La Heredera Traicionada, novela · Capítulo 3 de 16
Capítulo 3: La carta
Yamila culpa a Dámaris por escrito y Dámaris contesta con el registro de seguridad.
La carta llegó al chat de la familia a las nueve de la mañana.
Un mensaje largo, de una sola pieza, enviado desde el celular de Yamila.
Yo lo leí de pie junto a la ventana del comedor, con el café en la mano.
"Querida familia Arriaga."
"Les escribo con el corazón roto."
"Anoche, mientras yo disfrutaba de un momento especial con Eugenio, ocurrió algo terrible en su casa."
"Hoy me he enterado de que Dámaris piensa que fue mi culpa."
"Que yo pedí a Eugenio que se llevara a los guardias."
"Que quizás yo tuve algo que ver."
"No puedo vivir con esa sospecha."
"Amo a Eugenio con todo mi ser."
"Pero Dámaris me mira con odio, y no voy a ser la razón por la que esta familia se rompa."
"Voy a desaparecer."
"Les pido perdón."
Había tres mil palabras de dulzura y tres líneas de veneno.
Una obra maestra.
Si yo no hubiera leído esa misma carta en otra vida, con el cuerpo de mi hermano a mi lado diciéndome
"mira lo que hiciste", me lo habría creído.
La cocina olía a pan de huevo y a café de olla.
Mi madre, con el brazo vendado, servía tazas.
Mi padre, en la cabecera, leía el mensaje en su teléfono con el ceño hundido.
Eugenio, sentado frente a mí, tenía los puños apretados sobre el mantel.
Había dormido poco.
O nada.
Llevaba la camisa de ayer y los ojos rojos.
"¿Ya la leíste?", preguntó, sin mirarme.
"Sí."
"¿Qué tienes que decir?"
"Que está muy bien escrita."
"¡Dámaris!"
Mi madre dejó la jarra en la mesa.
"Eugenio, baja la voz."
"¡Me quiere dejar! ¡Por culpa de ella!"
"Yo no hice nada", dije.
"¡Le dijiste a mamá que Yami tenía algo que ver!"
"No le dije nada a nadie."
"¡Mentirosa!"
"Eugenio", dijo mi padre, con una voz grave.
Se calló.
Mi padre dejó el celular sobre la mesa.
"Dámaris. ¿Es cierto que sospechas de la señorita Duarte?"
Pensé en la libreta ensangrentada, con esa letra pequeña y redonda.
Pensé en el contacto "Papi".
Pensé en el vestido blanco impecable.
Pensé en lo que me costaría mostrar todo eso hoy.
Mi padre acababa de golpear a su hijo y, a pesar de todo, lo quería más que a nadie.
No.
Hoy no.
"No tengo pruebas, papá", dije. "Solo preguntas."
"¿Qué preguntas?"
"Por qué se llevó Eugenio a todo el equipo de seguridad. Por qué justo anoche. Por qué esos hombres sabían la clave del portón."
"Yo no se la di a nadie", gruñó Eugenio.
"Yo tampoco."
"Entonces, ¿quién?"
"No lo sé."
"¡Está insinuando que fue Yamila!"
"Estoy preguntando."
Saqué de mi carpeta la hoja que había imprimido a las seis de la mañana.
El registro de seguridad de la casa.
Los turnos, las firmas, la hora.
La puse en el centro de la mesa.
"Orden de retirada de escoltas. Firmada por Eugenio Arriaga a las 16:40. Doce hombres. Autorizada por 'urgencia personal'."
Mi padre tomó la hoja.
La leyó despacio.
Eugenio había palidecido.
"Eso no es..."
"Es tu firma, Eugenio."
"Yo no sabía que iban a atacar."
"Nadie dice que lo supieras."
"¡Entonces ¿por qué me enseñas esto?!"
"Porque papá me preguntó, y yo contesto."
Eugenio se puso de pie con un movimiento brusco.
La silla cayó hacia atrás.
Me apuntó con un dedo, temblando.
"Eres una víbora", siseó. "Siempre has sido una víbora. Con tu carita de santa y tu libreta."
"Siéntate."
"Quieres la empresa. Esto es lo que quieres."
"Siéntate, hijo", dijo mi padre.
"¡Quiere quitármelo todo!"
"Siéntate."
Eugenio no se sentó.
Salió del comedor dando un portazo.
Oímos sus pasos subir las escaleras.
El silencio que dejó fue largo.
Mi madre se sentó frente a mí, con la cara cansada.
Mi padre dobló la hoja del registro y la guardó en el bolsillo.
"Dámaris."
"Dime, papá."
"Hay algo que no me estás diciendo."
Levanté la cabeza.
Me miraba con unos ojos grises que había visto pocas veces tan atentos.
"No estoy lista para decirlo", respondí. "Pero sé algo. Y lo voy a demostrar."
"¿Cuándo?"
"Dame noventa días."
Pasó un segundo.
Después, para mi sorpresa, asintió.
"Te los doy."