marino y la corbata del aniversario, la que yo le había regalado.
Detrás de él entró Bárbara Ledezma.
Mi corazón se hundió en el estómago.
Bárbara llevaba un vestido beige perfecto, el pelo castaño suelto sobre los hombros y una carpeta bajo el brazo.
Se veía fresca, segura, dueña del lugar.
Me sonrió.
"Perdón por llegar tarde, Itzel. El tráfico en Reforma."
En la sala había cuarenta personas.
Los banqueros del fondo, los dos arquitectos de mi equipo, la recepcionista y Toña, mi socia, sentada en un rincón con el ceño fruncido.
Todos se volvieron a mirar a la pareja que acababa de entrar.
Yo tenía en la mano el puntero láser, todavía encendido.
"Abel", dije.
Él se acercó a la cabecera de la mesa y puso la mano sobre mi hombro.
"Siguen adelante. Quiero que todos conozcan al nuevo socio del Estudio Montaño."
Lo miré.
"¿Qué socio?"
"Yo."
Hubo un silencio.
Me tembló el puntero.
La mancha roja bailó sobre la maqueta y luego sobre la pared.
"Grupo Sanabria", continuó Abel con voz suave, como quien explica algo sencillo, "acaba de adquirir el treinta por ciento del estudio. Es una inversión que llevamos preparando desde hace meses."
Toña soltó un sonido ahogado.
Yo no podía respirar.
Cuatro años casada con ese hombre.
Nunca me había dicho una palabra.
"Y para asegurar el éxito del proyecto", añadió, "hemos pedido a Bárbara Ledezma que se incorpore como directora creativa."
Bárbara bajó la cabeza con modestia fingida.
"Itzel tiene un talento enorme", dijo, mirándome. "Solo que a veces necesita una guía."
Alguien tosió.
Uno de los banqueros ladeó la cabeza para ocultar una sonrisa.
Sentí el calor subirme por el cuello, hasta las orejas.
Durante cuatro años había visto a Bárbara en cada cena de los Sanabria, en cada aniversario, en cada foto del salón de Doña Genoveva.
La primera novia de Abel.
El amor de juventud que nunca dejó de ser el favorito de su familia.
Había competido con ella por un asiento en la mesa, por una invitación a Cancún, por una mirada de mi suegra.
Esta vez competía por mi estudio.
Y me enteraba delante de cuarenta testigos.
"Itzel", dijo Abel, bajando la voz. "Firma. Ya está todo listo."
Empujó hacia mí una carpeta negra y una pluma plateada.
La carpeta tenía mi nombre impreso en la portada.
Miré la pluma.
Pensé en mi abuela, en la casa de Oaxaca, en las mañanas en que me enseñaba a dibujar plantas con un lápiz mocho.
Pensé en la niña que dormía sobre planos en una pensión de la Del Valle, a los diecinueve, con el dinero justo para el camión.
Pensé en las veces que le dije a Abel "te quiero" y él contestó "yo también", sin mirarme.
Dejé el puntero sobre la mesa.
Apagué la luz.
"No."
Abel parpadeó.
"¿Perdón?"
"No voy a firmar."
"Itzel, no hagas esto aquí."
"¿Dónde prefieres? ¿En casa, donde no apareces desde hace tres semanas? ¿O en la sala de Doña Genoveva?"
Un banquero se aclaró la garganta.
"Podemos pasar a un receso..."
"No hace falta, gracias."
Me puse de pie.
Me ardían las manos, pero la voz me salió pareja, casi tranquila.
"Buenos días a todos. La presentación de hoy se cancela. Gracias por venir."
Bárbara dio un paso adelante.
"Itzel, no seas dramática. Es una oportunidad para todos."
"Para ti."
"Para el estudio."
"El estudio no está en venta."
"Ya lo está", dijo Abel, sin alterar el tono. "Firmaste el memorándum de intención hace dos meses."
Se me heló la sangre.
Recordé unos papeles entre una pila de facturas, un día de mucho trabajo, que Abel me había puesto delante con la excusa de un seguro.
"Dos meses", repetí.
"Sí."
"Me mentiste dos meses."
"Te estaba ayudando."
Lo dije sin pensar.
"Abel, hace cuatro años me dijiste que me ayudarías a ser parte de tu familia. Lo que hiciste fue enseñarme dónde estaba la puerta."
Un murmullo recorrió la sala.
Toña se puso de pie con los brazos cruzados.
Abel enrojeció.
"Estamos casados."
"No por mucho tiempo."
Me volví hacia los cuarenta rostros.
Quise llorar, pero me contuve.
"Si alguien aquí quería saber por qué el Estudio Montaño nunca se anima a ganar, ya sabe la razón: porque cada vez que lo intenté, mi propia familia estaba del otro lado de la mesa."
Tomé mi bolso.
"Abel. Mañana tendrás los papeles del divorcio."
"Itzel..."
"Esta vez, me elijo a mí."
Salí por la puerta con el corazón en la garganta.
Toña me alcanzó en el pasillo.
"Amiga..."
"No digas nada."
"Solo iba a decir que fue lo más hermoso que he visto en mi vida."
Me reí, y se me escapó un sollozo.
En la recepción oí pasos detrás de mí.
Abel me alcanzó junto al ascensor.
Me tomó del codo.
"Itzel. Escúchame un momento."
"Suéltame."
"No puedes irte así."
"Mírame."
"Ya transferí el dinero", dijo en voz baja. "El treinta por ciento de tu estudio es mío."