La Colegiala y La Pulga Picona, novela · Capítulo 7 de 12
Capítulo 7: El mirador
"Sí, aquí", repitió Rolando, y me bajó el cierre de la blusa con los dientes.
La camioneta se llenó de vapor en un minuto.
Los vidrios se empañaron.
Abajo, a lo lejos, la ciudad de Arequipa brillaba al sol de la tarde, y el volcán dormía.
Yo, sentada en su regazo, le abrí la camisa a tirones.
Los botones saltaron y rodaron por el piso.
"Mi mamá nos está buscando", dije, riendo y casi llorando.
"Que nos busque."
"Padrino..."
"Se acabó el miedo, Ariadna. Por un rato se acabó."
Me quitó la blusa.
El sostén.
Me tomó los pechos con las dos manos y los besó, uno y otro, con hambre, mientras yo me aferraba a su pelo.
Su lengua me rodeó el pezón.
Sus dientes lo rozaron.
Gemí contra su cabeza.
Entonces se detuvo.
Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un pañuelo grande de seda azul.
Lo desdobló entre los dedos.
"Dame las manos."
Lo miré.
"¿Para qué?"
"Dámelas."
Se las di.
Me las cruzó delante del vientre y las ató con el pañuelo, con un nudo flojo, de los que se deshacen con un tirón.
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