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Fui La Nueva Muñeca Humana De La Tienda, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: Seis y media

Su madre llega a abrir la tienda y Máximo tiene que esconderse detrás de un maniquí.

Máximo se movió más rápido que en toda su vida.

Agarró el pantalón, saltó con una pierna, se puso la camisa al revés, y desapareció detrás del maniquí de enfermera sin hacer ruido.

Yo me tapé con la sábana hasta la barbilla.

Mi short seguía enredado en el suelo, con las medias blancas.

La luz del día entró cuando mi mamá empujó la puerta, con una maleta en una mano y una bolsa de pan en la otra.

"¡Hija!"

"Mamá."

Mi mamá se quedó mirándome desde la entrada.

Tiene cuarenta y siete años, el pelo corto y negro, aretes de oro enormes y unos ojos que han visto de todo.

Recorrió la tienda con la mirada, despacio.

Vio la cama deshecha, el short en el suelo, las sandalias lejos, la camisa de hombre colgada de un estante.

Y el cinturón de cuero, con una hebilla de metal, tirado al pie de la cama.

"¿Dormiste bien?", preguntó.

"Me quedé atrapada."

"Ya lo sé. Me lo dijo don Máximo."

Se me cayó el alma al piso.

"¿Cuándo?"

"Anoche, en el mensaje de voz. Que habías quedado en la cama y que él se quedaba cuidándote."

"Ah."

"Qué caballero. Cuidándote."

Mi mamá dejó la maleta, dejó el pan, se acercó a la cama con los brazos cruzados y levantó el cinturón del suelo con dos dedos.

"Qué descuidado el vecino", dijo. "Se dejó el cinturón."

Yo me tapé la cara con la sábana.

Detrás del maniquí, algo crujió.

Mi mamá miró el maniquí, miró el techo, y se llevó la mano al pecho con una sonrisa enorme.

"Don Máximo", dijo, en voz alta, hacia la nada. "Si piensa quedarse escondido, por lo menos póngase el pantalón por el lado correcto."

Un silencio pesado.

Después, una voz ronca, avergonzada, que salió de detrás del maniquí:

"Doña Nélida, buenos días."

Mi mamá soltó una carcajada que se oyó hasta la calle.

Máximo salió despacio, con la camisa mal abotonada y la cabeza gacha.

Estaba rojo hasta la cabeza afeitada.

"Perdóneme, doña Nélida. Yo..."

"Máximo", dijo mi mamá, poniéndole una mano en el hombro. "Hace dos años que espero esto."

Yo asomé la cara de la sábana.

"¿Mamá?"

"Cariño, yo sé quién se asoma a mi ventana y quién mira por la suya. No soy ciega."

"¿Y el letrero? ¿'Modelo de prueba, se puede tocar'?"

Mi mamá se encogió de hombros con un aire inocente.

"Solo era publicidad."

"¿Y el seguro de ocho horas?"

"A veces las cosas se cierran solas, hija."

Máximo y yo nos miramos.

Mi mamá se acercó, me puso el cinturón en la mano y dijo en voz bajita:

"Si lo lastimas, hija, te vendo a una feria. Y si lo cuidas, te regalo la tienda."

Tenía lágrimas en los ojos, pero se reía.

Después aplaudió una vez.

"Bueno. Abrimos en media hora. Don Máximo, usted no tiene nada que hacer en su ferretería, ¿verdad?"

"Sí tengo, doña Nélida."

"Después. Ahorita ayúdeme a bajar la cortina."

El día pasó entre clientas, cajas y chistes.

Mi mamá no dejó de sonreír.

A las diez, con la tienda llena, me llegó un mensaje de un número que no había borrado.

"Vi tu historia de la vitrina. ¿Sigues haciendo de muñequita para tu mamá? Qué ironía, jaja. Te extraño, preciosa."

Era Brayan.

Hacía seis meses que no sabía de él. Hacía seis meses que no pensaba en él.

El estómago se me hizo un nudo.

Borré el mensaje, bloqueé el número, y me dije que no importaba.

A la una de la tarde, con la tienda vacía por la hora del almuerzo, fui a la trastienda a buscar una caja de lencería.

La puerta del fondo estaba entreabierta.

Era la puerta que mi mamá había mandado construir hacía años.

Unía el almacén de la tienda con el depósito de la ferretería, para pasar mercadería en días de lluvia.

Una mano enorme se asomó, me tomó de la muñeca, y me jaló dentro.

Quedé pegada contra un estante de clavos y tornillos, con el cuerpo de Máximo cubriéndome entero.

Olía a aceite de máquina y a jabón.

"Buenos días, muñeca", susurró.

"Buenas tardes."

"Llevo toda la mañana queriendo hacer esto."

Me besó.

Fue un beso profundo, de dueño, con las manos en mi cara y la barba raspándome la barbilla.

Le agarré la camisa a puñados y lo atraje.

Me levantó contra el estante, y las cajas de tornillos tintinearon.

Cuando nos separamos, los dos respirábamos fuerte.

"Mi mamá nos va a oír", susurré.

"Tu mamá nos va a dar una medalla."

Reímos los dos, en voz baja, pegados.

Su mano me bajó por el costado, hasta el muslo.

Me apretó el culo con una suavidad que me hizo olvidar el mensaje de Brayan.

"Esta noche cierro la ferretería a las ocho", dijo contra mi oído. "¿Tú qué tienes que ensayar?"

"El sábado... la vitrina."

"Entonces ensayas conmigo."

Sentí cómo se me aflojaban las rodillas.

"A las nueve", dije. "Cuando mi mamá se vaya."

"A las nueve, en la vitrina."

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