La Colegiala y La Pulga Picona, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: La pulga
Una pulga muerde a Ariadna; su padrino la ayuda, y lo que ella le dice cambia la cocina.
"Padrino, ayúdeme rápido, se me metió una pulga bajo la falda. ¡Qué comezón!"
Entré a su cocina sin tocar, con la correa del perro enrollada en la muñeca y la mano ya dentro de mi falda.
Rolando Medina levantó la vista de su periódico.
Estaba sentado a la mesa, en mangas de camisa, con lentes de lectura y una taza de café.
Se quitó los lentes despacio.
"¿Qué pasó, Ariadna?"
"Saqué a pasear al perro por la plaza. Había mucha pulga en el pasto. Y una se me metió y me mordió."
"¿Dónde?"
Me quedé callada un segundo de más.
"Aquí", dije, y me señalé muy arriba del muslo.
Mi padrino cerró el periódico.
Tengo veintidós años y estudio el último año de enfermería en San Agustín.
Rolando Medina es el amigo más viejo de mi papá, que murió hace siete años, y el que me cargó en la pila de bautismo cuando yo todavía no sabía llorar.
Lo había visto exactamente cuatro veces en mi vida.
Una vez en un matrimonio, otra en un entierro, y dos en Navidad desde que volvió de las minas de Chile y Canadá, hace un año.
Tiene cuarenta y siete años, el pelo gris cortito, las manos más grandes que he visto en un hombre y una voz que se me mete en la columna.
Vive en la casa de sillar de enfrente, la de la azotea.
Me gusta desde esa Navidad, cuando me alcanzó un pedazo de panetón sin mirarme y yo sentí que me quemaba la mano.
No se lo había dicho a nadie.
"Siéntate en la mesa", dijo.
"¿En la mesa?"
"Donde pueda verte."
Dejé al perro en el piso.
Me subí al mesón de la cocina, un tablón largo de madera oscura, y me senté con las piernas colgando.
Rolando dejó la taza y se puso de pie.
Fue al cajón, sacó unas pinzas de cejas y una linterna pequeña, y se paró delante de mí.
Olía a jabón de barba y a madera.
"Levanta la falda."
"¿Aquí?"
"Si quieres que te quite la pulga, sí."
Levanté la falda hasta la mitad del muslo.
"Más."
Más.
Se agachó a la altura de mis rodillas y encendió la linterna.
Tenía la frente muy cerca de mi piel.
Sentí su respiración tibia en el interior del muslo.
"Aquí hay una marca roja", dijo, con la voz un poco más baja. "Es una picadura."
"Duele."
"¿Duele o pica?"
"Pica."
"Eso es peor."
Pasó la yema del pulgar por encima de la mordida, apenas rozándola.
Me recorrió un escalofrío desde los pies hasta el cuero cabelludo.
Rolando se quedó quieto.
Después, con una calma que parecía costarle, buscó con las pinzas entre el vello fino de la pierna y sacó algo diminuto y oscuro.
La pulga.
Estaba viva, y se retorcía.
La aplastó con las uñas contra el mármol del mesón.
"Listo."
"Gracias, padrino."
"De nada."
No se movió.
Siguió ahí, arrodillado, a un palmo de mí, con la linterna apagada en una mano.
"¿Ya no te pica?"
Podía haber dicho que no.
Podía haberme bajado la falda, agradecido, y salir por la puerta.
Pero llevaba dos meses con una comezón que no tenía nada que ver con las pulgas.
"Sí, sigue picando."
"¿Dónde?"
"Más arriba."
Sus ojos subieron a los míos.
Eran oscuros, con arrugas finas en las comisuras, y me miraban como si me vieran por primera vez.
"Ariadna."
"Dígame."
"Ya no hay pulga."
"Lo sé."
El silencio que siguió fue el más largo de mi vida.
El perro suspiró bajo la mesa.
El reloj de pared dio un golpe.
"No te voy a preguntar si estás segura", dijo Rolando, muy bajo. "Te voy a preguntar si lo sabes."
Respiré.
"Sé que tengo veintidós años. Sé que usted es mi padrino y mi papá era su amigo. Sé que no hay ninguna pulga." Tragué. "Y sé que me gusta usted desde Navidad, y que vine a esta casa a propósito."
Rolando cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, vi que la calma ya no le alcanzaba.
"Yo también", dijo.
"¿Qué?"
"Desde Navidad."
Dejó las pinzas.
Dejó la linterna.
Puso las dos manos abiertas sobre mis rodillas.
"Dime dónde te pica, buena chica."
Me ardió la cara entera.
Tomé una de sus manos y la subí por mi muslo, despacio, hasta la orilla de la tanga.
"Aquí."
Su pulgar rozó el encaje, y yo solté un gemido que no pude contener.
"Dios mío", susurró.
"Padrino..."
"Si me dices que pare, paro."
"No pare."
Sus dedos me apartaron la tanga a un lado.
Me tocó.
Fue un roce largo, plano, con la yema de dos dedos, de abajo hacia arriba.
Yo me agarré al borde del mesón con las dos manos.
Estaba tan mojada que me dio vergüenza, y a él le arrancó un sonido ronco, bajo, desde el fondo del pecho.
"Mira lo que tenías escondido", murmuró.
"Es su culpa."
"Mía."
"Suya."
Encontró mi clítoris con la punta del pulgar y lo rodeó, lento, con una presión firme.
Eché la cabeza hacia atrás.
Con la otra mano me sostuvo la nuca.
"Mírame."
Lo miré.
Me estaba mirando a la cara, a un palmo, mientras me tocaba, y no apartaba los ojos ni un segundo.
Metió un dedo.
Después dos.
Los curvó hacia arriba, justo donde yo ya no podía pensar.
"Más", pedí.
"Eso es. Dímelo."
"Más fuerte, padrino."
Me los hundió hasta los nudillos, con un ritmo parejo, mientras su pulgar seguía en círculos sobre mi clítoris.
El mesón temblaba.
Yo gemía sin cuidado, con la voz rota, sin importarme los vecinos.
"Voy a... no puedo..."
"Puedes. Hazlo."
"Padrino..."
"Buena chica. Hazlo para mí."
Me vine con un grito, apretándole los dedos, con las rodillas abiertas y los pies colgando.
Él no se detuvo hasta que dejé de temblar.
Cuando sacó la mano, la tenía mojada hasta la muñeca, y la miró un momento como si no creyera lo que acababa de pasar.
Mi celular vibró sobre el mesón.
Lo tomé con la mano temblorosa.
Era un mensaje de Jairo, mi ex.
"Te vi entrar a casa de tu padrino. ¿Qué haces ahí tanto rato?"