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Fui La Nueva Muñeca Humana De La Tienda, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: La cama del placer

Atrapada en la cama de exhibición, Milagros oye entrar a Máximo, que la confunde con una muñeca, hasta que dice su nombre.

Me desperté con los brazos estirados sobre la cabeza y un clic metálico en las muñecas.

Abrí los ojos.

Arriba, en el techo, un espejo me devolvía mi propia cara asustada, entre luces rosadas de neón.

Estaba acostada sobre un colchón de satín, con los brazos sujetos al cabecero por dos aros acolchados.

Tiré de las manos. No cedieron.

Entonces me acordé de todo.

Mi mamá, Nélida Huamán, tenía una tienda para adultos en Magdalena del Mar.

Se llamaba Sensaciones Nélida y cumplía quince años el sábado.

Para celebrarlo, mi mamá había inventado "La Muñeca Viva".

Yo iba a pararme tres horas en la vitrina, quieta como una muñeca, y los vecinos tenían que adivinar si era de verdad.

Esa noche había subido a la cama de exhibición para practicar la inmovilidad, después de un examen de enfermería que me dejó muerta.

Cerré los ojos un minuto. Me quedé dormida.

Y la cama, que tenía un seguro con temporizador contra robos, me había cerrado las muñecas sola.

Eran las once de la noche. Mi mamá estaba en Arequipa, en una feria de proveedores.

Yo llevaba un top de tirantes rosado, un short de jean corto, unas medias blancas hasta la rodilla y el pelo desordenado.

Y un letrero pegado en la pared, encima de mi cabeza, que mi mamá había escrito con marcador:

"Modelo de prueba. Se puede tocar."

Entonces oí la llave en la puerta de la tienda.

Se me heló la sangre.

Giré la cabeza.

Alguien entraba en la oscuridad con una linterna y una lata de comida de gato.

Un hombre muy alto, de hombros anchos, con la cabeza afeitada y una camisa azul de trabajo.

Máximo Huertas.

El dueño de la ferretería de al lado.

Le daba de comer al gato de la tienda cuando mi mamá viajaba.

Y era también el hombre al que yo llevaba dos años mirando por la ventana.

Mi cuerpo se quedó rígido.

Pude haber gritado. Pude haber dicho su nombre.

Pero un impulso me cerró la boca.

En lugar de hablar, dejé el cuerpo flojo, como me habían enseñado en los ensayos.

Quieta. Completamente quieta.

Sus pasos cruzaron la tienda, y el gato maulló en algún rincón.

La luz de su linterna recorrió los estantes, los disfraces, las vitrinas, y se detuvo en la cama.

Se hizo un silencio muy largo.

"Doña Nélida", murmuró Máximo, a nadie. "Otra novedad."

Se acercó.

Oí cómo dejaba la lata de comida en el piso y cómo se paraba junto a mi cabeza.

Abrí un ojo apenas. Me miraba con la linterna baja.

Leyó el letrero en voz alta, despacio.

"Modelo de prueba. Se puede tocar."

Respiré lo más despacio que pude.

"Qué parecida a la hija", dijo, en voz baja. "Qué barbaridad."

Se me aceleró el corazón. Pensé que se iba a oír.

Máximo apagó la linterna y la dejó sobre la mesa de noche.

La luz rosada del neón le iluminó la mandíbula, la cicatriz de la ceja, la barba con canas.

Estiró una mano enorme y me rozó la mejilla con el dorso de los dedos.

Casi me estremezco. Casi.

"Debe de ser silicona buena", susurró. "Qué suave."

Me pasó el dedo por el labio inferior.

Me pasó la mano por el cuello, por el hombro, por el brazo estirado hasta el aro acolchado.

Cada toque me recorría la piel como un chispazo.

"No debería", se dijo a sí mismo. "Soy un viejo verde."

Pero no retiró la mano.

Bajó por mi costado, por la cintura, y se detuvo en el borde del short de jean.

Dos de sus dedos se enganchaban en la cintura.

Tiró hacia abajo, un centímetro.

Dos.

Sentí el aire fresco en la cadera.

Fue entonces cuando abrí los ojos.

"Máximo", dije.

Él se quedó petrificado.

Soltó el short como si le hubiera quemado.

Retrocedió de un salto, chocó contra un maniquí vestido de enfermera, y los dos cayeron al suelo con un estruendo de plástico.

"¡Carajo!"

"Máximo, soy yo."

"¡Milagros!"

Se levantó de golpe, con el maniquí todavía enredado en una pierna.

Estaba rojo hasta las orejas, y no se atrevía a mirarme.

"Perdóname. Dios mío, perdóname. Pensé que era... Pensé..."

"Ya sé lo que pensaste."

"No volverá a pasar. Me voy. Esto no pasó."

"Máximo, estoy atrapada."

Se detuvo.

"¿Qué?"

Levanté los brazos todo lo que pude, haciendo sonar los aros.

"El seguro de la cama se cerró solo. Me quedé dormida practicando para el sábado."

Me miró las muñecas, y su cara pasó de la vergüenza a la preocupación.

Se acercó, tocó el cierre, probó una palanca, buscó una ranura.

"Voy a la ferretería por unas tenazas."

"No. Cuestan cuatrocientos soles, y mi mamá me mata."

"Te van a lastimar las muñecas."

"Tiene un temporizador. Se abre solo en la mañana."

"¿A qué hora?"

"No sé. Mi mamá lo sabe."

Sacó su celular.

"No tengo el número de tu mamá", dijo. "Siempre hablamos por la pared."

Se lo dicté de memoria.

Marcó, sonó y sonó, y entró el buzón de voz.

"Debe de estar dormida", dije.

Él dejó un mensaje corto y se quedó de pie, mirando el piso.

"Lo siento", dijo otra vez. "Lo que hice..."

"Lo hiciste con una muñeca."

"Con una muñeca que se parecía a ti."

Me quedé mirándolo.

"Dos años", dije.

"¿Qué?"

"Dos años llevo mirándote por la ventana del almacén."

Se le fue el color de la cara.

"Y tú pasas por esta puerta todas las noches, y miras la vitrina, y nunca entras."

"Milagros..."

"Quiero que me toques. Lo quiero desde que abriste la ferretería."

Mi voz salió firme, más firme de lo que yo me sentía.

Máximo cerró los ojos.

"Tengo dieciséis años más que tú."

"Ya sé."

"Soy viudo. Soy gruñón. Soy el vecino aburrido de tu mamá."

"Ya sé. Dime si me equivoco en algo."

Sonrió, apenas, con la boca torcida.

"En nada."

Dio un paso hacia la cama.

"Termina lo que empezabas", le dije. "Con la muñeca."

Él inspiró hondo, y se sentó en el borde del colchón.

Me puso una mano grande sobre el abdomen, y la sentí temblar.

"Esto es una locura", dijo.

"Máximo."

"Dime."

"Me molesta que hables tanto."

Esta vez la sonrisa fue entera.

Bajó la mano a mi cintura y enganchó los dos dedos otra vez en el short.

Tiró hacia abajo, despacio, por mis caderas, mis muslos, mis rodillas, hasta que la tela quedó enredada en mis medias blancas.

Yo estaba desnuda de la cintura para abajo, con las muñecas atadas, bajo una luz rosada y un espejo.

Nunca me había sentido tan expuesta.

Nunca me había gustado tanto.

Sus manos grandes me acariciaron los muslos, de la rodilla hacia arriba, con lentitud.

"Qué piel", murmuró. "Qué piel tan rica."

Me abrió las rodillas, y se arrodilló entre ellas en el colchón de satín.

Lo vi bajar la cabeza.

Su aliento caliente me tocó el centro.

Después, su lengua.

Grité tan fuerte que el gato salió corriendo.

Máximo levantó la cabeza un segundo, con los ojos brillantes.

"Más bajo", dijo, con una sonrisa. "Hay vecinos."

"Eres tú el vecino."

"Y el único que te oye."

Volvió a hundirse entre mis muslos.

Me lamió despacio, de abajo hacia arriba, con la lengua plana, saboreándome.

Yo tiré de los aros, pero no podía tocarlo, no podía agarrarle la cabeza, no podía hacer nada.

Solo podía sentir.

Y sentía todo.

Su barba me rozaba la parte interna de los muslos, áspera y suave a la vez.

Sus manos enormes me sujetaban las caderas, y los pulgares me abrían.

Su lengua encontró mi clítoris y lo rodeó con la punta, y yo arqueé la espalda sobre el satín.

"Máximo, por favor."

"¿Por favor qué?"

"No pares."

"No tenía ninguna intención de parar."

Chupó, con los labios, con suavidad, y el mundo entero se me redujo a ese punto.

Subí las rodillas y las apoyé en sus hombros.

En el espejo del techo me vi: el pelo revuelto, la boca abierta, las muñecas estiradas, y un hombre enorme entre mis piernas.

Me miré y me excité más.

Él deslizó un dedo dentro de mí, muy despacio.

Después otro.

Los dobló hacia arriba, y encontró un lugar que me hizo gritar.

"Ahí", jadeé. "Ahí."

"Lo sé."

"¿Cómo lo sabes?"

"Porque te aprietas."

Mi cara se puso roja de golpe, y él se rió bajito, contra mi piel.

Siguió moviendo los dedos, y su lengua al mismo ritmo, y yo sentí que algo grande venía subiendo por la espalda.

"Máximo..."

"Hazlo."

"No puedo moverme."

"No hace falta que te muevas, muñeca."

Esa palabra me deshizo.

Me vine con un grito largo, contra el techo rosado, con las piernas temblando sobre sus hombros y los puños cerrados dentro de los aros.

Él no paró hasta que terminé.

Siguió lamiéndome, suave, más lento, estirando las olas, y yo lloré de gusto, sin poder esconderlo.

Cuando levantó la cara, tenía la barba mojada y los ojos oscuros.

Se limpió la boca con el dorso de la mano.

"Perdóname", dijo, riendo, "pero eres lo más rico que he probado."

"No te disculpes."

"No me disculpo."

Subió por mi cuerpo, besándome el vientre, las costillas, el borde del top.

Y entonces, sobre la mesa de noche, vibró el celular de Máximo.

Él se estiró para ver la pantalla.

Era un mensaje de mi mamá, desde Arequipa:

"Milagros, hija, me dejaste un mensaje raro con el vecino. Acuérdate: el seguro de la cama dura ocho horas y no se abre con ningún código. Besos. No hagas travesuras."

Máximo y yo nos miramos.

Eran las once y media de la noche.

Y faltaban seis horas y media.

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