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La Dulce Leche De Mi Suegra, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: Consulta urgente

Una mujer madura se tiende en la camilla del doctor y le suplica ayuda. Antes de que él termine el examen, ella confiesa quién es.

Eran las seis y diez de la tarde de un lunes y yo ya tenía la mano en el interruptor de la luz.

La última paciente del día se había ido hacía veinte minutos.

Mi asistente se había ido hacía diez.

Me quedaba el consultorio vacío, el olor a alcohol y una ventana que daba a los jacarandás de la colonia Cimatario.

Entonces tocaron a la puerta.

Dos golpes secos, apurados.

"Adelante."

Entró una mujer.

Tendría unos cuarenta y tantos años, tal vez cuarenta y siete.

Llevaba un vestido verde botella ceñido en la cintura y una chamarra negra de cuero.

Tenía el pelo castaño oscuro, largo, con rizos sueltos que le caían sobre los hombros, y los ojos del color de la miel.

Era alta, de caderas anchas y pechos grandes.

Y tenía una mancha húmeda en la blusa.

Dos manchas, para ser exactos, justo donde los pezones empujaban la tela.

Se dio cuenta de que yo las había visto y se tapó con la chamarra, roja hasta las orejas.

"Doctor", dijo. "Perdone la hora."

"Pase, siéntese."

Cerró la puerta tras ella y echó el seguro.

No lo noté en ese momento.

"¿Cómo se llama?"

"Delfina Rojas."

"¿Qué la trae por aquí, señora Rojas?"

Tomó aire.

"Tengo leche, doctor."

Me quedé quieto con el bolígrafo en el aire.

"¿Perdón?"

"Tengo leche en los pechos. Desde hace dos meses. No estoy embarazada, ni he estado, ni voy a estarlo."

"Tengo cuarenta y siete años, estoy viuda, y mis chichis gotean como una llave mal cerrada."

Dijo todo con una dignidad tan tranquila que casi me río.

"Y me duelen", agregó, más bajo. "Mucho. Me duelen tanto que a veces no puedo dormir."

"Ya la revisó otro médico."

"Dos. Uno me dijo que era estrés. El otro que era la edad."

"Eso no es la edad."

"Eso mismo pensé."

Me puse de pie y señalé la camilla.

"Acuéstese, por favor, y la reviso."

Se quitó la chamarra y la dejó en el respaldo de la silla.

Subió a la camilla con los zapatos de tacón, sentándose primero y reclinándose después, hasta quedar de espaldas contra el papel blanco.

Cuando fui al lavabo a ponerme los guantes, la oí moverse detrás de mí.

El roce de la tela.

Me volví.

Se había desabotonado la blusa hasta la cintura.

El brasier negro, de encaje, estaba empapado, y la leche le escurría en dos hilos claros por la piel hacia las costillas.

"Disculpe", dije, y noté que la voz me salía más ronca de lo normal. "Voy a... voy a explorar."

"Hágalo."

Me acerqué.

Le puse las manos enguantadas en el pecho derecho, con la presión justa, palpando.

Estaba duro, caliente, hinchado.

Al apretar la areola, un chorro fino salió y me cayó en el guante.

Delfina soltó un gemido ahogado y arqueó la espalda.

"Perdón", dijo. "No es por usted. Es que me duele y me alivia al mismo tiempo."

"Lo sé."

"Hágalo otra vez."

Lo hice.

Otro chorro, más largo, y su respiración se aceleró.

Le dije que era una galactorrea, probablemente de origen hormonal, que haría falta un análisis de prolactina.

Se lo dije con la voz de médico.

Pero tenía las manos en su pecho, y ella respiraba cada vez más fuerte, y su mirada ya no era la de una paciente.

"Doctor", susurró.

"Dígame."

"¿No tiene un sacaleches?"

Tenía uno en el cajón de muestras, para las pacientes con lactancia.

Lo saqué.

Se lo coloqué sobre el pecho izquierdo y accioné la bomba despacio.

La leche empezó a caer en el frasco de plástico, en hilos blancos, tibios, con un olor dulce, casi a vainilla.

Delfina se mordió el labio y cerró los ojos.

"Más", murmuró. "Un poco más fuerte."

"Puede lastimarla."

"Me lastima más lo otro."

Cuando el primer pecho estuvo vacío, pasé al segundo.

Tenía las manos firmes, entrenadas, y sin embargo me temblaban.

Delfina respiraba con la boca abierta.

Y entonces, de pronto, se subió la falda.

Con las dos manos, sin dudar, hasta la cintura.

Debajo llevaba un calzón de encaje negro, y entre sus muslos había una mancha oscura de humedad.

"Doctor", dijo, con una voz que me quebró por dentro. "Hace cuatro años que nadie me revisa completa."

"Señora Rojas..."

"Ayúdeme, por favor." Abrió las piernas sobre la camilla. "Rápido. Se lo ruego."

Me quedé inmóvil, con el sacaleches en la mano y un hilo de leche goteando sobre mi muñeca.

Ella me miró directo a los ojos.

"Isaac", dijo.

Sentí que se me helaba la sangre.

Nadie en esa ciudad me llamaba por mi nombre en el consultorio.

Todos decían "doctor".

"¿Cómo sabe mi nombre?"

Delfina sonrió, lento, con una calma que no combinaba con su cuerpo temblando sobre el papel blanco.

"Porque soy la madre de Regina", dijo.

El mundo se detuvo.

Regina Arizmendi, mi novia durante tres años.

La mujer que debía casarse conmigo hacía tres semanas.

Dos días antes de la boda desapareció, con un mensaje de cuatro líneas y un vuelo a Barcelona.

"Tu suegra", añadió la mujer en la camilla, con un brillo en los ojos que me quitó el aire. "Si ella no se hubiera ido."

Estiró la mano, me agarró de la corbata y me jaló hacia ella.

"Yo sí vine, Isaac."

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