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La Desconocida que Me Encendió en el Show, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: Mira al frente

En la pista del Auditorio Magno, una chica de falda de colegiala se pega a Leonel, le ordena no voltear y guía su mano bajo la falda; cuando se encienden las luces solo queda una liga con una polilla.

"Ay, papi, ya no sigas. Me voy a venir."

Lo dijo en voz baja, con la boca casi pegada a mi pecho, y la multitud se tragó el resto.

Yo tenía la mano debajo de su falda y no sabía cómo había llegado ahí.

Mejor dicho, sí sabía.

Ella me había llevado.

Todo empezó diez minutos antes, en la pista del Auditorio Magno, con tres mil estudiantes de pie y un bajo que hacía temblar las costillas.

Yo era el ingeniero de sonido.

Mi trabajo era caminar entre la gente con los audífonos puestos, para oír el show como lo oía el público.

Le llaman escuchar desde la pista, y casi siempre es aburrido.

Esa noche era la Noche Retro de la universidad, todo el mundo disfrazado de los años dos mil.

Delante de mí había una chica con falda tableada de colegiala, calcetas blancas hasta la rodilla y una coleta negra.

Era chaparrita, de espalda recta y piernas fuertes.

No la miré más de lo normal.

Entonces la banda soltó el primer coro y la multitud se movió como una ola.

Alguien me empujó por detrás y la chica cayó de espaldas contra mi cuerpo.

"Perdón", dije, con las manos en alto. "Perdón, me empujaron."

Ella no se movió.

Se quedó pegada a mí, con sus nalgas contra mi pelvis, y yo sentí el calor de su cuerpo a través de la tela.

Después, muy despacio, empujó hacia atrás.

Una vez.

Otra.

Me quedé rígido.

Ella inclinó la cabeza hacia mí, sin voltear, y habló por encima de la música.

"No te disculpes."

Tenía una voz ronca, tranquila, de las que uno recuerda.

"Mira al frente", siguió. "No voltees. Si volteas, me voy."

"¿Qué?"

"Es un juego. Te toca obedecer."

Se me secó la boca.

Intenté ver su cara, y me puso la mano en la mejilla y me giró hacia el escenario con firmeza.

"Al frente."

"Está bien", dije. "Al frente."

Sentí su sonrisa aunque no la vi.

Se restregó contra mí, despacio, al ritmo del bajo, y mi verga se endureció contra su culo en dos segundos.

Ella lo notó.

Soltó una risita.

Me tomó la mano derecha por la muñeca.

La llevó hacia abajo, por su cintura, por el borde de la falda.

La metió debajo.

Sentí sus muslos calientes, el elástico de sus calcetas, una piel suave de sudor.

"Más arriba", susurró.

Subí.

Mis dedos encontraron una tela finísima, casi inexistente, y debajo de ella algo tibio y completamente mojado.

Se me fue el aire.

"Dios", murmuré.

"Mhm", dijo ella. "Eso."

Empujó el culo contra mi mano, y mis dedos resbalaron sobre la tela empapada.

Estaba tan mojada que el calzón se le pegaba a los labios.

La toqué por encima, de arriba abajo, y ella apoyó la cabeza en mi pecho.

"Así", dijo. "Despacito."

A nuestro alrededor, tres mil personas gritaban y saltaban.

Nadie nos miraba.

Nadie podía ver mi mano bajo la falda, ni mi pecho subiendo, ni la forma en que ella se frotaba en mí.

Aparté el elástico a un lado y le pasé un dedo por la raja desnuda.

Ella dio un respingo.

Metí un dedo, despacio, hasta el fondo.

Estaba apretada, caliente, y se cerró alrededor como una boca.

"Ay, papi", gimió, ahogada por la música. "Así."

Metí dos.

Con el pulgar le busqué el clítoris, hinchado, duro, y lo rodeé en círculos pequeños.

Ella movía las caderas contra mi mano al ritmo de la batería.

Me puso una mano sobre el antebrazo para marcarme el ritmo, más rápido, más lento, otra vez.

Sabía exactamente lo que quería.

Eso me volvió loco.

"Mira al frente", me recordó, entre jadeos.

"Estoy mirando."

"No es cierto."

Tenía razón.

Estaba mirando el pelo negro de su nuca, el sudor entre sus omóplatos, el listón rojo de su blusa.

Se rio y se frotó más fuerte.

Los dedos me quedaron mojados hasta la muñeca.

"Ya no sigas", dijo de pronto, tensándose. "Me voy a venir."

Mis dedos se quedaron quietos un segundo.

"Ni se te ocurra parar", gruñó ella. "Es solo lo que se dice. Sigue."

Seguí.

Metí los dedos más hondo, curvándolos hacia arriba, y le froté el clítoris con el pulgar sin piedad.

Ella se mordió el brazo para no gritar, temblando contra mi pecho.

Su cuerpo entero se contrajo alrededor de mis dedos, una, dos, tres veces.

El bajo golpeó un acorde final y la multitud rugió.

Ella se vino justo en ese rugido, con la espalda arqueada y la cabeza sobre mi hombro, y nadie en todo el auditorio se enteró.

Yo tampoco dejé de sostenerla.

Sentí cómo se aflojaba, jadeante, apoyada en mí.

Mi verga palpitaba contra su culo como si fuera a reventar.

Ella lo sabía.

Apretó las nalgas contra mí, una vez, lenta, y soltó una risita ronca.

"Me debes una", susurré yo.

"Tal vez", dijo ella.

Entonces las luces del auditorio se encendieron de golpe, blancas, crueles, y la multitud se abrió.

Parpadeé.

Cuando bajé la vista, la chica ya no estaba.

La busqué entre las cabezas, entre las faldas, entre los disfraces.

Una coleta negra se perdía hacia la salida, y desapareció.

Me quedé inmóvil, con los dedos todavía mojados y el pantalón a punto de explotar.

En la palma derecha había algo.

Lo abrí.

Era una liga negra para el pelo, con una polilla de plata diminuta colgando.

Y en la parte de atrás, escrito con plumón dorado en el elástico, había un número de teléfono con una sola cifra tachada.

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