La Dulce Leche De Mi Suegra, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: El análisis
Los resultados dan nombre a la condición de Delfina y ella le cuenta por qué lo eligió a él. Regina llama desde Barcelona.
El resultado del laboratorio llegó el miércoles a las once de la mañana.
Prolactina: 168 nanogramos por mililitro.
Lo normal en una mujer de su edad no pasa de 25.
Pedí la resonancia para esa misma tarde.
La hizo en una clínica de la avenida Constituyentes, con una cofia de papel y los nervios de una colegiala.
A las siete volvió a mi consultorio con el sobre grande bajo el brazo.
Esta vez entró con la blusa abotonada hasta el cuello, el pelo recogido y los labios pintados.
Cerró la puerta, echó el seguro y se quedó parada a tres metros de mí.
"Dime la verdad, doctor."
"Siéntate."
"No quiero sentarme."
"Delfina."
"Dilo rápido, como una curita."
Abrí el sobre y colgué la placa contra la lámpara del negatoscopio.
Le señalé una mancha pequeña, redonda, al fondo del cráneo.
"Es un microadenoma de hipófisis. Seis milímetros. Benigno."
Se llevó una mano a la boca.
"¿Un tumor?"
"Sí, pero de los buenos. Hace que tu cuerpo produzca demasiada prolactina, y por eso hay leche."
"Se trata con una pastilla dos veces por semana. En tres meses la leche se va y el tumor se encoge."
"¿Y ya?"
"Y ya."
Delfina soltó el aire con tanta fuerza que se le inclinaron los hombros.
Se tapó la cara con las dos manos.
Me levanté y la abracé.
Ella lloró contra mi pecho sin ruido, con todo el cuerpo.
"Pensé que me estaba muriendo", dijo al fin. "Pensé que era lo mismo que le pasó a Cirilo."
"No."
"Dos meses sin dormir, con miedo."
"Ya pasó."
"Gracias."
Le besé el pelo.
No pude evitarlo.
Ella levantó la cara, con los ojos hinchados y la nariz roja, y me miró.
"Te quería preguntar una cosa."
"Dime."
"¿Por qué un doctor joven y guapo como tú atiende a las seis de la tarde a una vieja que llega llorando?"
"No eres vieja, y llegaste a mi consultorio, no al revés."
"Te hablé de Regina."
"Sí."
"¿Ya hablaste con ella?"
"No. Y no pienso hacerlo."
"Tampoco yo."
Se separó de mí, caminó hasta la ventana y se quedó mirando los jacarandás.
"Regina no es mala", dijo. "Es egoísta. Toda la vida lo ha sido."
"Cirilo la malcrió porque llegó cuando él ya no esperaba hijos, y yo se lo permití porque estaba cansada."
"No hace falta que me expliques."
"Sí hace falta. No quiero que pienses que vine a vengarme de ella contigo."
Me acerqué por detrás.
"¿A qué viniste?"
"A que me tocaras."
Lo dijo sin vergüenza, sin ninguna pose.
"Y a que me hicieras sentir que todavía puedo pedir cosas."
Le puse las manos en las caderas.
Ella se recargó contra mi pecho.
"Pídeme lo que quieras", le dije al oído.
"Quiero comer algo."
Me reí.
"¿Algo?"
"Comida. Llevo dos días a base de café y ansiedad."
"Te invito a cenar."
"Prefiero cocinar yo. Tienes cocina, ¿verdad?"
"Tengo una estufa que nunca he usado."
"Perfecto."
Cerramos el consultorio.
En el elevador del estacionamiento, mientras bajábamos al sótano, me jaló la corbata y me besó contra el espejo.
Me comió la boca con ganas, con una mano sobre mi nuca y la otra apretándome el trasero.
Cuando las puertas se abrieron, seguíamos pegados.
Un vigilante carraspeó y apartamos la vista, como adolescentes.
Mi departamento en Juriquilla era una caja blanca con vista al lago.
Delfina lo recorrió con las manos en las caderas y soltó una carcajada.
"Un hombre de treinta y dos años que vive entre cajas."
"Estaba por mudarme."
"¿Con ella?"
"Con ella."
"Pues menos mal que no lo hiciste."
Abrió el refrigerador.
Había leche, huevos, un frasco de mermelada y un limón seco.
"Dios mío."
"Tengo servicio a domicilio."
"Vamos a arreglar eso."
Estaba sacando una olla del armario cuando su celular vibró sobre el mostrador.
Vi la pantalla antes que ella.
Una foto de perfil: una rubia delgada de lentes oscuros, sonriendo frente a la Sagrada Familia.
El nombre: Regina.
Delfina se quedó mirando el teléfono.
No lo tomó.
Sonó cuatro veces, cinco, seis.
Después se calló y apareció un mensaje.
"Mami, vuelvo el viernes. Necesito que firmes unos papeles de la fábrica. Es urgente. P. te va a explicar."
Delfina leyó con los labios apretados.
"¿Quién es P.?", pregunté.
"Su jefe."
Dejó el celular boca abajo.
Respiró.
"Hoy no, Regina", murmuró. "Hoy no."