La Mentira que Me Alimentó, novela · Capítulo 1 de 16
Capítulo 1: La pastilla rosa
Giulia descubre que su ácido fólico es un anticonceptivo, ve la ecografía de la amante de su marido y le escribe a su ex: dame un mes.
Cinco años dormí con un hombre que me susurraba la misma promesa cada noche.
"Dame un heredero, Giulia, y te doy todo el imperio Ruggeri."
Me lo decía contra el cuello, con la boca caliente, justo después de hacerme el amor.
Yo me quedaba despierta mirando el techo del dormitorio de nuestra villa en Mondello, con una mano sobre el vientre.
Cada mes sangraba.
Cada mes lloraba en el baño, sin ruido, para que los guardias no me oyeran.
Y cada mañana me tomaba la vitamina que Sandro me dejaba junto al vaso de agua: ácido fólico, para prepararme el cuerpo.
Esa mañana de octubre, el frasco blanco estaba abierto sobre el lavabo.
Una de las pastillas se había caído al piso.
Era rosa pálido.
Las mías siempre habían sido amarillas.
Me agaché a recogerla.
Tenía grabadas unas letras diminutas que no reconocí.
No dije nada.
Me la guardé en el puño y salí del baño con la sonrisa de siempre.
Sandro estaba en el comedor, con el café y el periódico, el traje gris perfecto, el reloj de oro en la muñeca.
Treinta y seis años.
El heredero de la familia más poderosa del crimen organizado de Italia.
Se levantó cuando entré y me besó la frente.
"¿Dormiste bien, amor?"
"Muy bien."
"Esta noche cenamos con mi madre."
"Claro."
Me acarició la mejilla con el pulgar.
Lo hacía muy bien.
Siempre me había parecido el gesto de un hombre que me quería.
Salí a las diez, con el chofer, a "comprar telas".
Le pedí que me dejara en la farmacia de la Via Libertà, donde el farmacéutico me conocía desde niña.
Era amigo de mi padre.
Entré con la pastilla rosa en un pañuelo.
"Dottore, necesito que me diga qué es esto."
Lo miró bajo la lámpara.
Tardó diez segundos.
Después levantó los ojos, y lo vi cambiar de color.
"Giulia. ¿De dónde sacaste esto?"
"De mi frasco de ácido fólico."
"Esto no es ácido fólico." Hizo una pausa. "Es un anticonceptivo. De los fuertes."
Me agarré del mostrador.
"¿Está seguro?"
"Llevo cuarenta años en este oficio."
Salí a la calle sin saber cómo.
El sol me dio en la cara y no sentí nada.
Cinco años.
Sesenta meses de pastillas.
Cinco años de ginecólogos, de tés, de rezos, de velas en la catedral, de lágrimas y de hombros encogidos delante de su madre.
Mi esposo, el que me juraba que quería un hijo, me había estado cambiando las vitaminas.
Volví a la villa con la boca seca.
Mientras Sandro estaba en el despacho de la ciudad, entré a su estudio.
Sobre su escritorio, junto a una pila de sobres, estaba su teléfono viejo, el que dejaba cuando salía.
Una notificación iluminada en la pantalla.
Un mensaje de su madre, Concetta.
"Dile al farmacéutico de Bagheria que me mande otras cincuenta. Esta ya casi no tiene."
Lo leí dos veces.
Después me senté en su silla de cuero, con las rodillas flojas.
Mi suegra lo sabía.
Mi suegra me había mirado a los ojos durante cinco años.
Me llamaba inútil, me decía que una mujer sin hijos es un adorno, y lo sabía.
Me temblaban las manos tanto que se me cayó el celular.
Lo levanté.
Y sonó el mío, dentro de mi bolso.
Una alerta de redes sociales.
Fabiola Lanza había publicado una foto.
La conocía.
Era la hija de uno de los capos aliados, de veintiocho años, que había sido la novia de Sandro antes de mí.
La foto era una ecografía en blanco y negro.
Debajo, su mensaje, dulce y presumido:
"Diez semanas. Sandro dice que no puede esperar para conocer al bebé."
Debajo, una avalancha de felicitaciones.
Doscientos corazones.
Cuarenta comentarios de mujeres de la familia.
"Por fin un heredero."
"Qué orgullosa debe estar Concetta."
"Que sea varón."
Dejé el teléfono sobre el escritorio, boca abajo.
No lloré.
Fue lo más raro de todo.
Estaba tan fría por dentro que me pareció oír mi propia respiración como si viniera de otra persona.
Abrí mi lista de contactos.
Bajé hasta la P.
Piero Calabrese.
Mi ex, el hombre al que dejé a los veinticuatro años porque mi padre murió y la familia Ruggeri me pidió la mano.
El que, desde hacía cinco años, me escribía una vez al mes, sin falta, cada día doce, un mensaje corto: "Sigo aquí."
Nunca contesté ninguno.
Escribí con los dedos fríos:
"Dame un mes. Luego voy contigo."
Envié.
La respuesta llegó en menos de un minuto.
"Un mes. El día treinta te recojo donde digas."
Cerré los ojos.
Y entonces oí la puerta del estudio.
"Giulia", dijo Sandro, de pie en el umbral, con la mano en el marco y la mirada fija en mi mano que sostenía el teléfono. "¿Qué haces en mi silla?"