¡¿La esposa legal de mi esposo es mi hermana?!, novela · Capítulo 8 de 20
Capítulo 8: El micrófono
La idea de Xóchitl cabía en una pluma.
Era negra, de marca cara, con un clip dorado y una luz diminuta en el extremo que solo se veía si uno sabía mirar.
"Me la dio una amiga que trabaja en seguridad en Barcelona", dijo, mientras me la ponía en el bolsillo del saco. "Graba audio. Y lo manda a mi teléfono mientras habla."
"¿En vivo?"
"En vivo. Aunque se la quiten, aunque la rompan, yo ya lo tengo."
"¿Y si no dicen nada?"
"Moisés es un hombre que necesita que lo admiren. Si tú entras humillada, va a hablar de más."
Nos miramos.
Estábamos sentadas en su coche, estacionado frente a la reja de los Zepeda, a las once de la mañana del jueves.
Yo llevaba un vestido beige, sencillo, sin trenza, con el pelo suelto y la cara lavada.
Parecía una mujer que ha perdido la pelea.
"No me gusta que entres sola", dijo ella.
"No me gusta que estés sentada aquí."
"Voy a estar escuchando. Si algo sale mal, llamo a la policía."
"Si algo sale mal, grito."
Se rio un poco.
Me apretó la mano.
"Cuídate, hermana."
Me bajé.
La hacienda estaba en silencio.
El portero me abrió sin preguntar nada y me dejó pasar, con cierta pena en los ojos.
Doña Anselma me esperaba en el patio de los arcos, sentada en una mecedora, con una taza de café.
"Llegaste antes del plazo", dijo. "Eso me gusta."
"Pensé mucho", dije, con los ojos bajos. "Tiene razón. No quiero que mi hijo crezca sin padre."
"Qué sensata."
"Solo quiero hablar con Moisés. A solas."
"Por supuesto."
Hizo un gesto con la mano.
Una empleada me guio por el corredor hasta el estudio de Moisés.
La puerta de caoba, el escritorio enorme, la pared llena de diplomas y de fotos con tequileros famosos.
Moisés estaba de pie junto a la ventana.
Se dio vuelta.
Tenía una sonrisa tensa y un vaso de whisky en la mano, a las once de la mañana.
"Citlali", dijo. "Sabía que ibas a volver."
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