La Dulce Leche De Mi Suegra, novela · Capítulo 5 de 12
Capítulo 5: La ordeña
Celaya olía a azúcar quemada.
Lo supe apenas bajamos del coche, a las cuatro de la tarde del jueves.
Frente a nosotros había un portón de lámina pintado de rojo, con letras blancas: "Cajetas Arizmendi, desde 1951".
Detrás del portón había un patio de tierra apisonada y una nave de ladrillo con chimenea.
Un rebaño de cabras balaba detrás de una cerca de madera.
Delfina bajó del coche con unos jeans, una camisa de cuadros y botas de campo.
Parecía otra mujer.
Más joven, más alta, con los hombros sueltos.
Dos obreros la saludaron desde la puerta de la nave.
"Buenas, patrona."
"Buenas tardes."
"¿Y ese señor?"
"El doctor Isaac. Viene a ver la leche."
Los obreros intercambiaron una mirada que no entendí del todo y se echaron a reír.
Delfina me guió por la nave.
Había calderos de cobre del tamaño de una cama, removidos con paletas de madera por hombres de delantal blanco.
El aire era espeso, dulce, tibio.
"Doscientos litros de leche de cabra para sacar veinte kilos de cajeta", explicó. "Seis horas de fuego lento. Si la dejas, se quema."
"Si la apuras, se corta."
"Qué paciencia."
"La paciencia es todo el negocio."
Me mostró el almacén, las cajas listas, la oficina donde un escritorio viejo cargaba libros de cuentas del tamaño de una lápida.
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