Esta vez, me elijo a mí., novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: La cena de los Sanabria
Doña Genoveva la humilla delante de la familia, y Itzel devuelve la pulsera.
La casa de Doña Genoveva, en las Lomas, tiene catorce sillas en el comedor.
En cuatro años, nunca me había tocado la de la derecha de Abel.
Esa noche, al entrar, vi que esa silla ya tenía dueña.
Bárbara estaba sentada ahí, con un vestido de seda marfil, una copa de vino en la mano y una sonrisa de anfitriona.
Había diez invitados más: tías de Abel, un primo con su esposa, dos socios del grupo.
Todos se callaron cuando crucé el umbral.
Llevaba un vestido negro sencillo, el pelo recogido y la pulsera de jade en la muñeca izquierda.
Me costó ponérmela.
No por la pulsera, sino por no haber decidido todavía si iba a devolverla o a tirarla.
"Siéntate, Itzel", dijo Doña Genoveva desde la cabecera. "Hay lugar al fondo."
Había un lugar, junto a la puerta de la cocina, entre un tío sordo y una sobrina de cinco años.
Me senté.
La sobrina me miró con curiosidad.
"¿Tú eres la tía que se pelea?"
"Soy la tía que cena."
"Qué aburrido."
Lo dijo con tanta sinceridad que me reí.
El mesero sirvió una sopa de calabaza.
Doña Genoveva dio dos golpecitos a su copa con el tenedor.
"Antes de empezar, quiero aprovechar que estamos en familia."
Todos dejaron las cucharas.
"Hace dos días, nuestra Itzel tuvo un arranque de orgullo delante de gente muy importante. Quiero que sepan que la familia no lo toma a mal. Todos tenemos momentos."
Alguien murmuró: "Qué generosa."
"Pero hay cosas que no se pueden pasar por alto. Un divorcio no es una pataleta."
Abel, sentado a su izquierda, tenía la vista clavada en el plato.
"Itzel, ¿quieres explicarle a la familia por qué pretendes abandonar a mi hijo?"
Mil ojos se me clavaron en la cara.
Me limpié las manos con la servilleta.
Me puse de pie.
Despacio, para que se oyera el roce de la silla.
"Con gusto, Doña Genoveva."
Respiré.
"El primer año, usted me invitó a cuatro cenas, y en tres me puso en la mesa de los niños."
Alguien tosió.
"El segundo, en Navidad, la tarjeta de mi lugar decía 'la esposa de Abel'. Mi nombre aparecía en todas las demás, incluso la del chofer."
El chofer, que servía vino junto a la puerta, bajó la vista con una media sonrisa.
"En el tercero, la familia fue a Cancún. Tres días antes me avisaron que mi cuarto lo ocupaba una amiga."
Miré a Bárbara.
Ella dejó de sonreír.
"El cuarto, hace tres semanas, mi marido desapareció de casa sin avisar. Y ayer supe que, mientras tanto, compraba un tercio de mi estudio a espaldas mías, con el dinero de esta familia."
Los socios se miraron entre sí.
"Eso es todo", concluí. "Si son motivos suficientes, me alegro. Si no, que alguien me avise en cuántos años me llegan las invitaciones."
Se oyó una risita ahogada.
Era el primo.
Doña Genoveva golpeó la mesa con el tenedor.
"¡Basta!"
"Todavía no termino."
Me quité la pulsera de jade.
La levanté a la altura de los ojos para que todos la vieran.
Era una pieza antigua, verde y pálida, con un broche de oro viejo.
"Esta pulsera me la dio usted el día de la boda. Me dijo: 'Cuídala, que es prestada'."
"Y no la cuidaste."
"La cuidé cuatro años. Cada vez que me la ponía, sentía que llevaba una correa."
Se oyó un jadeo.
Caminé hasta la cabecera.
Dejé la pulsera sobre el mantel, junto al plato de Doña Genoveva, sin ruido.
"Gracias por el préstamo."
Ella no se movió.
Estaba tan rígida que parecía de porcelana.
Le toqué el hombro con dos dedos, por cortesía.
"No le levantaré la voz, porque no me enseñaron a eso. Pero le aviso, Doña Genoveva: el estudio no se lo van a quedar."
"¿Con qué dinero?"
"Con el mío."
Bárbara se rió, muy baja.
"Itzel, por favor. Ocho millones."
"Sí. Y tiene sesenta días."
Me volví hacia Abel.
Por fin había levantado la cabeza.
Tenía los ojos húmedos y la boca abierta, como quien quiere decir algo y no encuentra la primera palabra.
"Abel."
"Sí."
"Yo te guardé un lugar en mi mesa todos estos años. Y tú nunca viniste a sentarte."
Me di la vuelta.
Toda la familia me miró irme sin decir nada.
En el pasillo, la sobrina me tiró de la falda.
"Tía, ¿ya te vas?"
"Ya me voy."
"¿Y la sopa?"
Le sonreí.
"Cómetela tú. Está bien rica."
Salí a los jardines de la casa, bajo un cielo violeta y cargado de lluvia.
Respiré hondo cuatro veces.
Me temblaban las piernas.
Mi celular vibró en el bolso.
Era un número de Oaxaca.
Contesté.
"¿Señorita Montaño?", dijo una voz masculina, educada y pausada. "Soy el notario del pueblo de Santa María del Tule. Lamento llamarla tan tarde. Tengo un comprador interesado en la casa de su abuela."