¡¿La esposa legal de mi esposo es mi hermana?!, novela · Capítulo 1 de 20
Capítulo 1: El sello chueco
En el hospital una enfermera le dice a Citlali que su acta de matrimonio es falsa, y en el Registro Civil descubre que su esposo está casado con su media hermana.
La enfermera levantó mi acta de matrimonio contra la luz de la ventana y frunció la nariz.
"Señora, ¿usted se casó por lo civil o solo por la iglesia?"
"Por lo civil, hace cuatro años", dije. "Y por la iglesia el mismo mes."
"Es que este sello está chueco."
Me incliné sobre el escritorio.
El sello de la oficial del Registro Civil estaba torcido hacia la derecha, como si lo hubieran estampado con prisa.
"Y el folio no sale en el sistema", agregó ella, tecleando. "Mire, aquí pongo el número y me manda error."
"Ha de ser que está mal capturado."
"Puede ser."
Pero la enfermera ya no me miraba a los ojos.
Yo tenía diez semanas de embarazo, un ultrasonido sin hacer y una bolsa de papeles que había armado la noche anterior, feliz, como se arma un regalo.
El acta de matrimonio, la credencial de Moisés, mi CURP.
Quería abrir mi expediente para el control prenatal.
Nada más.
"Vaya al Registro a pedir una copia certificada", dijo la enfermera, con una amabilidad que me dio miedo. "Seguro es un error. Pasa muy seguido."
Salí del hospital con las rodillas flojas.
Agarré un taxi y le di la dirección del Registro Civil, en el centro de Guadalajara.
Todo el camino me repetí que era un error.
Que Moisés lo arreglaría.
Moisés lo arreglaba todo.
Era el hombre de los Zepeda, el que cerraba los tratos en la tequilera y se acordaba de mi cumpleaños aunque estuviera en Los Ángeles.
Cuatro años de comidas de domingo.
Cuatro años de ir con su madre a misa, a la iglesia de Tequila, y a rezar por un hijo.
El hijo por fin había llegado.
Y me tenía a mí en un taxi, apretando un papel con el sello chueco.
En el Registro había fila.
Hice fila.
Cuando llegó mi turno, el empleado ni me miró.
"Acta de matrimonio. ¿Los nombres?"
"Moisés Zepeda Ibarra y Citlali Camarena."
Tecleó.
Se detuvo.
Volvió a teclear.
"¿Ese folio que usted trae?"
Le pasé mi papel.
Lo miró un momento largo, y lo dejó sobre el escritorio.
"Señora, ese folio no existe en nuestro sistema. Esa acta no fue emitida por esta oficina."
"Debe ser un error."
"No es un error. Esa acta es falsa."
Sentí que el piso del Registro se movía.
"¿Falsa?"
"Alguien la hizo imprimir. Se ve en el papel."
"Entonces, ¿estoy casada, o no?"
El empleado dudó.
"Déjeme verificar con el nombre del señor."
Tecleó otra vez.
La pantalla le iluminó los lentes.
"El señor Moisés Zepeda Ibarra aparece casado."
Respiré.
"Pues claro. Conmigo."
"No, señora. Aparece casado hace cuatro años y dos meses, en esta oficina, con otra persona."
Se aclaró la garganta.
"Con Xóchitl Camarena Preciado."
La voz del empleado se alejó, como si me hablara dentro de una cueva.
Xóchitl.
Mi media hermana.
La hija legítima de mi padre.
La novia que el día de su boda se subió a un avión y desapareció de la vida de todos, dejando a Moisés plantado frente al altar.
La que, según Doña Anselma, había sido la gran decepción de la familia.
La que, según todos, él había superado conmigo.
"No puede ser", dije.
"Si quiere, le imprimo una copia certificada del acta verdadera."
"¿Verdadera?"
"La que sí está en el sistema."
Me quedé mirándolo.
Después hice lo único que se me ocurrió.
"Imprímala", dije. "Con sello, con firma, con todo. Y otra copia de la mía. Quiero que escriba al margen que no existe."
"No puedo escribir..."
"Entonces que lo escriba su jefe."
Me miró por primera vez.
Tenía la cara de alguien que ya vio muchas esposas en ese mostrador.
"Un momento, señora."
Tardó veinte minutos.
Cuando salí del Registro, tenía en la mano un sobre tamaño oficio.
Adentro estaba mi vida, certificada.
Cuatro años casada con un hombre que, ante la ley, le pertenecía a mi hermana.
Me senté en una banca del jardín del Registro, bajo los laureles.
Los pájaros cantaban.
Las parejas entraban sonrientes, con globos.
Marqué el número de Moisés con el dedo helado.
Contestó al tercer timbre.
"Amor, ¿qué pasó? Estoy en una junta."
"Moisés", dije, "estoy en el Registro Civil."
Hubo un silencio corto.
"¿Qué haces ahí?"
"Me dijeron que mi acta no existe."
"Ay, Citlali."
No dijo "no puede ser".
No dijo "no entiendo".
Dijo "ay, Citlali", como se dice cuando el niño rompe un vaso.
"¿Tú sabías?", pregunté.
"Escúchame. No es lo que parece. Hay una explicación, y es sencilla. Vente a la casa y la hablamos con calma."
"Dime ahora."
"No por teléfono."
"Moisés."
Y entonces, detrás de su voz, escuché otra voz, de mujer, seca y baja, que reconocí de inmediato.
Doña Anselma.
"Dile que ya no vaya al Registro", decía. "Dile que se calle, y que venga a comer el domingo."