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Gloria: El Nombre que Nunca Fui, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: Los libros de oración

Iliana oye a su esposo decir que solo finge con ella y descubre que cada oración de sus libros lleva el nombre de otra; se lleva una carpeta secreta y encarga una identidad falsa.

Tenía veintisiete años, llevaba cinco casada con un santo y esa tarde oí cómo me llamaba farsa.

Subí a la biblioteca de la casa de retiros con una bandeja de té, como cada viernes.

La puerta estaba entreabierta.

Mi esposo, Tadeo Echeverría, hablaba por teléfono de espaldas a mí, frente a la ventana que daba al canal.

La gente de Chiloé lo llamaba el monje aristócrata.

Había vivido cuatro años de hermano laico en un monasterio benedictino, y todavía caminaba como si cada paso fuera una oración.

"Ya salió Gloria en la televisión, sí", decía. "Está radiante."

Hubo un silencio.

"¿Que si voy a seguir fingiendo con Iliana?"

Me quedé de piedra en el pasillo, con la bandeja temblando.

"No puedo casarme con Gloria. Eso ya no importa. Pero mientras Iliana esté conmigo, no puede acercarse a la felicidad de Gloria."

Se rio bajito, con esa risa tranquila que yo creía de paz.

"Es lo único que puedo hacer por ella."

Dejé la bandeja en el suelo sin hacer ruido.

Me apoyé en la pared y me tapé la boca con las dos manos.

Cinco años antes, el día de mi graduación, mi primer amor, Álvaro, me había prometido matrimonio.

En vez de eso subió al escenario y le pidió la mano a otra, a Gloria, la heredera de los Ruiz, mi compañera de promoción.

Yo me quedé sentada en la fila de las becadas con el birrete en la falda.

Esa misma tarde, Tadeo, padrino de la fundación, se acercó y me tomó las manos.

Delante de todos me dijo que me amaba.

Yo lo creí.

Cualquier mujer lo habría creído.

Cuando Tadeo cortó la llamada, yo ya me había ido.

Esperé a que bajara a rezar con los huéspedes.

Entonces volví a su escritorio.

En la repisa estaban sus libros de oración, los de pasta de cuero.

Él los besaba antes de abrirlos y yo jamás me había atrevido a tocarlos.

Abrí el primero.

En el margen de cada página, con su letra de monje, había una línea escrita a lápiz.

"Que Gloria se libere de sus obsesiones, que encuentre paz en cuerpo y alma."

Pasé la hoja.

"Que Gloria obtenga todo lo que desea, que su amor no conozca preocupaciones."

Otra.

"Gloria, no estamos destinados en esta vida. Solo deseo que en la próxima podamos caminar juntos."

Abrí el segundo libro, el tercero, el cuarto.

Todos tenían su nombre.

Ni una sola vez el mío.

Me senté en el suelo con los libros abiertos alrededor.

No lloré.

Me había acostumbrado a dormir junto a un hombre que rezaba a las cuatro de la mañana.

Pensaba que su frialdad era santidad.

Ahora sabía por quién rezaba.

Detrás del escritorio había una caja fuerte empotrada en la pared.

La clave era la fecha de nuestra boda.

Ese detalle me dolió más que todo lo demás.

Adentro había dinero, el pasaporte de él, un reloj de su padre y una carpeta de cartón marrón con una etiqueta mecanografiada.

"Clínica San José. Maternidad. 1999."

No entendí qué hacía eso ahí.

Tuve miedo de abrirla y no supe por qué.

La metí en mi bolso junto con mi pasaporte, el único documento que Tadeo nunca me había quitado.

Cerré la caja fuerte.

Puse los libros en su lugar.

Bajé la escalera con una sonrisa mansa, como siempre, y serví el té a doce huéspedes de retiro.

Tadeo me tocó el hombro al pasar.

"Estás pálida, Iliana", dijo con su voz grave. "Descansa."

"Sí, Tadeo."

Esa noche, mientras él rezaba de rodillas, me encerré en el baño con el teléfono.

Llamé a un número que una huésped me había dejado años atrás, por si algún día lo necesitaba.

Una mujer de Castro, que hacía papeles por ochocientos mil pesos y nunca preguntaba.

"Necesito una identidad", susurré. "Una que no tenga pasado."

"¿Para cuándo?"

Miré el canal oscuro por la ventana, el viento agitando las olas negras.

"Para el sábado", dije. "Va a haber temporal."

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