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Cambió a su Luna Embarazada por el Rey Licántropo, novela · Capítulo 1 de 24

Capítulo 1: El precio

Al salir la luna en la noche de la Luna de Sangre, el mariscal del Rey Licántropo leyó el precio ante toda la manada de Stonewater.

—Una mujer de la casa del Alfa, a cambio de los dos guardianes que sus cazadores mataron en la ribera norte.

Cuarenta lobos estaban reunidos en el claro fronterizo, y nadie respiraba.

Al otro lado de la línea de piedras estaba el propio Rey, Ronan Greaves, una cabeza más alto que sus guardias, y no había dicho ni una palabra.

Yo estaba arrodillada sobre la roca helada junto a Odette Brannigan.

Los guardias del Rey nos habían puesto allí una hora antes, con una mano en el hombro de cada una, y no nos permitían levantarnos.

Tenía las rodillas abiertas a través del vestido, y la tela blanca estaba roja hasta el dobladillo.

En el desayuno, Torin me había besado la frente y había dicho: «Pida lo que pida, estarás en casa antes de que salga la luna. Jamás dejaría que fueras tú».

Le había creído.

Odette me había abrochado el vestido esa mañana, y su mano se había detenido un momento en mi cintura.

—Come algo —me había dicho—. Te ves pálida.

Ahora estaba arrodillada a mi lado, con las manos juntas y la mirada fija en el suelo.

Torin estaba al frente de la manada con su beta y los ancianos, lo bastante cerca como para que yo viera cómo se le movía la mandíbula.

Era mi pareja destinada, y todo el valle lo llamaba el Alfa más fuerte que había existido.

—Alfa Halloway —dijo el mariscal—. La elección es suya. Nómbrela.

Torin miró primero a Odette, y la miró durante mucho tiempo.

Luego me miró a mí, y no tardó nada.

—Llévense a mi Luna —dijo.

Usó el mismo tono que cuando le decía al cocinero que trajera más leña.

—Odette se formó con su madre —le dijo al Rey—. Es la última sanadora que nos queda.

—Mi Luna no ha oído la voz de su loba en tres años. Stonewater no pierde nada.

Nadie de la manada protestó.

Tenía las manos heladas.

Él había patrullado la frontera toda la noche, y yo había dormido hasta el mediodía, y el médico de la manada me había dado unas palmaditas en el brazo y había dicho que era cosa de la constitución débil de una Luna.

Hacía dos días que yo sabía algo que Torin ignoraba.

Once semanas.

Había pensado contárselo esa noche, después de la ceremonia, bajo la luz de la luna que caería sobre los dos.

Podría habérselo dicho entonces, con la mano sobre el vientre, delante de todos.

Si lo hubiera hecho, me habría conservado por el cachorro.

Acababa de decirles a cuarenta personas cuánto valía yo sin él.

Lo miré a la cara y no dije nada.

Me puse de pie.

La mano del guardia más cercano se cerró con más fuerza sobre mi hombro, y el Rey levantó dos dedos.

La mano me soltó.

—Torin —dije—. No me preguntaste.

—Siéntate, Wynne. —Lo dijo en voz baja, como si yo lo estuviera avergonzando—. Es por un año y un día. Te compraré de vuelta.

—¿Con qué?

No respondió, no miró a Odette, y entonces lo supe.

Me llevé la mano a la marca de apareamiento de la garganta.

Mi madre me había enseñado las palabras cuando era niña, por si algún día las necesitaba, y nunca había creído que llegaría a hacerlo.

—Yo, Wynne Ashcroft, te rechazo, Torin Halloway, como mi pareja destinada y mi Alfa.

La marca se abrió bajo mi palma.

Apreté los dientes para ahogar un grito y lo contuve detrás de ellos.

Torin dio un paso atrás, aunque yo estaba a diez pasos y no lo había tocado.

Extendió la mano de golpe y agarró del hombro a su beta.

Alguien de la manada jadeó, y Odette levantó la cabeza por primera vez en toda la noche.

No volví a mirar a ninguno de los dos.

Así que crucé la línea de piedras con mis propios pies.

Las rodillas me fallaron al segundo paso, y una mano me sujetó del codo antes de que cayera al suelo.

Era la mano del Rey, caliente como una estufa a través de mi manga, con una vieja cicatriz de quemadura que le subía desde la muñeca.

De cerca era mucho más grande, y olía a pino frío y humo.

Inclinó la cabeza y habló tan bajo que solo yo pude oírlo.

—Hay dos latidos dentro de ti —dijo—. ¿Él lo sabe?

—No.

Su agarre se apretó apenas.

—Entonces eres lo más caro que he comprado en mi vida —dijo el Rey Licántropo—, y no voy a devolverte.

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