Fui El Reemplazo De Mi Hermana, novela · Capítulo 3 de 16
Capítulo 3: Woodlawn
En el aniversario de Bianca, Nina encuentra a Dario solo en la tumba y ve cómo se encoge ante su tío.
El domingo era el aniversario de la muerte de mi hermana.
Lo había olvidado.
No porque se me hubiera borrado.
Era que, por primera vez en cinco años, nadie me recordaba ir con un ramo a una tumba.
Me desperté a las seis, en mi cama nueva, con el corazón apretado.
Tomé el tren de Astoria y luego otro, hasta el cementerio de Woodlawn, en el Bronx.
Llevaba un ramo de margaritas, las preferidas de Bianca.
La lápida estaba en una colina suave bajo un roble.
"Bianca Albanese Corvino. Esposa y madre amada."
Me detuve a diez pasos.
Había alguien arrodillado delante de la piedra.
Un niño de diez años, con el pelo negro rizado, una camiseta del colegio y las zapatillas llenas de barro.
Estaba solo.
No había escoltas, ni coche, ni nadie.
Se me encogió el estómago.
Me acerqué despacio.
"Dario."
Se dio la vuelta de golpe.
Tenía los ojos rojos, la cara sucia de lágrimas.
Me miró con odio.
Y, debajo del odio, con terror.
"¿Qué haces aquí?"
"Vengo a ver a mi hermana. ¿Y tú? ¿Cómo llegaste?"
"En autobús."
"¿Tu papá sabe?"
No contestó.
Dejé las margaritas sobre la lápida.
Me senté en el pasto, a distancia, y miré el roble.
"Yo también la extraño", dije.
"No hables de ella."
"Está bien."
"No tienes derecho."
"Está bien, Dario."
Se quedó callado un buen rato.
Un viento suave movía las ramas.
Abrí mi bolso y saqué un caramelo de limón, de esos duros que Bianca guardaba siempre en el bolsillo.
Lo puse sobre el pasto, entre los dos, sin decir nada.
El niño lo miró de reojo.
"Mamá siempre tenía de esos", murmuró.
"Se los robaba a mi mamá."
"No es cierto."
"Es cierto. Mi mamá la regañaba y ella se reía tan fuerte que se oía en la calle."
Dario apretó los labios, pero sus ojos se aflojaron un segundo.
Tomó el caramelo.
No lo abrió.
Lo guardó en el puño, como si pudiera romperse.
"Tú la mataste", dijo, de pronto, sin mirarme. "Mi tío Rocco me lo dijo."
Lo sentí como un golpe en el pecho.
Rocco.
"¿Qué te dijo?"
"Que tú ibas a llegar en un avión ese día."
"Que mi mamá salió a buscarte al aeropuerto."
"Y que si tú no hubieras perdido el vuelo, mi mamá no habría tomado esa carretera."
Lo escuché con una calma que no sentía.
Ese día yo había perdido el vuelo desde Boston.
Un retraso de tormenta.
Bianca había decidido, a último momento, no ir al aeropuerto: me había dicho por teléfono que no se preocupara, que me recogía un taxi.
Y había salido a otra cosa.
Nunca supe a qué.
"Dario", dije. "Tu mamá no salió a buscarme."
"Mentirosa."
"Me llamó esa mañana. Dijo que no podía ir, que tenía una cita."
"Mi tío dice que mientes."
"¿Tu tío estuvo ahí ese día?"
Algo se movió en su cara.
Algo pequeño, como un pájaro en una rama.
"Yo no sé", susurró. "Yo no..."
Se tapó la boca con las dos manos.
Se quedó mirándome con los ojos muy abiertos, como si hubiera dicho algo prohibido.
"Dario."
"Cállate."
"¿Qué ibas a decir?"
"¡Cállate!"
Entonces oímos pasos sobre la grava.
Un hombre subía por el sendero del cementerio, sin prisa, con un abrigo de cachemir gris y un anillo de oro brillando al sol.
Sonriendo.
"Aquí estás, campeón", dijo Rocco. "Te estuvimos buscando en toda la ciudad."
Dario se puso de pie de golpe.
Cruzó los brazos sobre el pecho.
Rocco llegó hasta nosotros y puso una mano sobre su hombro.
El niño se encogió.
Fue algo mínimo, un temblor apenas visible.
Pero yo era enfermera.
Y un niño que se encoge así bajo una mano no es un niño que se sienta seguro.
"Cuñada", dijo Rocco, inclinando la cabeza. "Qué sorpresa verte por aquí."
"Es el aniversario de mi hermana."
"Claro. Qué detalle. Aunque habrías hecho mejor en llamarnos. A Massimo le habría gustado acompañarte."
"A Massimo le gusta mucho que yo lo llame."
La sonrisa de Rocco no cambió.
Pero en los ojos castaños pasó algo frío y rápido, como una sombra en un charco.
"Vamos, Dario. Tu padre te espera."
El niño caminó delante de él, con la cabeza gacha.
Antes de perderse entre las lápidas, giró la cabeza una vez.
Me miró.
Y en su cara no había odio.
Había pánico.