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Fingí Mi Muerte y Él Perdió la Razón, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: El bebé

Estefanía da a luz y Aníbal confiesa delante de Fiorella que el bebé es suyo. Ella se va y llama a Aarón.

Estefanía dio a luz a las seis de la mañana.

A las diez yo ya estaba en su habitación de la clínica, con un ramo de lirios.

Llevaba el anillo de matrimonio en la mano derecha.

Todavía me pesaba.

Nos habíamos casado por lo civil el día anterior, en la municipalidad de Miraflores, con dos testigos y un almuerzo de cinco personas.

Yo seguía sin acostumbrarme a la palabra esposa.

Aníbal, mi esposo, estaba junto a la cama de mi mejor amiga, con las manos en los bolsillos.

Había llegado antes que yo.

Me dijo que Estefanía no tenía a nadie y que alguien debía acompañarla.

Yo lo había encontrado generoso.

Estefanía estaba pálida, despeinada, preciosa.

Tenía al bebé en el pecho, envuelto en una manta celeste.

"Fio", dijo con voz débil. "Mira lo que hice."

"Es perfecto."

Me acerqué.

El niño tenía la cara arrugada, los puños cerrados y una pelusa oscura pegada a la frente.

Hacía nueve meses que mi padre había muerto de un infarto, un domingo por la noche.

Esa semana Estefanía llegó a mi casa con una maleta.

Se quedó a dormir a mi lado durante veinte días.

Yo se lo agradecí tanto que no supe cómo.

Ahora ella me tendía a su hijo.

"Cárgalo", dijo.

Lo tomé.

Pesaba menos de lo que parecía.

Olía a leche y a piel nueva.

Lo mecí, riendo bajito.

"Qué cosa tan linda. Eres una cosa tan linda, pequeño."

A mi lado, Aníbal habló de pronto.

"Es mi hijo."

No entendí.

Tal vez el aire acondicionado me había zumbado en los oídos.

"¿Qué?"

Aníbal sonrió.

Era su sonrisa de siempre, la de los brindis, la de las reuniones de directorio.

La sonrisa tranquila de quien da una noticia sin importancia.

"Mateo es mío, Fio. Estefanía y yo nos acostamos la noche que murió tu papá. Sin condón."

La habitación se quedó sin ruido.

Yo no sabía si respiraba.

Estefanía miraba la sábana.

No levantó la vista.

No dijo que era mentira.

"Pero nos casamos ayer", dije.

Me salió una voz que no era la mía.

Aníbal se acercó.

Me pasó un brazo por los hombros.

Un brazo cálido, cómodo, de los que te consuelan en los entierros.

"No te asustes, amor. Lo mío con Estefanía fue un desliz. Una noche. Si hubiera querido otra cosa, me habría casado con ella hace años."

Hizo una pausa.

Sonrió más.

"¿No te lo había contado? Fuimos enamorados en la universidad. Yo fui el primero de Estefanía."

Sentí que el niño pesaba cien kilos.

Que la habitación giraba despacio.

Que la mano de mi esposo, sobre mi hombro, era el peso de una losa.

Miré a Estefanía.

Ella levantó los ojos, grandes, color miel, mojados.

"Perdóname", dijo con la voz más dulce del mundo. "Tenía miedo de decírtelo."

No lloré.

Eso me sorprende cuando lo recuerdo.

Había leído cientos de veces sobre mujeres que se desmayan o gritan.

Yo me quedé de pie, con un bebé ajeno en los brazos, y noté con claridad una sola cosa.

Que Aníbal esperaba que yo dijera que no pasaba nada.

Su brazo seguía en mi hombro.

Su sonrisa seguía en su cara.

Había dicho aquello como quien enseña una ecografía.

Estaba seguro de que yo lo aceptaría.

Siempre lo había aceptado todo.

Dejé al niño en la cuna de plástico, con cuidado.

Le acomodé la manta.

Le toqué la frente con un dedo.

Él no tenía la culpa.

"Voy al baño", dije.

"Fio..."

"Solo un momento."

Salí al pasillo.

Caminé con paso normal.

Dos puertas, un mostrador de enfermeras, un ascensor.

Bajé a la planta baja.

Salí por la puerta lateral al estacionamiento.

Me senté en un banco bajo un árbol, a la sombra, y saqué el teléfono.

Me temblaban los dedos.

Busqué un número que no marcaba desde hacía un año.

Contestaron al segundo timbre.

Una voz grave, de hombre, con el ruido de las olas detrás.

"¿Fiorella?"

"Aarón."

"¿Qué pasa?"

Miré mi anillo.

Me lo quité del dedo con dos tirones y lo dejé en el banco, a mi lado.

"Voy a morir esta noche", dije.

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