La Colegiala y La Pulga Picona, novela · Capítulo 9 de 12
Capítulo 9: Las termas
El agua de las termas me llegaba al pecho, caliente como una sopa, y Rolando me tenía de espaldas contra la roca.
Eran las siete de la tarde en Chivay.
El valle del Colca se oscurecía en azules y morados, y sobre la poza de piedra se levantaba un vapor espeso que olía a azufre y a pasto mojado.
Estábamos solos.
La dueña de las termas, una señora de pollera y sombrero, había recibido los billetes de Rolando y se había ido a cenar.
Yo llevaba solo un trozo de tela mojada que él me desató con los dientes.
"Padrino", dije, con la voz hecha un hilo.
"Aquí no hay padrino."
"¿Entonces?"
"Rolando."
Me recorrió un escalofrío.
"Rolando."
"Otra vez."
"Rolando."
Me besó el cuello.
Sus manos me levantaron por las nalgas, y mis piernas se cerraron alrededor de su cintura, ligeras en el agua.
Su verga, dura contra mi sexo, resbalaba.
"Ahora", pedí.
"Todavía no."
Me llevó a la parte profunda, donde el agua me cubría los hombros, y me sentó en el borde de una piedra lisa, sumergida.
Se arrodilló entre mis rodillas.
Su cabeza desapareció bajo el agua.
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