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La esposa olvidada por el Mafioso: embarazada y abandonada., novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: Dos pruebas

Soraya y Lorenza descubren su embarazo el mismo día, y Lázaro declara suyo solo al hijo de la otra.

El doctor me dio la noticia con una sonrisa de oreja a oreja.

"Diez semanas, señora Henao. Felicitaciones."

Me quedé mirando la imagen borrosa en la pantalla, la manchita con un latido.

Diez años de matrimonio.

Diez años de esperar.

Me llevé una mano a la boca y lloré sin ruido.

Al salir del consultorio, con el sobre de la ecografía apretado contra el pecho, quería llamar a Lázaro y contárselo antes que a nadie.

Entonces vi a Lorenza.

Estaba sentada en la sala de espera de la clínica, con el bolso en el regazo y una mano sobre el vientre.

Lorenza Echeverri, la amiga de infancia de mi esposo.

La que había crecido con él en el barrio del puerto, la que lo llamaba "Lazarito" en voz baja cuando creía que yo no la oía.

Sonrió al verme.

Era una sonrisa dulce, de ojos grandes, que siempre me había parecido un poco demasiado perfecta.

"Soraya. Qué casualidad."

"¿Estás enferma?"

"Embarazada", dijo, y soltó una risita. "De cinco meses. Me enteré tarde. Mis papás todavía no lo saben."

Sentí que el piso se movía.

"¿De quién?"

Me miró con los ojos húmedos.

"Eso se lo cuento primero a Lázaro, si no te importa."

La dejé ahí.

Salí por la puerta trasera de la clínica y me senté un rato dentro del carro, sin encender el motor.

Aquella noche había cena de los capos en la hacienda El Mirador, y yo debía presidir la mesa a la derecha de mi esposo.

Me puse un vestido verde oscuro.

Guardé la ecografía en mi bolso.

Pensaba contárselo en la cena, delante de todos, con una copa en la mano.

Estaba feliz de una manera ridícula.

La mesa era larga, de caoba, con veinte hombres de traje y sus esposas.

El humo de los habanos flotaba bajo el techo.

Lázaro se sentó en la cabecera, con su camisa blanca remangada hasta los codos y esa cara que pocas veces sonreía.

Yo me senté a su derecha.

Lorenza, a la izquierda de él, en el lugar de honor que nunca había ocupado.

Nadie dijo nada.

Cuando sirvieron los postres, Lázaro se puso de pie y golpeó la copa con una cucharita.

"Señores", dijo. "Tengo algo que anunciar."

Se hizo silencio.

Me enderecé en la silla, con la mano ya en el bolso.

"Lorenza espera un hijo mío."

No fue un trueno.

Fue algo más pequeño y más duro, como el golpe de una puerta que se cierra muy lejos.

Los capos aplaudieron.

Alguien silbó.

Una de las esposas me miró con un gesto de pena demasiado rápido para fingirse.

Lorenza bajó la vista, modesta, y se llevó una mano a la boca.

Yo me quedé quieta.

Con la mano dentro del bolso, sobre el sobre de la ecografía.

Esa noche, en nuestro cuarto, esperé a que se cerrara la puerta.

Lázaro se quitó el reloj, lo dejó en la cómoda y empezó a desabotonarse la camisa, como cualquier otra noche.

"No me mires así."

"¿Cómo te estoy mirando?"

"Como si te hubiera traicionado."

"¿Y no lo hiciste?"

Suspiró.

Se sentó en el borde de la cama, frente a mí.

"Soraya, déjame explicarte."

"Explícame."

"Sus padres no querían ese hijo."

"¿Y el padre?"

"No importa quién sea. Se enteraron de que está embarazada y le dieron un ultimátum: o se hace una limpieza o la sacan de la casa. Ella vino a mí anoche, llorando." Se pasó una mano por la cara. "No puedo dejarla sola. Es mi amiga desde que teníamos seis años."

"Y por eso dijiste que era tuyo."

"Nadie toca a un hijo mío. Nadie se atreve. Aceptar a su bebé como mío es la única manera de protegerlos a los dos."

Lo dijo con la calma de un hombre que ha hecho cuentas.

Yo saqué la ecografía del bolso.

La puse sobre la cama, entre los dos.

Él la miró.

La miró mucho tiempo.

"Diez semanas", dije. "Hoy, a las once de la mañana."

Se puso blanco.

"Soraya..."

"Iba a decírtelo en la cena."

"Soraya, es..."

"¿Qué vas a hacer con el mío?"

Tragó saliva.

"Lo voy a reclamar. Cuando nazca el de ella. Dentro de cuatro meses el niño de Lorenza ya estará seguro, y entonces hablo. Te lo prometo."

"¿Por qué no los dos ahora?"

"Porque si digo que tengo dos hijos de mujeres distintas con cuatro meses de diferencia, sus padres sospecharán que el de ella no es mío."

"Y no es tuyo."

Se quedó callado.

"No es tuyo", repetí. "Y yo tengo que esperar."

"No es esperar. Es proteger."

"¿A quién?"

"A los dos."

Lo miré.

Era mi esposo.

Lo había amado a los veinte años, en una fiesta de barrio, cuando él era un muchacho flaco que me prestó su chaqueta bajo la lluvia.

Lo había amado en cada cumpleaños, en cada viaje, en cada vez que volvió herido, y en cada noche que se quedó dormido con la cabeza en mis rodillas.

Esperé sentir rabia.

Esperé algún dolor agudo.

No llegó nada.

Solo un vacío blanco, limpio, como una sala recién pintada.

Mi amor se había muerto en algún momento entre la copa y el anuncio.

Y yo ni siquiera había oído el ruido.

"Está bien", dije.

"¿Está bien?"

"Que sea como tú dices."

Se levantó, aliviado, y me tomó la cara.

Me besó la frente.

Le dejé hacerlo.

Cuando se durmió, me levanté sin hacer ruido.

Abrí la caja fuerte del vestidor con la combinación que él mismo me había enseñado.

Saqué mi pasaporte.

Mi libreta de ahorros, la que tenía a mi nombre desde antes de casarnos.

Un sobre con dinero.

Lo guardé todo en mi bolso de viaje.

Mi teléfono vibró sobre la mesa de noche.

Era mi madre.

A las tres de la mañana.

Contesté en voz baja, en el baño, con la puerta cerrada.

"Soraya." La voz de ella estaba rota. "Mija, ven a la casa. Tu papá se enteró por el doctor, que es su compadre."

"¿De qué?"

"De que estás embarazada. Y de que tu marido le acaba de decir a toda la ciudad que el hijo es de la otra."

"Mamá..."

"Todos piensan que el tuyo es de otro hombre."

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