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La Colegiala y La Pulga Picona, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: La cena

Maribel come con ellos mientras la mano de Rolando trabaja bajo la mesa.

Mi mamá llegó con una olla de rocoto relleno y un tupper de papas a la huancaína, vestida con su mejor cardigan.

Maribel Quispe tiene cuarenta y seis años, el pelo negro en una trenza baja, y una manera de entrar a una casa que es como abrir una ventana.

Abrazó a Rolando con fuerza.

"¡Rolando! Cada vez más flaco."

"Cada vez más viejo, Maribel."

"Eso, sí."

Se rieron.

Yo me quedé de pie junto a la mesa del comedor, con la blusa bien abotonada y la falda recién puesta, rezando para que mi cara no dijera nada.

"¿Y tú?", dijo mi mamá, mirándome. "Estás colorada."

"Hace calor."

"Hay veinte grados."

"Es la pulga."

"¿Todavía?"

"Ya pasó, mami."

Rolando se aclaró la garganta y sacó las sillas.

Cenamos en el comedor de la casa de sillar, una mesa larga de madera bajo una lámpara de hierro.

Mi mamá se sentó frente a nosotros.

Yo, al lado de mi padrino.

Mi pierna, bajo el mantel, rozaba la suya.

Él no se apartó.

Mi mamá empezó a hablar.

De mi papá.

De los viejos tiempos, de cuando los tres iban a las chacras de Cayma en bicicleta, de los carnavales, del viaje a Mollendo en que se les cayó el carro al río.

Rolando asentía, comía, respondía.

Con la mano derecha manejaba el cubierto.

La izquierda estaba debajo del mantel.

La sentí posarse sobre mi rodilla.

Se me cortó la respiración.

Mi mamá seguía hablando.

"...y tu papá se subió al techo del carro con un pollo vivo en los brazos, ¿te acuerdas?"

"Me acuerdo."

La mano de Rolando subió por mi muslo.

Despacio.

Con la yema de los dedos.

Yo apreté el tenedor.

"¿Ariadna? ¿Te pasa algo?"

"Nada, mami."

"Estás sudando."

"Es el rocoto. Pica."

"Pica un poco, ¿no?", dijo Rolando, con una voz perfectamente tranquila.

Sus dedos llegaron al borde de mi falda.

Se detuvieron.

Y entonces se metieron por debajo.

Dios.

Tosí.

Fue una tos larga y falsa, con la servilleta en la boca, mientras sus dedos me apartaban la tanga y encontraban lo que habían encontrado esa tarde.

Todavía estaba mojada de la sala.

Lo supo en cuanto me tocó.

La mano de Rolando se quedó quieta un segundo, y casi pude sentir su sonrisa.

"¿Quieres agua?", preguntó mi mamá.

"Sí, por favor."

Mi mamá fue a la cocina por la jarra.

En esos treinta segundos, él me metió dos dedos de un solo movimiento.

Me mordí el labio hasta sentir el sabor del hierro.

Rolando bajó la voz hasta un susurro.

"Silencio, buena chica."

Los curvó dentro de mí.

Mi mamá volvió con la jarra y se sentó.

"¿Les cuento lo del cuy de mi comadre?"

"Cuente", dije, con la voz de un hilo.

Y contó.

Contó durante diez minutos, que fueron los diez minutos más largos de mi vida.

Los dedos de Rolando entraban y salían bajo el mantel con una lentitud que me quitaba el sentido, su pulgar rozando mi clítoris cada vez que subía.

Yo asentía.

Yo sonreía.

Yo masticaba rocoto sin sentirlo.

A los doce minutos sentí venir el orgasmo como un tren.

Apreté los muslos sobre su mano.

Agarré el borde de la mesa con las dos manos, los nudillos blancos.

"¿Mi vida?", dijo mi mamá. "¿Estás bien?"

Rolando aceleró un segundo.

Me vine sin ruido, con los ojos cerrados y el cuerpo entero rígido, y cuando abrí los ojos tenía la visión borrosa.

"Sí, mami", dije. "Es que... me gusta tanto el rocoto."

Mi padrino se limpió los dedos con el mantel.

Tomó su copa de vino.

Brindó con mi mamá.

Cuando ella se fue, a las diez, la acompañamos a la puerta.

"Qué lindo verlos", dijo, abrazándonos a los dos. "Ariadna, no te quedes hasta tarde. Mañana tienes clase."

"Ya me voy, mami."

"Te espero en casa."

Su carro arrancó.

Rolando cerró la puerta y puso el seguro.

Se volvió hacia mí.

No dijo nada.

Me levantó en brazos, con las manos bajo los muslos, y me llevó por la escalera de piedra hasta su cuarto.

Me dejó caer sobre la cama grande.

Un colchón firme, sábanas blancas, un ventanal que daba a la azotea y a la sombra azul del volcán.

Se quitó la camisa sin desabotonarla, por encima de la cabeza.

Tenía un pecho ancho, con vello gris, unas cicatrices de mina en las costillas y una barriga firme.

Me miró desde arriba.

"Te dije que esta noche."

"Sí."

"Desnúdate."

Me quité la blusa.

La falda.

El sostén y la tanga.

Quedé desnuda en la cama, con las piernas cerradas y el corazón latiendo hasta en la garganta.

Él se bajó el pantalón y se quedó mirándome con una expresión que nunca olvidaré.

"Abre las piernas."

Las abrí.

Se subió a la cama y se acomodó entre ellas, apoyado en los antebrazos.

Su verga, dura, caliente, descansó sobre mi vientre.

"Mírame", dijo.

Lo miré.

"Dime qué quieres."

"Quiero que me coja, padrino."

Se le crispó el rostro.

"Otra vez."

"Cójame."

Bajó la mano, la acomodó, y empujó.

Entró despacio.

La sentí abrirme, estirarme, llenarme, centímetro a centímetro, hasta el fondo.

Los dos soltamos un gemido.

Me abracé a su espalda.

Mis uñas se hundieron en sus hombros.

"Estás tan apretada", susurró. "Tan caliente."

"Muévase."

"Todavía no."

"Padrino..."

"Quiero sentirte."

Se quedó quieto, hundido hasta la base, mirándome, mientras mi cuerpo se acostumbraba a él.

Luego empezó a moverse.

Lento.

Profundo.

Salía casi entero y volvía a entrar, y cada vez me arrancaba un gemido distinto.

La cama crujía.

Su respiración me quemaba el cuello.

"Qué buena chica", murmuraba. "Qué buena chica eres."

Yo le contestaba con besos, con mordidas en el hombro, con las piernas enredadas a su cintura.

Aceleró.

Me tomó de las muñecas y me las sujetó sobre la cabeza, con una mano.

Con la otra me abrió más una pierna.

Empujaba con un ritmo seguro, firme, cada embestida golpeando justo donde yo lo necesitaba.

"Voy a venirme", jadeé.

"Hazlo."

"Con usted adentro."

"Eso es."

Me vine con un grito, apretándolo, temblando bajo su peso.

Él se detuvo apenas un segundo, con los dientes apretados.

Después me embistió tres veces más, hondo, y se vino con un gruñido grave contra mi cuello, vaciándose dentro de mí.

Quedamos pegados, sudando, sin aliento.

Pasó un rato.

Rolando me besó la frente, la sien, la boca.

"Voy a hacerte el amor toda la noche", dijo.

"Hágalo."

Abajo, en la puerta de la calle, sonaron unos golpes.

Tres golpes secos.

Nos quedamos congelados.

"¡Ariadna! ¡Rolando!", gritó la voz de mi mamá. "¡Me olvidé el celular!"

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