La esposa olvidada por el Mafioso: embarazada y abandonada., novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: De rodillas
Lázaro caminó hacia mí por la plaza con la cara de un hombre que lleva días sin dormir.
Tenía la barba crecida, los ojos hundidos, la camisa blanca arrugada hasta los codos.
Era la primera vez en diez años que lo veía sin afeitar.
Se detuvo a tres pasos.
Se agachó.
Recogió una naranja que rodó hasta sus zapatos, y luego otra.
Las fue juntando todas, una por una, bajo la mirada de los vendedores, los turistas, las abuelas de la iglesia, hasta tener la bolsa llena en las manos.
Me la ofreció.
"Soraya."
No la tomé.
"¿Cómo me encontraste?"
"El muchacho de la puerta me contó que te fuiste en un taxi a la terminal. El taquillero de la terminal me contó el destino." Tragó. "Tardé diecisiete días."
"Qué rápido."
"No, no fue rápido. Fue el peor tiempo de mi vida."
"Qué lástima."
Se quedó callado, con la bolsa en las manos.
Entonces, sin avisar, bajó la bolsa al suelo, y se arrodilló.
En medio de la plaza.
Sobre las piedras.
Delante de todo el pueblo.
Un silencio se extendió a nuestro alrededor, como agua en un vaso.
"Perdóname", dijo.
Mi corazón dio un golpe.
Pero no era el golpe que yo hubiera querido.
"Fui a Santa Marta, puse a Lorenza en la casa de la playa con tres guardias, y volví a Barranquilla para decirte la verdad. Para decirte que no iba a esperar cuatro meses. Que iba a reclamar a los dos. Y encontré el anillo sobre mi almohada."
"Lo dejé ahí a propósito."
"Lo sé."
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