¡¿La esposa legal de mi esposo es mi hermana?!, novela · Capítulo 10 de 20
Capítulo 10: El agave
El agave no perdona a quien corre sin mirar.
Las pencas me rasgaron los brazos, el vestido y una pantorrilla.
Cada paso era un tropiezo entre filas que parecían iguales.
Atrás oí el motor de la camioneta, y luego el golpe seco de una puerta.
Faros que barrían el horizonte, buscándome entre las plantas.
"¡Citlali!", gritó Doña Anselma. "¡Vuelve! ¡No seas tonta!"
No contesté.
Me tiré al suelo entre dos hileras, con la cara contra la tierra caliente.
El corazón me sonaba tanto que pensé que me delataría.
Los faros pasaron sobre mi cabeza.
Se detuvieron.
Una linterna recorrió las pencas, a diez metros.
"No puede haber ido lejos", dijo el capataz. "Está embarazada."
"Búsquenla."
"Doña, la noche..."
"¡Búsquenla!"
Con las manos sucias de tierra saqué el teléfono de la bolsa del vestido.
Tenía tres rayitas de batería y una de señal.
Entré a mis mensajes.
El último era de Jonás: "¿Tienes tu pedido para el viernes? No quiero molestar. Quiero saber que estás bien."
Me temblaron los dedos.
Escribí con los pulgares sucios: "Estoy en el campo de agave de los Zepeda. Camino a Tequila. Me persiguen. Por favor."
Envié.
Me quedé con el teléfono pegado al pecho.
Nada.
Pasaron un minuto y otro.
La linterna se acercó.
Escuché pasos pesados, una bota sobre la tierra, a unos cinco metros.
Contuve la respiración.
Un pitido corto.
El teléfono vibró contra mi pecho.
Mensaje de Jonás: "Voy. Diez minutos. No te muevas. No contestes si llaman."
Cerré los ojos.
Los pasos se detuvieron.
El capataz tosió, escupió, y dio un paso hacia mí.
Entonces sonó el timbre del teléfono de Doña Anselma.
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